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Truman Capote el héroe, el traidor

Hace 30 años murió el escritor norteamericano Truman Capote. En sus dos proyectos mayores —‘A sangre fría’ y ‘Plegarias atendidas’— fue al mismo tiempo un héroe y un traidor

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 31 de agosto de 2014

Truman Capote murió dos veces. La primera, el 25 de agosto de 1984 —hace 30 años—, en Los Ángeles, California. La segunda, el 2 de febrero de 2014, cuando murió Philip Seymour Hoffman, el actor que lo encarnó —y acaso lo mejoró— en el cine. La primera vez murió (dicen) por causas naturales, en casa de una de sus amigas, aunque se sabe que estaba agobiado por la depresión, el alcohol y las drogas. La segunda —la muerte de Hoffman— tuvo la triste espectacularidad de Hollywood: el actor fue encontrado con una jeringa clavada en el brazo. Hoffman interpretó inolvidablemente a Capote en la película homónima dirigida por Benet Miller (2005) y se condenó a ser recordado (y confundido) por ello. Lo encarnó en el momento más intenso de la vida del escritor: los seis años que transcurrieron entre el momento en que Capote tuvo el primer atisbo de la novela de “no ficción” A sangre fría y el momento en que le puso el punto final. Es decir, en el momento de su más alta angustia y más alta gloria.  

Con A sangre fría —publicada a fines de 1965— Capote se impuso una tarea en extremo ambiciosa: buscó no solo renovar su propia escritura, que ya había tenido notables logros, sino también las claves del género novelesco. Quiso reconstruir minuciosamente un hecho estrictamente real pero con las herramientas narrativas de la ficción. Tuvo éxito. Tanto éxito que  volvió a intentar la fórmula en Plegarias atendidas —un ambicioso retrato de la clase alta de New York— pero con un resultado totalmente adverso. Concibió esta novela en 1966, comenzó a escribirla en 1972, nunca estuvo satisfecho, nunca la concluyó y terminó enredándolo en una maraña de frustraciones que (dicen) precipitó los excesos de los últimos años de su vida que lo llevaron a su fin. Si A sangre fría fue su gloria, Plegarias atendidas fue su caída. De eso tratan las siguientes líneas, y Philip Seymour Hoffman —traído aquí por pura nostalgia y reconocimiento— ya puede descansar en paz.

Cuando Truman Capote (New Orleans, 1924) se embarcó en la elaboración de A sangre fría ya había publicado varios de sus mejores cuentos —por ejemplo, Miriam, Cierra la última puerta y El halcón decapitado, recogidos en 1949 en Un árbol de noche— y las tres novelas —Otras voces, otros ámbitos (1948), El arpa de hierba (1951) y Desayuno en Tiffany’s (1958)— que le habían asegurado, siendo un escritor joven, un cómodo lugar en la narrativa norteamericana. Paralelamente, había explorado las posibilidades narrativas del reportaje periodístico. En 1955 acompañó a la compañía Everyman Opera en su gran gira por la Unión Soviética con la ópera de Gerswin Porgy and Bess. El resultado de esa aventura se llamó Se oyen las musas (1956), un brillante reportaje o una breve “novela real” como él mismo la denominó. Esta última experiencia le despertó una perspectiva distinta sobre sus expectativas literarias. “Quería realizar —escribió posteriormente— una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y la libertad de la prosa, y la precisión de la poesía”. Casi nada.

El 16 de noviembre de 1959, Capote leyó en una breve columna del New York Times la noticia del asesinato de la familia Clutter, un rico agricultor, su esposa y sus dos hijos, en Holcomb, un insignificante pueblo en las llanuras de Kansas. Después de amordazarlos, les dispararon a quemarropa. Capote se interesó en el asunto, era la oportunidad que estaba esperando. “Me dediqué a aquel crimen oscuro en aquella parte remota de Kansas —dice en sus Conversaciones íntimas con Lawrence Grobel (Anagrama, 1986)— porque me dio la impresión de que, si lo seguía de principio a fin, me proporcionaría los ingredientes necesarios para llevar a cabo lo que sería una hazaña técnica. Era un experimento literario cuyo tema elegí no porque me atrajera especialmente, que no era el caso, sino porque convenía a mis propósitos literarios”.

El resto es la larga historia de la escritura de A sangre fría. Es rigor es una doble historia. Por una parte, la de los seis años que Capote pasó reconstruyendo minuciosamente los antecedentes y las circunstancias del crimen, la vida de las víctimas y de los victimarios y del pueblo de Holcomb a través de decenas de entrevistas (no usaba nunca grabadora ni tomaba notas pero se había entrenado para recordar casi palabra por palabra una larga conversación; al final tenía cuatro mil páginas de transcripciones) y ensayando hasta encontrar la prosa que le permitiría narrar con la distancia precisa un hecho enteramente real con la técnica depurada de la novela.

Por otra parte, la historia de la escritura de A sangre fría es la historia de la relación de su autor con los asesinos, Richard Hickock y Perry Smith. Los entrevistó repetidas veces, los visitó en la cárcel, mantuvo correspondencia con ellos. Se convirtió en amigo de Smith, en cuya vida encontró paralelos con la suya: la niñez abandonada, la madre alcohólica y suicida, la homosexualidad (reprimida en el asesino, exhibicionista en el escritor).  Cuando fueron condenados, les consiguió abogados para que apelaran una y otra vez la sentencia a pena de muerte. En este punto, la historia se enturbia. Mientras no le contaran todos los detalles del crimen, para Capote la ejecución de los asesinos significaba el fracaso de su proyecto. Pero, al mismo tiempo, su narración solo podía concluir con la ejecución de Hickock y Smith. Finalmente, Capote convenció a Smith para que le contara los detalles de la muerte de los Clutter que solo él sabía. Poco después, a pedido suyo, asistió a la ejecución. Finalmente, después de seis años, Capote pudo poner el punto final de A sangre fría. Fue un éxito literario y editorial sin precedentes. Esos seis años son la historia de una proeza literaria y de su amistad con los asesinos. La historia del héroe y del traidor.

A sangre fría le deparó a Capote la infame fama: celebridad, dinero, mayor acceso a los círculos de la alta sociedad neoyorkina. La frívola fascinación que sentía por ese mundo, muy especialmente por las damas de ese mundo que lo convirtieron en su confidente (él las llamaba sus “cisnes”), está en el origen de su otro gran (e inconcluso) proyecto novelístico: Plegarias atendidas. Lo concibió temáticamente como un equivalente contemporáneo de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust: el retrato de una sociedad acaudalada y aristocrática; y, formalmente, como una variación de la “novela real”. Las tramas y los personajes eran reales. “Y sin embargo —escribió después cuando la novela estaba en marcha—, Plegarias atendidas no estaba pensada como un roman a cléf ordinario, una narración donde la realidad está disfrazada de novela. Mi propósito es lo contrario: eliminar disfraces, no fabricarlos.”

La escritura de Plegarias atendidas (el título viene de una cita de Santa Teresa de Jesús: “Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas”) es una historia de postergaciones sin fin. Capote firmó el contrato con sus editores en 1966 y se comprometió a entregarla en 1968. El contrato fue modificado varias veces y los plazos extendidos; el último establecía como fecha de entrega el 1 de marzo de 1981, es decir, 12 años después del plazo inicial. Nunca la terminó, pero entre 1975 y 1976 —Capote decía que había comenzado el trabajo recién en 1972— publicó cuatro capítulos en la revista Esquire.

En 1977 —lo confesó él mismo— dejó de trabajar en Plegarias atendidas. “La interrupción ocurrió porque yo me encontraba ante un montón de problemas: sufría una crisis creativa y, a la vez, personal”. Esa crisis lo llevó a reconsiderar todo lo que había escrito. “Con lentitud, pero con alarma creciente, leí cada palabra que había publicado, y decidí que nunca, ni una vez en mi vida de escritor, había explotado por completo toda la energía y todos los atractivos estéticos que encerraban los elementos del texto. Aun cuando era bueno, vi que jamás había trabajado con más de la mitad, a veces solo un tercio, de las facultades que tenía a mi disposición”. Y, naturalmente, se preguntó por qué. “El problema —dice— era: ¿cómo puede un escritor combinar en una sola estructura —digamos el relato breve— todo lo que sabe acerca de todas las demás formas literarias? Pues ésa era la razón por la que mi trabajo a menudo resultaba insuficientemente iluminado; no faltaba voltaje, pero al adecuarme a los procedimientos de la forma en la que trabajaba, no utilizaba todo lo que sabía acerca de la escritura: todo lo que había aprendido de guiones cinematográficos, comedias, reportaje, poesía, relato breve, novela corta, novela.” Y remata esa reflexión con su célebre declaración: “Un escritor debería tener todos su colores y capacidades disponibles en la misma paleta para mezclarlos y, en casos apropiados, para aplicarlos simultáneamente.” Esos eran los desafíos del escritor, del héroe, preocupado y ocupado en su escritura.

La versión de la interrupción de la escritura de Plegarias atendidas de Joseph M. Fox, encargado de la edición póstuma de los fragmentos terminados de la novela, aporta la otra cara de la medalla. Según Fox, la publicación en Squire de cuatro capítulos “produjo una explosión que conmovió a la pequeña sociedad que Capote se había propuesto describir. Prácticamente todos los amigos que tenía en ese mundo le condenaron al ostracismo por contar, apenas disfrazadas, historias de colegiales, y muchos de esos amigos ni siquiera volvieron a dirigirle la palabra… No me cabe duda que la reacción le afectó, y estoy convencido de que ésa fue una de las razones por las que, aparentemente, dejó de trabajar, al menos de forma momentánea, en Plegarias atendidas”. Ésos eran los problemas del traidor.

¿Por qué fracasó Plegarias atendidas? Quizás por las mismas razones por las que triunfó A sangre fría. Las heroicas exigencias del escritor sobre su propio trabajo se entrelazan con las frivolidades del traidor pero, acaso, no se confunden. Para culminar A sangre fría Capote traicionó la confianza de un asesino llamado Perry Smith, el último de los hombres en la escala de la sociedad. Para escribir Plegarias atendidas traicionó la confianza de los encumbrados millonarios de Nueva York que lo admitieron en su mundo. Para el escritor quizás no había diferencia. (Hay otra razón que Capote  no podía pensar: a diferencia de la aristocracia francesa que Proust retrató, la sociedad de los meros millonarios sobre los que Capote pretendía escribir era intrínsecamente deleznable.) Cuando fue condenado al ostracismo por el jet-set, por toda reacción dijo: “¿Qué se esperaban? Soy un escritor y me sirvo de todo. ¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerles?” Ahí la balanza se inclina por el escritor.

Cuatro años antes de morir, en 1980, Truman Capote publicó su último libro, Música para camaleones. En el prefacio de este libro insiste en que trabaja en Plegarias atendidas pero, más importante que eso, hace un repaso de su vida de escritor. “Empecé a escribir cuando tenía ocho años —dice—: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso es que solo me interesaban tres cosas: ir al cine, bailar claqué y hacer dibujos. Entonces un día comencé a escribir, sin saber que me había condenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y ese látigo es únicamente para autoflagelarse.”

Una paradoja para terminar. Todas las exigencias sobre la escritura que Capote se planteaba a propósito de Plegarias atendidas están realizadas secretamente, sin ninguna ambición totalizadora, en Música para camaleones. En sus páginas conviven y se logran el relato breve, la novela corta, el reportaje, el retrato, la conversación, es decir, todo lo que sabía sobre la escritura y, como él quería, en una sola paleta.

De alguna manera Truman Capote se condenó a sí mismo a ser el tipo de escritor que es juzgado por sus obras maestras. A sangre fría es su obra mayor y Plegarias atendidas su supremo fracaso. La gloria y la caída son, en todo caso, dos caras de una misma moneda. Sin embargo, quizás el escritor despojado ya todas sus máscaras, sobreviviente a todas su traiciones, está (estuvo siempre) en otra parte, casi en la orilla de sus grandes proyectos. En un puñado de cuentos perfectos, en las dulces y melancólicas páginas de Desayuno en Tiffany’s, en los ejercicios narrativos de Música para camaleones. Allí donde en la soledad de la escritura sufría y gozaba sin culpa del látigo que Dios le dio. 

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