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Vallejo, un misterio

Pedro Granados desde el lunes dictará un seminario sobre el poeta peruano

Granados. El investigador dirige el Instituto Vallejo Sin Fronteras.

Granados. El investigador dirige el Instituto Vallejo Sin Fronteras. Foto: Ignacio Prudencio

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 15 de marzo de 2015

Para Pedro Granados (Lima, 1955) César Vallejo sigue siendo un misterio. Le ha dedicado tres estudios: Poéticas y utopías en la poesía de César Vallejo (2004), Vallejo sin fronteras (2010) y el reciente Trilce: húmeros para bailar (2014) y dirige un instituto dedicado a su estudio. Pero aun así, Vallejo sigue siendo un misterio.

Este lunes, Granados iniciará un seminario taller denominado ¿Hacia dónde va la crítica vallejiana? / Vallejo objeto, en Espacio Simón I. Patiño, que se prolongará hasta el viernes 20 en jornadas de 19.00 a 21.00.

En tanto seminario —explica en su programa— “se resaltan, reseñan y comentan críticamente, sobre todo aunque no de un modo único, los aportes teóricos más relevantes del Congreso Internacional Vallejo Siempre, realizado en Trujillo y Lima en octubre del año pasado”.

En tanto taller, como segunda parte de cada una de las sesiones, el programa de Vallejo objeto invita “a construir objetos vallejianos, textos breves como insumos para un libro-objeto o edición cartonera, diseños, origamis, microvideos, intervenciones, performances a ser grabadas o filmadas...”. “Se trata —acota Granados— de la plasmación de una lectura más libérrima, arbitraria y casual, incluso paródica, de la obra de César Vallejo”.

Lo que sí se sabe del escritor peruano César Vallejo (1892-1938) es que en vida publicó solo dos libros de poemas, Los heraldos negros (1918) y Trilce (1922) y que póstumamente se agruparon sus inéditos en dos volúmenes, ambos publicados en 1939: Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz. 

Lo que se sabe también —a ciencia muy cierta— es que Trilce  es uno de los libros más importantes de la poesía en lengua española del siglo XX. Que, junto a Veinte poemas para ser leídos en el tranvía del argentino Oliverio Girondo y El soldado desconocido del nicaragüense Salomón de la Selva —publicados también en 1922— constituye el momento fundacional de la vanguardia latinoamericana. Que a lo largo de los años ha generado análisis e interpretaciones que, sin embargo, no agotan su complejidad. Que sigue ahí, como al principio, cuando, en 1922, Vallejo lo edito por su cuenta, en la Imprenta de la Penitenciaría de Lima, en una edición de solo 200 ejemplares.     

“Sí —comenta Granados—, todos sabemos que Trilce parece un libro como escapado de su eje, que es un libro vanguardista y que, efectivamente, es un libro complejo.”

“Pero que tal si leyéramos Trilce—arremete a continuación— en su diálogo, en su inserción en el contexto de la Lima  de la época, en la coordenadas de un Vallejo que es aprista o que está en tránsito político. Que tal si inventáramos un debate entre Vallejo y el grupo Colónida de Abraham Valdelomar, al que Vallejo y todos admiraban y sin el cual no se puede explicar nada de lo moderno en el Perú. La critica en Latinoamérica se rehusa mucho a interpolar, a construir imaginativamente situaciones”.

“Si, Trilce sigue ahí —continúa— pero hay que mirarlo en diálogo con su momento político y cultural, tratando de encontrar en ese galimatías, en esa propuesta tan compleja, precisamente ahí, su pensamiento político, su propuesta cultural, su filosofía transcultural, que para mí tiene mucho que ver con el mito de Inkarri”.

Y en este punto, Granados lanza una de sus ideas más singulares:  “Trilce no es un libro vanguardista. En ese momento, en Europa el fragmento es algo que se ha muerto o coquetea con el absurdo o la nada. Trilce no tiene que ver con el fragmento vanguardista, porque los fragmentos en Trilce son el Inka restituyéndose”.

De eso trata, precisamente, el mito del Inkarri, de la reconstitución del mundo andino. Es un mito que nace después de la Conquista española que derrota y destruye al mundo gobernado por el Inka. El personaje de este mito —de cuya existencia la antropología dio cuenta al promediar el siglo XX— es el Inkarri, el Inka que, bajo tierra, estaría reconstituyéndose para regresar.

“En ese sentido —dice Granados—, Vallejo es un adelantado. Trilce sería un testimonio absolutamente suficiente y sistemático del mito del Inkarri, por lo menos 30 años antes de que José María Arguedas lo encuentre y dé testimonio de su existencia, a mediados de  los años 50.”

“Vallejo —concluye— fue un intelectual latinoamericano con soberanía, no se hizo un gurú usando una utilería latinoamericana, no les facilitó las cosas diciendo amén a lo que los europeos esperaban que diga un latinoamericano. Vallejo siempre tuvo un espacio propio y respetó su espacio propio.”

Pero la vida de ese Vallejo sigue siendo, por lo menos en parte, un misterio. Nació en el pueblo de Santiago de Chuco, Trujillo, Perú, en 1892. Murió en París —seguramente con aguacero como vaticinó en uno de sus poemas— en 1938.

De joven participó en la bohemia de Trujillo —ahí estaban Antenor Orrego, Juan Espejo Asturrizaga y Víctor Raúl Haya de la Torre, fundador del APRA, entre otros—. En 1920 se vio envuelto en un suceso violento en su pueblo —el incendio y saqueo de una casa— que a la larga le significa más de cien días de prisión.

En 1923 —un año después de publicar Trilce— se fue a París y no regresa nunca más al Perú. Se hizo comunista. Viajo a España y a Rusia. 

En 1927 conoció a Georgette Philippart, entonces una joven de 18 años. Más adelante se casó con ella. Escribió poemas, crónicas, novelas, sostuvo una masiva correspondencia. Murió enfermó en 1938. 

“Se saben todas esas cosas, pero Vallejo es un personaje sin biografía”, dice Granados.

En este sentido, le gusta citar el texto ¿Quién es Vallejo para los demás? de Guido Podestá. “Salvo los discursos que se pronuncian en su entierro —escribe Podestá—, el retrato que le esculpe José Drecrefft, las pocas fotografías en las que aparece, y los testimonios de quienes fueron sus amigos, no hay memoria de quien es ahora uno de los poetas latinoamericanos más importantes”.

“Solo se puede conjeturar sobre la imagen que tienen los demás de él —continúa—. El poeta del que han leído poco o nada. El cronista que los entrevista a veces con poco o demasiado aprecio. El peruano que tiene cachuelos por empleo. El que sueña con la revista propia. El becario del gobierno español que no asiste a clases y hace agitados viajes a España.  El propagandista del indigenismo o del gobierno peruano. El materialista que aún en 1929 le pide a su hermano que le mande a decir misa al santo de su pueblo porque le ha pedido que le ‘saque de un asunto’...” 

A ese Vallejo desconocido, marginal, le dedicará un seminario Pedro Granados. “Yo ando al filo del reglamento —dice al terminar el diálogo—, respeto la tradición y a las otras comunidades de lectores, pero lo mío es un margen y un margen gozoso”.

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