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‘Usos del pasado’

¿Qué dejaron los 70 y 80 en la juventud de entonces?, ¿fueron los protagonistas de aquella época autocríticos? El autor de la nota responde esas interrogantes.

Autores y libros del pasado

Autores y libros del pasado

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva - escritor

07:00 / 22 de agosto de 2018

Los cafés son espacios en los que las palabras interpelan a nuestra memoria, haciendo que los recuerdos emerjan desde distintas latitudes, grados, intensidades y frecuencias. Hace unos días, en estas comarcas orales en las que se manifiesta el diálogo, epifanía de la verdadera naturaleza humana, nos reunimos casualmente con Renzo Abruzzese y Luis Fernando Prado, la conversación discurrió hacia el pasado, que para los aymaras es lo que está al frente porque es lo que podemos ver, a diferencia del futuro que no vemos.

Renzo nos habló del libro Usos del pasado, qué hacemos hoy con los setenta, escrito por la socióloga argentina Claudia Hilb, un texto que empecé a leer y que demanda a nuestras convicciones y certidumbres políticas e ideológicas. Recordamos nuestros propios años setenta, la exaltación del mesianismo guerrillero, la violencia armada como medio para enfrentar a las dictaduras y tomar el poder para cambiar el mundo, para hacerlo más justo y más noble; sin embargo, en el fin también estaba el germen de la propia destrucción de nuestros ideales, porque nos faltó y nos falta autocrítica. Necesitamos una severa revisión personal y social de lo que hicimos o dejamos de hacer en el pasado individual o colectivo. Hablar de los errores en primera persona y no recurrir al narrador omnisciente.

Tenemos que comprender que así como el pasado tiene un peso sobre el presente, éste también lo tiene sobre el pasado y han sido muy pocas las voces críticas de los setenta, por temor a que nos tilden de revisionistas, traidores o reformistas. Algunas de esas voces son las de los historiadores Carlos Soria Galvarro, Humberto Vásquez Viaña y Gustavo Rodríguez Ostria y otras que este año, por ejemplo, se han sumado a la revisión de la presencia del Che Guevara en Bolivia, apartándose de los panegíricos. Intentando establecer la verdad histórica o por lo menos otra versión de los hechos.

En la conversación recordamos los años en los que nos iniciamos como militantes de izquierda, cada uno en distintas tendencias. Cuando escribía este texto se me vino una cita de Paul Ricoeur: “Y, sin embargo, no tenemos nada mejor que la memoria para garantizar que algo ocurrió antes de que nos formásemos el recuerdo de ello”, y luego otra de Gabriel García Márquez visitó mi mente, en la que nos asegura que el pasado es lo que recordamos; de una parte de ese pasado les quiero contar, de un pasado absurdo, irreverente, loco y, sin embargo, real y maravilloso, de esos años intentando construir la utopía a medida de nuestros sueños.

En 1975, cursaba el bachillerato en el colegio Don Bosco de la ciudad de La Paz y ya militaba en una organización de izquierda, un pequeño grupo que tuvo cierta influencia teórica en la denominada izquierda nacional. Me radicalicé tanto que no tomaba Coca-Cola porque era la bebida del imperio; Luis Fernando contó que, en una reunión con obreros que tomaban chicha, un conocido nuestro pidió la abominable bebida imperialista y fue objeto de escarnio; tampoco leía autores norteamericanos para no ser un alienado por la supuesta ideología que se filtraba en sus novelas, poemas y cuentos; no asistía a fiestas juveniles porque era diversión pequeño burguesa y si lo hacía —como recuerda mi amigo Ernesto Matny— era un aburrido porque me ponía a discutir de marxismo con el primero que encontraba, perdiendo la oportunidad de enamorar a bellas muchachas.

En los primeros años de la universidad me dejé ganar por la “cultura de la pobreza”, me vestía como obrero y quería vivir en un humilde cuarto en una de las laderas de la ciudad, ganar un sueldo miserable para quejarme del Estado opresor. Después leí a Jean Paul Sartre y a los existencialistas, luego vinieron los autores del boom latinoamericano y pretendí convertirme en un intelectual comprometido, cambié mis chompas de alpaca y chuspas por sacos de corderoy, bufandas y bolsos de cuero. Un día leí que Borges, el omnipresente, al responder una pregunta acerca de la literatura soviética afirmó con su ejemplar ironía: “¿Qué se puede esperar de una literatura cuya mejor novela se titula La tractorista ejemplar? Y decidí leer a los clásicos del odiado país del norte. Me estaba perdiendo de una gran literatura.

Leíamos a Pablo Neruda y a Mario Benedetti, ahora vilipendiados por los jóvenes, sin embargo, para nosotros, sus poemas fueron arengas para combatir a las dictaduras y para enamorar a las muchachas bonitas que eran nuestros ejemplos de entrega a la revolución: apasionadas con las causas justas y solidarias con todos. En las guitarreadas cantábamos hermosas canciones de amor y protesta, así como tonteras como esa de “¿qué culpa tiene el tomate…?” Los setenta y los ochenta fueron años feroces, cometimos errores, nuestros líderes los cometieron y nunca hicieron un mea culpa, la mayoría ya están muertos y los que viven no lo harán; dejamos muchas tareas inconclusas porque creímos que la recuperación de la democracia era el fin, nos olvidamos que solamente es un medio para lograr un mundo mejor por el que hay que luchar cada día. Muchos de la generación anterior a la mía, animados por el espíritu del guerrillero heroico, se sacrificaron en las montañas y las ciudades. En mi generación también murieron muchos de nosotros, creo que nuestro logro fue apoyar, decididamente y sin mezquindades, la huelga de hambre iniciada por Domitila Chungara y otras mujeres mineras, eso nos reivindica porque logramos el retorno de la democracia. Sin embargo, nos dormimos en nuestros laureles y esa conquista se convirtió en una apariencia irrevocable.

La historia le pasó la factura a la desprestigiada “democracia pactada” y producto de los errores, los olvidos, las injusticias, la corrupción y las masacres, fue posible este gobierno. El pueblo estaba cansado y demostró su descontento en las urnas. En estos 36 años de democracia hemos avanzado en muchos aspectos y retrocedido en otros; el actual Gobierno, como todos, tiene sus claroscuros y está cometiendo muchos de los errores que cuestionaba, “para algunos países el monstruo se llama historia”, dice Milan Kundera. El discurso se aleja de la realidad, al igual que la izquierda de antes se alejó de sus principios. Ahora mismo me cuestiono si el término izquierdas y derechas es válido. Si no hacemos autocrítica, todo seguirá igual, sé que no es fácil pero hay que intentarlo. Mientras el pasado siga insepulto, será un fantasma espantando los sueños del futuro. Los recuerdos son como nuestra sombra, necesitamos de luz para que se vean, la falta de luz hará que el olvido sea indemne y eficaz y no tendremos que imaginar el futuro.

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