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Valerian y la ciudad de los mil planetas

La película del director francés Luc Besson se distrae en imágenes sobrecargadas que no bastan para sacar a flote a un guion frágil.

Valerian y la ciudad de los mil planetas. Foto: hdwalpapers.in

Valerian y la ciudad de los mil planetas. Foto: hdwalpapers.in

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. es crítico de cine / La Paz

00:00 / 17 de septiembre de 2017

No hace tanto Luc Besson brincó a la nombradía en calidad de prometedora figura dotada de las cualidades imprescindibles para renovar la aletargada cinematografía francesa y más allá. Mal no le fue, en términos contantes y sonantes quiero significar: a estas alturas Besson concentra el doble máximo poder como productor y director dentro del cine galo.

Pero va siendo hora de rever si aquellas piezas de su filmografía, gracias a las cuales concitó tanta expectativa, no contenían ya in nuce los elementos de este sinsentido, o si por el contrario se trata del síntoma inocultable de un decaimiento creativo tan acelerado cuanto prematuro. Por añadidura en la oportunidad sí le fue como en feria con los números de taquilla. Tal vez le sirva como advertencia para comprender que en verdad se le fue la mano y reencauzar su rumbo.

Besson se toma interminables 140 minutos habiendo oblado cerca de 200 millones de dólares, amén de conseguir comprometer el concurso de la friolera de ocho países en calidad de coproductores, para entregar un sobrecargado budín visual sostenido, digamos, en un guion de asombrosa fragilidad, autoría del propio realizador.

Valerian y Laureline, los dos protagonistas sacados del exitoso tebeo homónimo que irrumpió en la década de los 60 del siglo pasado removiendo el género e inoculando en Besson la idea de algún día volcar sus aventuras a la pantalla grande, tienen la difícil misión, como agentes especiales, de mantener el orden en todos los territorios de la Federación Humana durante el siglo XXVIII. Así, por encomienda del Ministro de Defensa les toca trasladarse a la impar ciudad de Alpha donde inmigrantes provenientes de todos los confines del universo han confluido durante centurias poblando un espacio devenido en modelo de convivencia de la diversidad de razas, especies, inteligencias y culturas.

Algo empero amenaza semejante edén de la pluralidad, una oscura amenaza se cierne sobre la tranquilidad de la ciudad de los mil planetas. Le tocará a la pareja protagonista desentrañar de qué se trata, a fin de poner a buen recaudo la paz local y la del universo entero. Esta fue tejida en siglos de diplomacia interplanetaria, según describe Besson en el mejor tramo de su desmelenado emprendimiento echando mano de puras imágenes contrapunteadas desde la banda sonora por Space Oddity de David Bowie.

Paréntesis. Con bastante buena voluntad puede atribuírsele a Besson la noble intención de convertir aquella aventura, que desde niño, dice, anhelaba poner en las pantallas, en una alegoría de las aprensiones actuales de los ciudadanos europeos frente a la masiva inmigración de gentes en fuga de sus lugares de origen, donde la miseria, la corrupción, los conflictos raciales o religiosos y los regímenes despóticos han hecho imposible vivir. Lejos empero de promover la solidaridad, el fenómeno ha gatillado el renacimiento de las expresiones políticas más retardatarias en una clara expresión del horror frente al Otro, al distinto, al que viene a “contaminar” la pureza de la civilización o, en un ámbito más pedestre, el que llega a comprometer el bienestar fundado en un consumismo frenético.

Si tal fue el propósito de Besson, presentando a Alpha como un paradigma deseable de la convivencia de los diferentes, entre la intención y el resultado media la chapucería encubierta por el fastuoso despliegue icónico adobado con la presencia en cameos, la mayor parte fallidos, interpretados por una larga nómina de famosos: de Ethan Hawke a Rihanna, y de Clive Owen a Rutger Haurer, todos ellos visiblemente incómodos en medio de la desatada barahúnda efectista, a la que acaba reducido el relato.

Abundan los alegatos explicativos acerca de lo engorroso de la misión encomendada a Valerian y Laureline y la trascendencia de la misma. Mala señal de entrada: cuando un argumento requiere ser argüido es que el director perdió la brújula y no pudo encontrar en sus personajes y en las situaciones por ellos enfrentadas suficiente asidero narrativo.

Así es en efecto. Sirviéndose a destajo de citas de Avatar, La guerra de las galaxias, Blade Runner, Viaje a las estrellas, de innumerables videojuegos y de cuantas otras fuentes que al espectador se le ocurra traer a colación, Valerian y la ciudad de los mil planetas aparenta renovar el género, pero se limita en los hechos a una tarea de reciclaje y fagocitación que devela el mencionado extravío, perceptible asimismo en el desbocado aluvión de estímulos y en las incontables subtramas sin ilación que van dispersando, de manera irritante, el argumento.

No funciona siquiera de manera convincente el previsible romance entre el dúo casi adolescente de agentes interestelares puesto que Valerian acaba siendo un insufrible papanatas enamoradizo laboriosamente afanado en sacar a flote su rol, empalidecido por  la desenvuelta causante de tantos desvelos, ella por cierto, en parte al menos, a la altura de la personificación encomendada.

Eso sí la acción, las fiorituras visuales y los virtuosismos computarizados sobreabundan en la mastodóntica súper producción, pero al punto de resignar cualquier eventual placer justamente por sobredosis, error incomprensible en un director cuya experiencia en la ciencia ficción se remonta a los inicios de su trayectoria. Kamikaze 1999: el último combate, ópera prima de Besson en 1983, marcó ya un primer acercamiento a la anticipación, en la cual reincidió, entre otros títulos, con El quinto elemento (1997), aun cuando a esas alturas comenzaba ya a desnudar ciertas flaquezas, en particular la desprolijidad de la textura dramática resignada en favor de la pura espectacularidad efectista.

Rasgos progresivamente acentuados en su pedestre trilogía infantil sobre los Minimoys (2006/2009/2011), una concesión a la epidemia de las franquicias a la cual Besson se sumó de modo absolutamente acrítico, y con señales ya inocultables de enflaquecimiento irreversible de inventiva en Lucy (2014).

Confundir la imaginación, o reducirla a sinónimo de barroquismo de la exuberancia icónica, o de las trabajadas filigranas de puesta en escena es la prueba terminante de una pérdida de norte que en el camino extravió el sentido del cine como instrumento de introspección o de indagación en el sentido de algo así sea lejanamente emparentado con la realidad circundante.

El señalado desbalance entre sustancia y envoltorio vuelve a quedar patentizado, no solo en la colacionada acumulación de subtramas que no aportan a conducir el relato a ninguna parte, asimismo en la opinable resolución —en la resignada aceptación diríamos—, del tema de los migrantes, encarnados en los alienígenas condenados a volver a su lugar de origen, sugiriendo así la incapacidad radical de los humanos —de los humanos representados en los tipos que circulan por la pantalla— a convivir con los otros, con los diferentes que nunca llegarán a ser aceptados como iguales.

En suma, un fiasco absoluto.

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