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Travesuras de la niña mala

Una reseña sobre la novela del Premio Nobel de Literatura, el peruano Mario Vargas Llosa.

Novelista

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La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada - escritor

00:00 / 19 de diciembre de 2018

Mario Vargas Llosa es un hombre que, como los buenos novelistas, trata de buscar la pasión impetuosa de sus obras en el eje conductor de su vida rica en experiencias. ¿Son las Travesuras de la niña mala (Alfaguara, Ciudad de México, 2011) el fruto creacional de una más de esas experiencias? Quizá no. Pero lo cierto es que es una historia como la que le puede suceder a un hombre apasionado, no muy rara ni extravagante en la forma, tal vez sí un poco exagerada en el fondo, pero definitivamente real en sus ejes guías y esenciales. 375 páginas que a un comienzo, para un lector sensible, pueden parecer morbosas y hasta burdas, un poco crueles, pero que terminan siendo de lo más conmovedoras e incluso nobles para el alma.

La situación política de un Perú que se debate entre la anarquía y el socialismo. Referencias esporádicas de las atrocidades ocasionadas por el terrorismo de Sendero Luminoso. Pulsiones y tensiones políticas que se mueven como si se tratase de la corriente de un péndulo. El barrio de Miraflores, con sus encantos de vecindario ameno para el juego, la danza y el espectáculo menor, pero también con sus miserables escenas de promiscuidad, suciedad y hambre. Edificios descuajados. Automóviles desvencijados. Y como una linda florecilla brotada en un arenal seco y gris, aparece la dulce y bonita Lily, la “chilenita”, que es, al decir de todos los del barrio, la chica más atractiva de todas las que pueblan Miraflores (¡con qué donaire baila!). Luego París, esa ciudad que cautiva desde la distancia a tantos jóvenes soñadores con sus letras, sus artes y su moda, y que puede atraer también a un hombre como Ricardo, que es solo un traductor, un intérprete, un comentarista… Las cartas del tío Ataúlfo que describen, con descorazonamiento y escepticismo, la situación de un país que parecería no tener solución, al menos no por lo pronto. La descripción de una historia de amor, del amor más puro y más falso al mismo tiempo; la referencia de las caricias y de las huachaferías que pronuncia Ricardito, el niño bueno, por la mujer tenida entre brazos e imposible a la vez.

La “chilenita”, que a lo largo de la novela aparece en escena con varios y distintos nombres porque va cambiando continuamente de vida y, por tanto, de maridos, como si éstos fuesen prendas de vestir, la “chilenita”, decimos, va irrumpiendo, unas veces con violencia, otras con delicadeza, en la vida del confundido Ricardito, el niño bueno, que ya se ha establecido en la tierra de Balzac y Victor Hugo. ¿Es verdaderamente amor lo que siente Ricardo por la “chilenita”, la niña mala? Quizá sí en un sentido, pero lo que más lo ata a ella es el deseo de arrancarle mil besos y abrazarla fuerte contra su pecho, pese a que ella pueda desgarrarle el alma con una desaparición abrupta o con una infidelidad. Y es que la niña mala va apareciendo en la vida de Ricardito como lo hace un fantasma, en el momento menos esperado, y va escurriéndose de la misma tantas veces como una persona parpadea en un minuto. Solo es preciso que el niño bueno gire la vista un minuto para que su niña mala, su puta, su amante, su amor de siempre, haya desaparecido para no se sabe cuánto tiempo, cuántos años…

Como en las buenas construcciones narrativas, en este libro hay historias paralelas que se desarrollan de la forma más lograda, pero hay una, la principal, la del romance —u obsesión— de Ricardo Somocurcio y la “chilenita”, que es ciertamente el plato fuerte de esta historia. La novela es, podríamos decir, realismo y erotismo puros y duros. Aunque, al final, y a pesar de que el mismo autor haya dicho de ella que es “una exploración del amor desligado de toda la mitología romántica que lo acompaña siempre”, se deslíe un auténtico romanticismo delicado y sentimental como aquél de los alemanes del siglo XVIII, un romanticismo dulce y soberano del reino del más noble sentimiento del cariño verdadero que pueden profesarse dos amantes.

Hacen el amor, tienen sexo, pero hay algo que los une más allá del placer, algo que ni siquiera está dicho en la novela. Cuando, al final de la obra, Ricardo descubre que su niña mala había tenido una vida durísima, que había inventado una sarta de historias para ascender socialmente, que nunca se había llamado Lily sino Otilia, que había hecho hasta lo criminal por conseguir lo que jamás había tenido en la niñez, que se había acostado con muchos hombres al tiempo que lo hacía con él, decide amarla de verdad, pese a todo, para pasar sus últimos días con ella. Y parece que finalmente ella lo termina amando a él con sinceridad.

A pesar de que no soy un lector de lo que se escribe hoy, estoy cierto de que no necesito haber leído muchos libros de la literatura contemporánea para atreverme a decir con toda certeza que Travesuras de la niña mala es una de las obras más impactantes, más atrevidas, más hiperrealistas y más románticas de la narrativa contemporánea. Fuerza total de forma y fondo que se resuelve en un final feliz y triste al mismo tiempo (Ricardito pasa los últimos días de vida de la “chilenita” al lado de ésta, haciéndole el amor con dificultad por culpa de la maldita enfermedad que los separará de una forma esta vez definitiva), un final que pocas veces los escritores han podido concebir para sus obras.

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