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Tiempo de matar

Una película pretenciosa y moralizante que acumula escenas violentas en un fallido intento de reflexionar sobre la guerra.

Tiempo de matar

Tiempo de matar

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 21 de junio de 2015

Temporada de caza, la absurda, discrecional, traducción del nombre elegido para la distribución de la película en los países de habla hispana, no es el caso del circuito local —en el que se titula Temporada para matar—, venía a reflejar con mayor fidelidad que el propio título original las —malas— artes de una realización sembrada de trampas y falsos mensajes edificantes. Resulta frecuente en el género bélico la colisión entre las buenas intenciones de desnudar los extremos aberrantes de la condición humana, que suelen gatillarse en medio de ese disparate que son las guerras, y el despiste respecto a los recursos dramatúrgicos para empatar el propósito de partida con el punto de llegada. En esta oportunidad tal paradoja alcanza un grado de estridencia raras veces igualado, incluso en los productos más chapuceros del género en cuestión.

En parte el lapsus puede atribuirse a la adhesión del quinto largometraje del director Mark Steven Johnson (Daredevil; Ghost Rider) a los sesgos épicos recurrentes en la obsesión del cine norteamericano por volver sobre las aventuras marciales de su país: la II Guerra Mundial, la de Vietnam y, últimamente, las de Medio Oriente. La participación norteamericana en la conflagración que desangró a los Balcanes durante los 90 del siglo pasado ha merecido mucha menos atención. Será debido al carácter especialmente oscuro de aquel episodio y a su inenarrable brutalidad, capaz de ruborizar a los belicistas menos proclives al sonrojo.

Las tensiones culturales, económicas, religiosas y raciales fermentadas en Yugoslavia estallaron de modo simultáneo generando enfrentamientos durante casi ocho años, entre bosnios, croatas, serbios y albaneses, con un saldo de 200.000 muertos, la mayor parte civiles ultimados en verdaderas carnicerías de una crueldad sin parangón. Las violaciones de incontables mujeres y el desplazamiento forzado de decenas de miles de familias por la depuración étnica completaron una contienda en cuyo origen y desenvolvimiento la responsabilidad mayúscula de las potencias occidentales quedó escamoteada por la manipulación informativa. Tiempo de matar no ayudará mucho a esclarecer el asunto.

Tal fue el escenario donde las vidas de Benjamín Ford y Emil Kovac se cruzaron por primera vez —de ello da cuenta la trama en una introducción a toda hemoglobina, anticipando el tono del resto del metraje— durante la ejecución a sangre fría de un grupo de soldados serbios prisioneros. Descuidando chequear si todos se encuentran efectivamente muertos, los ejecutores se marchan creyendo haber cumplido a cabalidad el deber.

Décadas más tarde la historia reencuentra a Ford, retirado de los menesteres carniceros, viviendo en los Apalaches luego de haber dejado atrás oficio y familia, pero imposibilitado de librarse de su conciencia, si bien al director Johnson y al guionista Daugherty tales detalles —que pudieron ser filones para escarbar en las heridas abiertas por las batallas— les importan poco y nada. El hecho es que un buen día se presenta diligente a prestar ayuda cierto presunto turista europeo. Es Kovac, un sobreviviente de la masacre, resuelto a poner en práctica aquello del ojo por ojo.

Pronto la amable relación inicial, traducida en diálogos de irrefrenable cursilería, muta en una de Tom y Jerry, con los dos protagonistas asediándose mutuamente, rodeados por un paisaje de sobrecogedora belleza, en espera del momento justo para sacarse de encima al otro sin escatimar ningún acápite del peor manual de sadismo. Es la guerra otra vez, solo que en la oportunidad la escenifican en exclusiva dos ex soldados bestializados en un credo único: a mayor sufrimiento del antagonista mayor placer propio.

Director y guionista pudieron imaginar que semejante compendio de perversidades resulta la fórmula dramática apta para dejar constancia de la sinrazón de aquel capítulo bélico y de la guerra en general. El problema estriba en la ofuscada creencia de que no existe mejor manera de apuntar a la barbarie que filmando barbaridades para así sacudir la sensibilidad del espectador. Ocurre lo contrario: la acumulación de escenas repugnantes bloquea cualquier posibilidad de reflexión acerca de lo visto y de sus connotaciones.

Los responsables de esta malversación de tiempo y recursos incurren en otro yerro mayúsculo al desconocer que dos actores cuya sola presencia garantizaba otrora un mínimo de dignidad e interés atraviesan por su momento crepuscular, una suerte de caída libre, muy lejos ya de las robustas personificaciones que supieron encarnar. Robert De Niro actúa en vena de autómata, repitiendo sin el menor convencimiento gestos y ademanes de roles precedentes. John Travolta, obligado a farfullar un inglés con postizo acento centroeuropeo, forceja con intermitente fortuna con su cometido.

La puesta en imagen, un regodeo en escenas de tortura alternado con extensas y lamentables parrafadas que evidencian la incapacidad de Johnson para hallar otros procedimientos más sutiles para aproximarse a la sicología de sus personajes, así como los agujeros de un torpe libreto plagado de arbitrariedades y saltos al vacío, empeoran las cosas, las cuales alcanzan el ridículo en los veinte minutos finales, cuando el recurso a una bizarra y machacona ensalada de simbolismos religiosos evidencia la pretenciosa falsedad del empeño moralizante y aleccionador de una trama incapaz de conciliar por un instante siquiera sus peticiones de principio con los resultados.

Ficha técnica

Título original: Killing Season. Dirección: Mark Steven Johnson Guión: Evan Daugherty Fotografía: Peter Menzies Jr. Montaje: Sean Albertson Diseño: Kirk M. Petruccelli Arte: Thomas Minton Música: Christopher Young Efectos: Jovko Dogandjiski Producción: Paul Breuls. Intérpretes: Robert De Niro, John Travolta, Milo Ventimiglia, Elizabeth Olin. USA/2013.

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