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Truman

Cesc Gay logra una película atípica por su finura, sensibilidad e inteligencia y por las enormes interpretaciones de Ricardo Darín y Javier Cámara

Truman. Foto: blogspot.com

Truman. Foto: blogspot.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 28 de marzo de 2016

En las primeras páginas de sus Antimemorias, André Malraux constataba que, a pesar de tantos siglos de “civilización”, si algo no aprendió el hombre es a morir. Difícil aprendizaje. “No es que le tenga miedo a la muerte, solo no me gustaría estar allí cuando suceda” apostilló, por su parte, siempre socarrón Woody Allen, rubricando más o menos lo propio. En realidad el pánico a morir, o la certidumbre de la finitud, que no es lo mismo, pero es igual, han alimentado desde siempre filosofías y religiones en el vano intento de apaciguar la ineludible ansiedad provocada por esa certidumbre.

Julián Barbieri, el personaje de Truman, podría discutirles, a Malraux y Allen. Es, para apelar al lugar común, la excepción a la regla. Actor argentino afincado en Madrid, está enfermo de un cáncer terminal y sabe que le resta poco recorrido. Es más: tiene tomada una decisión para acortarlo. De momento convive con Truman, su enorme mastín depositario de afectos y mimos, amén de impertérrito destinatario de quejas y confesiones.

Del otro lado del mundo, desde Canadá, aterriza Tomás, el amigo de toda la vida, también él consciente que los cuatro días por venir, durante los cuales estarán juntos, serán los últimos. Por allí anda Paula, una prima siempre lista a salirse de sus zapatos, único personaje al que le está permitido gritar un par de veces y que se resiste a comprender la tranquilidad, lindante con la pasividad, de los demás para dar ya por sucedido aquello que inexorablemente está a punto de suceder.

Tal contención de sentimientos y efusiones es el tono optado por el director catalán Cesc Gay para hablar de la muerte con una naturalidad a contramano de los modos de moda, todos cuadrados bajo el mando: “es necesario impactar”. El gran espectáculo tiene su fórmula, es cuestión de armar persecuciones a granel, destrozar autos, mostrar una brutal pelea cada cinco minutos y, si todavía cabe, meter alguna escena dizque erótica… y listo el pastel. O el empastelado.

Enfrente, el cine de arte carga su propia cruz en un panorama de públicos cada vez más inquietos e impacientes al cual quizás pueda impactarse con algún atrevimiento, alguna ruptura de reglas visuales, narrativas y estéticas, así eso acabe develando en el balance final de la película que se trata apenas de malabarismos formales desnudos de ideas.

El hecho es que Gay y el coguionista Tomás Aragay se apartan sin aspavientos de las reglas al uso, optando por los medios tonos, la delicadeza y hasta el humor —muy medido también— para entendérselas con la muerte sin hacer cálculos para exprimir el llanto de la platea, sin bajezas apuntadas a excitar la conmiseración, dispensándose por último de sermones acerca del sentido de las cosas, que el director no finge tampoco tener resuelto, compartiendo por el contrario sus dudas y las preguntas que alguna vez todos nos habremos hecho: ¿Cómo se siente alguien avisado de estar en la recta final?, ¿Cómo se las apaña para no convertirse en denigrante objeto de la pena ajena, simulada a menudo?

Era, para el director, un reto encontrar la distancia justa a fin de no adoptar la pose arrogante de quien se limita a ejecutar una narración exenta de tropiezos, vaciando de emoción lo narrado, banalizándolo en definitiva, o cayendo en el extremo opuesto, la redundancia, la mueca sobrecargada, la tragicomedia acentuada alternativamente en sus dos extremos.

Cuando en algún momento de esos cuatro días, Julián resuelve aproximarse a la mesa de un restaurante donde una pareja de conocidos prefiere mirar para otro lado no sabiendo qué decir o hacer de cara al “condenado”; cuando encara a un colega para desembrollar un pasado episodio de faldas; o en la embarazosa explicación del director de Las relaciones peligrosas —que Julián sigue interpretando en el papel de Mersault— que intentar suavizar su relevo, queda expuesta, sin subrayados ni alharacas, aquella incapacidad generalizada que mentó Malraux.

La serena dignidad de Julián en todos esos trances de la despedida, incluyendo el reencuentro con el hijo —tal vez el acápite más endeble de la historia—, es asimismo la de Gay para apartarse de las graves tentaciones implícitas. Imaginemos este último en manos de cualquiera de los chapuceros con rango de director que abundan en el negocio de las películas: un auténtico festín de momentos demagógicos plagados de alevosías sentimentaloides.

Una película acerca de la muerte es una película sobre la vida. Haberlo comprendido a cabalidad es lo que permite a Gay tramar con finura esta realización atípica en los tiempos que corren. En buena medida la solidez del acabado se debe a las enormes interpretaciones de Ricardo Darín y Javier Cámara, dos actores de la vieja estirpe de los grandes que se meten en la piel de los personajes, no en afán de montar un duelo histriónico, simplemente de hacer lo suyo con limpieza y entrega. Cuentan con el inestimable apoyo de los diálogos, cuidadosamente dosificados y de una puesta en imagen que renuncia, asimismo, a los malabares de cámara trabajando mayormente con planos medios atentos a los gestos, a los silencios, a las miradas, tanto o más decidoras que las palabras.

Truman, el corpulento perro, es en realidad Troilo —así nombrado en recuerdo del célebre bandoneonista de tango—, adiestrado para trabajar con niños autistas, lo cual explica seguramente la mirada, la actitud paciente, comprensiva se diría, con que acompaña los afanes de los humanos, que en este caso son casi una reivindicación de la sensibilidad puesta en acto para hacer de la existencia cotidiana esa mezcla de drama y alegría que en definitiva es. En perfecta sintonía con la propia reivindicación de Truman de la inteligencia puesta al servicio de un relato que convoca la identificación del espectador esquivando trampear con los recursos que franquean ese paso desde la mirada absorta a la complicidad.

Ficha técnica

Título Original: Truman. Dirección: Cesc Gay. Guión:  Tomàs Aragay,  Cesc Gay. Fotografía: Andreu Rebés. Montaje: Pablo Barbieri. Diseño:  Irene Montcada. Arte: Jorien Sont. Música: Nico Cota, Toti Soler. Maquillaje: Sergio Pérez. Efectos: Maxi Gómez, Leonardo Quartieri. Producción: Daniel Burman, Diego Dubcovsky. Intérpretes: Ricardo Darín, Javier Cámara, Dolores Fonzi, Eduard Fernández, Troilo, Àlex Brendemühl, Pedro Casablanc, José Luis Gómez.

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