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Teorema zero

Christoph Waltz retrata al hombre alienado por la globalización en una inquietante película de Terry Gilliam

Teorema zero

Teorema zero

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 03 de mayo de 2015

Para quienes recuerdan (recordamos) con afecto Brazil puede resultarles (nos) un tanto escabroso empatar aquel recuerdo de una película en muchos sentidos todavía viva con Teorema zero, o dicho de manera más pedestre, admitir que ambos emprendimientos son obra del mismo realizador. Se repiten, es cierto, la exuberancia visual y el barroquismo estético como formas de representar el caos existencial del individuo encarado a la tecnología. Pero si allí tales opciones figurativas daban cuenta del empuje creativo, del humor socarrón y de la ironía de Terry Gilliam para lidiar con las interrogaciones de la contemporaneidad, aquí solo tienen la apariencia de pálidos reflejos de una creatividad en crisis.

Gilliam, norteamericano, formó parte del grupo británico Monty Python en los momentos iniciales, los mejores de un trabajo colectivo dedicado a hacer puré los grandes mitos y personajes de la cultura y la historia universal. Ya en solitario, y a lo largo de tres décadas, los algo más de una docena de largometrajes de su filmografía alternan momentos de inspiración —Brazil (1985); Pescador de ilusiones y 12 monos (1985)— con emprendimientos erráticos, que en varios casos resultaron monumentales fiascos de taquilla, sobre todo durante los últimos 20 años.

Teorema zero es en buena parte de su metraje algo así como un espectáculo unipersonal del actor vienés Christoph Waltz, físicamente irreconocible pero tan solvente como siempre en su desempeño, a pesar de las dificultades propias de un personaje desquiciado que el director intenta —y logra a medias— convertir en estereotipo de la alienación del sujeto actual, aun sin desvestirlo por entero de sus rasgos humanos. Es un personaje singular, diseñado para ejemplificar las encrucijadas de cualquier ciudadano en el escenario de la esquizofrenia tecnocrática.

Waltz se mimetiza en la piel de Qohen Leth, un científico con varios tornillos sueltos que habita una iglesia gótica reconvertida en bizarra mescolanza de objetos alegóricos de distintas épocas: una suerte de abigarrado caos temporal. Leth trabaja frente a una gigantesca pantalla, como empleado de cierta megacorporación regenteada por un escurridizo y omnipoderoso director, algo así como un Gran Hermano que mueve los hilos entre las sombras, desde la cuales asoma circunstancialmente en un cameo encomendado a Matt Damon.

Sin embargo el protagonista, cada vez menos tolerante con el barullo exterior, ansía recluirse del todo en su hogar y para hacerlo convencerá a su supervisor de que es allí donde podrá desentrañar el teorema que da título a la película y probar la contracción del universo. Salvo algún contacto casual con el hijo del director, apenas la trabajosa relación en principio sexual y más adelante sentimental de Leth con Bainsley —una prostituta de gestos y aspecto igualmente postizos— permite atisbar  el carácter en definitiva humano de aquél, no obstante todas las apariencias.

Un denso sustrato referencial a visiones críticas sobre el mundo globalizado por el capitalismo informático pareciera configurar la base conceptual sobre la cual se sostiene el tramado dramático de la historia puesta en imagen por Gilliam.

En particular resultan evidenciables las alusiones a las teorías del filósofo francés Jean Baudrillard acerca de la virtualización de un entorno donde el simulacro ha sustituido a lo real, generando una seudorrealidad hecha de puras apariencias, en la cual resulta cada vez más laborioso discernir la reproducción digital de la verdad de las cosas.

No menos patentes resultan las referencias a la vigente, no de ahora, dictadura del número, interpelada por Virilio, Matterlart y otros. De hecho, el absurdo matemático viene a ser, en la película, la antesala del desvarío y la locura. Tampoco andan lejos los postulados de Foucault en relación a la malla de macro y micropoderes que sujetan al individuo para anular cualquier capacidad de contestación radical al orden heredado.

Plagada pues de teorías científicas y especulaciones predictivas sobre el porvenir —que nunca encuentran suficiente explicación para el espectador, auténticos agujeros negros a lo largo del relato— Teorema zero se nutre de un guión que renuncia a la linealidad y a la progresión dramática, como es frecuente en las películas de Gilliam. Así, se arremolina con cansadora insistencia alrededor de una idea —de un esquema, tal vez sea mejor decir— graficada antes que desarrollada con algún norte.

El resultado es que las promesas insinuadas en la que, de arranque, aparenta ser una reflexión interesante sobre la naturaleza humana encarada a la artificiosidad del contexto marcado por la imagen sustitutiva de los hechos, acaban diluidas en la chata historia de amor entre Leth y Bainsley. El humor incisivo, el filo paródico —propios de la marca Gilliam allá lejos y hace tiempo— dejan su lugar a una ceremoniosa exposición filosófico-metafísica traducida en la agobiante repetición de recursos poco a poco vaciados de sorpresa y densidad. La película acaba dejando la sensación de ser una errática fábula futurista sobre las neurosis de un sujeto aplastado por la náusea del consumo descontrolado y por la incapacidad para comunicarse con cuanto le rodea.A falta de sustancia, el trabajo de Gilliam se juega casi todas las fichas a los valores de producción, cediendo a la dirección de arte y al diseño la responsabilidad de sacar a flote el asunto. En esa materia la película logra una modesta proeza. Rodada en escenarios rumanos utilizando tan solo treinta jornadas y pico, con un presupuesto muy por debajo del normal para la ciencia ficción, redondea de manera impecable una agobiante atmósfera visual construida a base de los inconfundibles procedimientos estilístico-figurativos del director.

Encuadres inclinados, ambientes atiborrados de objetos disfuncionales al espacio que ocupan pero asimismo faltos de cualquier utilidad identificable en términos narrativos, colores chillones sobresaturados, cortes bruscos en el montaje para pasar de una escena a la siguiente, uso constante del gran angular buscando deformar ambientes y personajes.

Todo ello responde a la idea de provocar el máximo desasosiego posible en el espectador, generando una sensación de extrañamiento que debiera trasladarle la de los propios personajes protagónicos. Éstos también son víctimas de un ambiente en apariencia seductor pero en el fondo hostil en extremo, a menos que el sujeto resigne razón y sentimientos para someterse a los dictados impersonales, y despersonalizadores, de los mecanismos de inducción al consumo frenético para satisfacer necesidades artificiales.

La ambientación de la innominada ciudad donde transcurre la trama mezcla elementos de un mañana imaginario con otros tan anacrónicos como los muy actuales automóviles que circulan por ella. No es un descuido, claro, es el modo al que Gilliam siempre ha utilizado para advertir que ese porvenir ficticio se encuentra a la vuelta de la esquina, en un mundo claustrofóbico en el cual la simulación ha suplantado para siempre a la realidad.

¿A dónde va en definitiva Gilliam? Difícil, es muy difícil predecirlo. Las inciertas apuestas dependerán de cómo cada cronista tome partido ante una trayectoria que recluta detractores en cantidad inversamente proporcional al menguante número de admiradores aferrados aún a los entusiasmos desatados por el director cuando parecía llamado a revolucionar el cine.

Ficha técnica

Título: The Zero Theorem. - Dirección    : Terry Gilliam Guión: Pat Rushin, Terry Gilliam. - Fotografía: Nicola Pecorin - Montaje: Mick Audsley  Arte: Adrian Curelea - Música: George Fenton - Efectos: Nick Allder - Producción: Mark Bakunas - Intérpretes: Christoph Waltz, Gwendoline Christie. Reino Unido, Rumania, 2013.

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