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Valcárcel, La libertad de hacer y dejar de hacer

El artista expone hasta el 15 de agosto en Artespacio CAF (Av. Arce 2915, San Jorge) tres nuevas series de obras: ‘Zapatovis’, ‘Cajas con cositas’ y ‘Pinturas negativas’

La Razón Digital / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 27 de julio de 2014

Una de las virtudes —o defectos— que tiene Roberto Valcárcel es que puede mirarse a sí mismo —y a su obra— con cierta distancia, con cierta ironía. Quizás esa actitud es parte de su obra. En todo caso, le ha sido útil para hacer lo que ha hecho a lo largo de por lo menos 40 años. Es decir para ser un artista libre, para no atarse a ningún tema, a ninguna técnica ni discurso estético. Ni siquiera a su propio éxito. Ni a La Paz, ciudad en la que nació en 1951 pero a la que abandonó hace un par de décadas para vivir y trabajar en Santa Cruz. De ahí viene ahora para exponer en ArteEspacio CAF (Av. Arce 2915) tres series: “Zapatovis”, “Cajas con cositas” y “Pinturas negativas”. “Recapitulando mi trabajo artístico —dice Valcárcel interrogado sobre las características de la muestra—, yo percibo que siempre he trabajado muy intensamente en grupos o series de cosas. Y las he trabajado hasta el cansancio, casi hasta la saturación. Y luego, esas series mueren, se acaban... He hecho la serie de las maderas, la serie de los multicuadros, la serie de las corbatas, la serie, la serie, siempre la serie.” “En ese sentido —continúa—, lo que muestro ahora es igual. La variedad en cada una de las series es relativamente poca y la unidad está en la forma, en la composición, en el color o la técnica. ¿Por qué están juntos los zapatos con los cajones y con los cuadros negativos. Yo creo que André Breton diría que por la misma razón que están juntos la máquina de coser y el paraguas en una mesa de disección.”Están juntas pero no mezcladas —se diría—, cada una tiene su espacio (su pared) en la galería pero también cada una tiene su propia historia. La serie titulada “Zapatovis”, por ejemplo, muestra zapatos usados fotografiados con un preciosismo propio de joyas o de obras de arte. Y debajo tienen una leyenda: “Homenaje a la vanidad”. Por lo demás no hay ningún misterio. “Excepto un par —cuenta Valcárcel—, todos han sido comprados en la feria de ropa usada americana. Y todos los he comprado a mi medida y los uso, unos más que otros. Hay unos que parecen de Fred Astaire, que me los he puesto solo una vez... y me he resbalado. Pero hay otros medio ‘deportivosos’ que sí los disfruto y me gustan. Mi idea era reflexionar sobre la vanidad. Y me refiero a mi propia vanidad de andar comprándome zapatos usados raritos. Yo debería estar con mis tres pares de zapatos, y punto. Pero ando comprándome unos verdes, unos amarillos, unos así y otros asá. Casi disfrutando de la libertad de loco que la sociedad le da al artista. Porque un banquero no puede hacer eso, mientras que Roberto Valcárcel puede andar todavía disfrazado de adolescente y parece que funciona.”Y eso que “funciona” en la obra —pero quizás también en la vida— podría llamarse ironía o “malicia” para usar la palabra del artista.La historia de las “Pinturas negativas” —óleos sobre lienzo de diverso formato en los que repite la palabra “No!”— es más corta y, quizás por ello mismo, más enfática. “La verdad —confiesa Valcárcel— es que no he llegado a autoanalizarme como para decir por qué lo hice, qué me ha pasado para que acuda a esa expresión tan contundente. De alguna manera fue algo más espontáneo. Algún rato se podrá inventar alguna explicación. O como dicen los más bandidos: Habrá que preguntarle a mi psicólogo”. En cambio la serie “Cajas con cositas” encierra una historia larga. Larga porque ese espacio cerrado que contiene los más diversos objetos se las ingenia para abrirse a una dimensión temporal. Pero, en realidad, son dos historias, una la del objeto en sí y otra la de la obra. Vayamos por la primera.  “Mi abuela —cuenta Valcárcel— tenía un mueblecito que fue fabricado para vender canutitos de hilo. Esas cajitas que tú abres y tienen una cuadrícula para poner los hilos de distintos colores. Con el tiempo heredé esa caja. La hice pintar completamente negra y las partes delanteras de los cajones en rojo. Y luego, de vago, cuando no había trabajo artístico en mi taller, a uno de mis ayudantes le dije que clone ese mueblecito cinco veces. Así que tengo cinco, uno encima de otro, y los colores negro y rojo les dan un aire medio japonés, medio oriental. Ahí meto todo lo que no quiero sobre la mesa. Tengo aspirinas, antigripales, gotas para los ojos, pomadas para las alergias que ya no uso hace cinco años; tengo tornillos, tuercas, pernos; tengo herramientas, lentes, relojes, etcétera, etcétera, etcétera y etcétera. Es un botín, un tesoro de cachivaches pequeños”. Pero en algún momento esos prácticos muebles se convirtieron en otra cosa. Valcárcel dice que nunca los vio con intención estética. Eran solo “los cajones de la abuela donde se guardan cosas”. Nunca, hasta que empezó a acercarse la fecha de la exposición. “Qué pasaría —cuenta— si los veo con un ojo ya no tan pragmático sino como una forma, como un significado.” Entonces fotografió los cajones desde una posición cenital con una máquina digital. Y sometió las fotografías a la manipulación del Photoshop. “He tenido que envejecer las imágenes para que formalmente transmitan visualmente lo que yo estaba sintiendo y estaba percibiendo”.De esa manera, los cajones llenos de cosas  —”una foto de cuando yo estaba en Atenas, una figurita, una estampilla, un pisapapeles de pronto van armando una narrativa”— se convirtieron en otro objeto: “Esa recopilación de distintas cosas a lo largo de años acabó siendo una maquinita del tiempo, un recordatorio”. La caja, por otro lado, es un objeto preciado del arte moderno. Fue en manos de André Breton el espacio donde podía hacerse visible el azar; en las de Marcel Duchamp un doble portátil de su propia obra; en las de Joseph Cornell el imán para atraer y reducir la ciudad; en las de Gabriel Orozco la forma de hacer patente en vacío...“Estoy totalmente de acuerdo —dice Valcárcel—. Cuando uno trabaja en el arte jura que está siendo absolutamente creativo, pero en el fondo está elaborando sus vivencias tanto de la vida real como del arte que ha visto y del arte que ha experimentado”. En la lógica del arte de Valcárcel, las series que presenta ahora —hasta el 15 de agosto— en algún momento encontrarán su final, serán abandonadas. Y esa lógica nomádica también puede relacionarse con la técnica. “Una de las cosas que me ha iluminado en algún momento de mi vida —dice— es que hoy en día el arte en general es indiferente a la técnica. Puedes trabajar con caca de caballo, con Photoshop o pintura al oleo pero eso no determina si la obra es interesante o no. Lo que interesa es que la técnica tenga coherencia con alguna cosa que ni siquiera está dentro de la obra, con lo que evoca. La búsqueda técnica tampoco es una necesidad de la materia en sí sino más bien el medio para llegar a algo. Por eso no me cuesta ir, venir, volver o meter la pata, lo que me da una notable sensación de libertad frente a otros artistas, incluso jóvenes, que se aferran a la técnica”. Esa es la libertad de Roberto Valcárcel. Hacer las cosas —apasionadamente— y dejar de hacer. Dejar de hacer para volver a comenzar. De la locura a la cultura: la carneValcárcel habló sobre las funciones del arte y los mecanismos de la cultura rubén vargas n Roberto Valcárcel es el tipo de artista que reflexiona sobre el arte. Junto a su propio trabajo creativo, desde hace mucho tiempo es docente y conferencista. Entre otras cosas, ha desarrollado una disciplina, la Creática, que gira en torno a las condiciones y la práctica de la creatividad, no solo en el arte sino en las más diversas esferas. Y es un conferencista muy ameno que pone en escena temas o problemas siempre provocadores y que iluminan el arte o la creatividad desde perspectivas inusuales. El jueves, antes de la inauguración de su exposición, dio una conferencia en el auditorio de la CAF. El tema: De la locura a la cultura: la carne. A partir de una visión normativa de la cultura —la serie de convenciones compartidas en las que somos educados para darle un sentido a “lo real”— planteó una figura del artista como la persona que, por su sensibilidad y su flexibilidad de pensamiento, explora las zonas que están más allá de la cultura: lo irracional, la fantasía, lo irreal, en suma, la locura. El artista, entonces, trae al mundo de lo comprensible lo incomprensible, al mundo de lo real las cosas irreales, al mundo de la cultura la locura. Esa es su función, y así puede expandir las fronteras de “lo real”.Pero Valcárcel también mostró cómo la cultura tiene mecanismos para absorber incluso las manifestaciones más radicales de la locura, domesticarlas y banalizarlas hasta convertirlas en objetos de consumo. Su ejemplo fue la carne. Un artista chino aparece vestido con pedazos de carne. Es una “locura” que contraviene las convenciones culturales (incluido el miedo a la muerte). Pero esa contravención es rápidamente mediatizada por los mecanismos de la cultura —galerías, revistas, diseñadores, etc.— y la carne acaba convertida en vestimenta glamorosa. Lady Gaga, figura emblemática del consumo cultural banalizado, aparece en uno de sus shows con un vestido de carne.

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