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Valcárcel Ugalde, reencuentro de dos artistas que hicieron historia

Si no se hubiesen conocido quizá no habrían  hecho locuras, dicen. Su trabajo marcó un hito para el arte contemporáneo en el país.

Grandes. Roberto Valcárcel y Gastón Ugalde son dos figuras indispensables en la historia del arte contemporáneo boliviano. Foto: Mitsuko Shimose

Grandes. Roberto Valcárcel y Gastón Ugalde son dos figuras indispensables en la historia del arte contemporáneo boliviano. Foto: Mitsuko Shimose

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas / La Paz

00:00 / 15 de octubre de 2017

Citando las palabras de Gastón, nosotros fuimos a la Bienal de Sao Paulo para entrar ‘con patada de burro’. Quisimos mostrar que Bolivia era capaz de sorprender al mundo”. El artista Roberto Valcárcel ya tenía a la audiencia enganchada a minutos de iniciado su conversatorio con Gastón Ugalde. El encuentro y obra de estos artistas marcó historia en el arte boliviano.  

Emoción total el jueves 5 de octubre. Media hora antes de la cita —las 18.30 en el Espacio Simón I. Patiño, en el edificio Guayaquil, av. Ecuador — la gente ya aguardaba en la calle. Ante un auditorio lleno, tras la presentación de la doctora en Historia del Arte Valeria Paz, curadora de la exposición dedicada a la obra Valcárcel que actualmente se exhibe en tres espacios —Patiño, Artespacio CAF y Museo Nacional de Arte—, ingresaron Valcárcel y Ugalde. Posiblemente se conocieron en algún evento relacionado con Nora Claros y la galería Emusa en 1978. El primero había llegado a Bolivia tras estudiar en Alemania en 1977 y el segundo había hecho lo propio desde Canadá en 1974. Concretaron acciones artísticas juntos: participaron en bienales internacionales e incluso firmaron obras como Ugalde/Valcárcel.

En 1979 los artistas fueron juntos a la Bienal de Sao Paulo. En ese entonces trabajaban en un garaje de la calle Reseguín, en Sopocachi. “Los artistas bolivianos que participaban en la bienal mandaron cuadritos. Gastón y yo planificamos nuestra participación militarmente, de forma rigurosa”, recordó Valcárcel. “Teníamos que competir y destacar entre la crema y nata del arte del planeta; tenía que haber mucho metro cuadrado de arte”.

Para lograr su ingreso con “patada de burro” ambos artistas usaron las carencias a su favor: decidieron pintar en las dos caras de sus soportes para llevar el doble de obras, utilizaron cuerina para lograr piezas de grandes dimensiones que se pudiesen enrollar y combinaron acrílicos finos con látex común. La presencia de ambos artistas impactó.

¿Qué los unió? “Roberto era un artista muy especial, muy cariñoso. Teniá una educación muy rigurosa. Yo venía de un mundo más espontáneo y más hippie, pero hemos logrado entendernos porque era muy receptivo a las ideas. Mucho antes de la bienal empezamos a trabajar en acciones callejeras, generalmente las hacíamos en el atrio universitario o en El Prado. Encontramos la respuesta de varios artistas jóvenes, pero con Roberto nuestra química ha sido más especial”, recordó Gastón.

Pintura espontánea en los restos de una puerta, un duelo de artistas, enormes cuadros en que invitaban a pintar a la gente o piezas emblemáticas de las que prácticamente no quedan registros, como Saludo a la democracia en que sobre una tarima en el atrio de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) colocaron una caseta. Dentro estaba Ugalde, personificando a la democracia, y afuera le llamaba Valcárcel. “Yo golpeaba la puerta y le decía: ‘Sales o no sales’, y Gastón decía: ‘¡Ocupado!’ tenía que tener un grado de euforia, de la caseta, que tenía símbolos nazis, religiosos y cosas así. Es una pena que se haya perdido”, recordó Roberto. “Creo que tengo alguna foto por ahí”, respondió su colega.

También recordaron su regreso a la Bienal de Sao Paulo en 1983, año en que dejaron de trabajar juntos. Si bien fueron por separado, consideraron que su mayor obra artística, bromean, fue haber dormido ahí los 15 días porque no tenían hotel.

Un último encuentro en Sucre sirvió para entender su conexión. “Había ponencias en un encuentro en la Alianza Francesa. La Academia de Bellas Artes en pleno se presentó dispuesta a destriparnos, éramos el demonio. Me tocó primero —recuerda Valcárcel— hice una exposición con énfasis en que la realidad no existe, que es una construcción”. Ugalde —en vez de hablar— optó por envolverse la cabeza con un ovillo de lana de oveja (k’ayto), haciendo tanta presión que los asistentes tuvieron que liberarlo con tijeras. Así había sido: la concepción y la acción, la fiesta y la sobriedad, Ugalde y Valcárcel.

El tiempo se pasó volando. Muchas anécdotas, risas y rostros emocionados. Antes de terminar el encuentro, Ugalde tomó el micrófono, miró a Valcárcel y le dijo: “Roberto, me muero de ganas de trabajar contigo y hacer pronto unas cuantas acciones, una cuantas travesuras”. Entonces llovieron los aplausos.

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