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Verdades intolerables: Todos somos cómplices

Con ‘Una misma noche’, Leopoldo Brizuela ganó el Premio Alfaguara de Novela

Brizuela sitúa un interrogante sobre el infierno que se ocultó en la cotidianidad cómplice de los años de la dictadura

Brizuela sitúa un interrogante sobre el infierno que se ocultó en la cotidianidad cómplice de los años de la dictadura Foto: Archivo La Razón

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 22 de julio de 2012

La novela con la que Leopoldo Brizuela (La Plata, 1963) ganó el premio Internacional Alfaguara 2012 no es otra novela más sobre la sangrienta dictadura que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983. Eso podría suponerse apresuradamente si uno le hace mucho caso a la que se dice comercialmente sobre el libro. No es una novela más sobre el “proceso” comandado por los militares argentinos y que causó, entre otros muchos daños, más de 30 mil desaparecidos. Tiene que ver con esos años, pero es mucho más que eso. La misma noche es —directamente— una novela sobre la Argentina.

Es una novela sobre esa Argentina que a 34 años del golpe —a 34 años de esa noche— no sólo no ha podido exorcizar el horror sino que lo reproduce con otros ropajes y usos pero bajo la misma oscura lógica: es un país donde nadie está a salvo. Hay un engranaje subterráneo de violencia e impunidad que sigue funcionando, que nunca dejó de funcionar.

La historia que cuenta la novela de Brizuela se mueve entre dos tiempos: una noche de 1976 y una noche de 2010. ¿Qué hace de esas noches separadas por tantos años Una misma noche como reza el título del libro?

Esa noche de 1976, el narrador y principal personaje de la novela —tenía 13 años entonces— fue testigo de un operativo de los tristemente célebres “grupos de tarea” para allanar la casa vecina en busca de una supuesta subversiva. Una noche de 2010, esa misma persona —ahora ya un escritor camino a los 50 años— vuelve a ser testigo de otro asalto a la misma casa, pero que ahora tiene otros habitantes. Los sucesos del presente activan los recuerdos del pasado. Disparan la memoria, pero también los olvidos. Sobre esos ominosos olvidos trata en el fondo la novela de Brizuela.

En el relato tejido en torno a la dictadura argentina la ecuación ya está clara. Ya se sabe quiénes fueron las víctimas y ya se dictaminó quiénes son los culpables. De un lado están los secuestrados, los apresados, los torturados y los desaparecidos (y los hijos secuestrados de los desaparecidos). Del otro, los militares. Lo que no está del todo claro es ¿quiénes fueron testigos de ese horror? Y si esos testigos no fueron de alguna manera cómplices. Es en esa llaga donde aprieta el dedo de Brizuela.

“¿Por qué es tan difícil recordar esa época?”, se pregunta el narrador. “¿Simplemente porque en ella sucedían cosas monstruosas? ¿O porque yo había sido testigo de que cualquiera puede convertirse en un monstruo y eso es lo intolerable?”

Rosa Montero, que presidió el jurado que premió la novela de Brizuela, dice que La misma noche es “un thriller existencial, perturbador, hipnotizante”. Si por thriller vamos a entender, en el sentido de la novela policial, una narración en la que alguien persigue esclarecer la verdad de los hechos, Montero tiene razón. Pero lo que el personaje de La misma noche busca esclarecer no son los hechos —están claros, ya sucedieron esa noche de 1976— sino el sentido que tienen para él esos hechos. Ese sentido es existencial, en eso también tiene razón Montero. Pero, por fortuna para la literatura, la cosa no se queda ahí. La misma noche no es sólo un thriller, ni sólo un thriller existencial; es, en el antiguo sentido de la palabra, una novela moral.

El genocidio de la dictadura argentina fue de tal magnitud —llevó a tales extremos la crueldad y el horror, es decir el mal— que la sociedad en la que se produjo ese horror no puede dividirse cómodamente entre víctimas    y victimadores. Hay un lugar —aunque nadie quiera mirar en dirección a ese rincón— para los indiferentes, para los testigos, ya sea voluntarios o involuntarios, y también para los cómplices.   

A esas honduras se mete Brizuela, pero se mete no como un juez sino como un hábil narrador. El contrapunto entre el pasado y el presente sucede con precisión. Sabe cuándo apretar las tuercas para crear la dosis necesaria de expectativa o de intensidad. Juega con un tono y un registro autobiográfico ­—el narrador también se llama Leopoldo, también nació y vive en La Plata, también es escritor y tiene además una madre de 90 años— para hacer aún más perturbadora la historia que cuenta.

En un momento en el que el estándar narrativo latino-americano apuesta por historias sin la menor incomodidad, Brizuela se anima a tocar una herida.   

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