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Viena y los 150 años de Gustav Klimt

‘El beso’, uno de los más famosos cuadros del artista Gustav Klimt, sirve como pretexto para una mirada panorámica a la vida cultural en la Viena de principios del siglo XX

El beso. Es una obra maestra del llamado Art Decó.

El beso. Es una obra maestra del llamado Art Decó.

La Razón / Carlos Antonio Carrasco - escritor

00:00 / 23 de septiembre de 2012

Como mi cuadro favorito, entre todas las escuelas clásicas y modernas, es El beso, me fascina que la galería vienesa Belvedere motorice la celebración de los 150 años del nacimiento de Gustav Klimt , mediante una fabulosa retrospectiva del inspirado artista. Lo novedoso es que esa muestra se acopla a la moderna tecnología, que permite con una tableta iPad en una mano y los mapas Google en la otra recorrer la vida y la obra de Klimt, visitando los lugares donde trabajó, vivió, amó e incluso la tumba donde está enterrado el genial austriaco.

Esa amalgama del amor y de la simbiosis entre el pintor y su amante Emilie Floge está retratada precisamente en El beso, que recuerda los volcánicos veranos que pasaron los enamorados en las riberas del lago Attersee.

Un año entero está dedicado a su memoria y todos los museos de la capital de Austria exponen alguna faceta de su legado, sea del periodo dorado o de los logros del movimiento de la Secesión Vienesa. Precisamente acerca de este último, llegó a mis manos el libro de Tim Bonyhady  Good living Street, cuyas 376 páginas publicadas en 2011 por Pantheon books en Nueva York relatan la vida cotidiana de una familia acaudalada en la esplendorosa Viena de los años 1900. En efecto, los Gallia, que eran judíos de elevado caudal y mejor gusto, se constituyeron en mecenas de los descollantes artistas de la época. La casa familiar situada en Wohllebengasse, que quiere decir la calle del buen vivir, se convirtió en el repositorio del naciente arte de la decoración interior, donde cada habitación era diseñada por eximios arquitectos como Josef Hoffmann o Jakob Gartner. En sus muros no faltaban cuadros comprados o encargados a Klimt, como el retrato de Hermine Gallia (1903) que hoy se exhibe en la National Gallery de Londres.  

El libro trata de demostrarnos la contribución de la elite judía al avance de las ciencias y las artes en esos tiempos de brillo austriaco, cuando Viena rivalizaba el liderato del mundo moderno con París o Londres. Seguir los pasos del grupo familiar y de sus amigos, cuyas repetidas escapadas vesperales incluían la presentación de las piezas de ópera más reputadas como Parsifal, que soslayando el notorio antisemitismo de Wagner permitían reconocer su talento musical.

Las composiciones de Gustav Mahler, otro habitué de ese hogar, eran alabadas por los contertulios, en una época en la que otro judío, Sigmund Freud, asombraba a sus coetáneos con sus tesis sobre la interpretación de los sueños.

Para endulzar las tardes invernales apareció en escena Franz Lehar ofreciendo los aires ligeros de La viuda alegre y la excelsa bailarina Isadora Duncan que escandalizaba a las damas y entretenía a los caballeros con su esbelta desnudez, sólo comparable con la versión oriental de otras danzas similares protagonizadas por Mata Hari, antes que ésta emprenda riesgosas tareas furtivas. Mojigatos censores impidieron la premiere en el Hofoper de Salomé que, basada en el escrito de Oscar Wilde, debía representarse en 1905. No obstante, de este mismo autor se aplaudía su insuperable La importancia de llamarse Ernesto.

El árbol genealógico de los Gallia comienza en 1814 cuando nacen sus ramas de matrimonios entre tíos y sobrinas o entre primos, siguiendo la costumbre hebraica de conservar la fortuna entre miembros de los mismos apellidos.

El mérito de esta reseña familiar reside en mostrar la constante lucha de la comunidad judía frente a los abusos cometidos por las sucesivas dinastías que ocuparon los tronos y gobiernos de la Europa Central. Conmueve todas las hazañas que estos seres humanos debieron realizar para proteger sus patrimonios y muchas veces para conservar sus vidas.

De nada valió, finalmente, la contribución de su talento o el patrocinio a las artes y a las letras. Tampoco su conversión al catolicismo, llegado el trágico momento de la sañuda persecución alentada por el Tercer Reich. En las líneas que se comentan, se denuncia que a partir del Anschluss, los fascistas austriacos se comportaban con mayor crueldad que sus pares alemanes y las expropiaciones y confiscación de sus    bienes muebles e inmuebles expoliaron a ese segmento poblacional hasta precipitar su huida a otros países.

Parte de esa notable familia alcanzó escapar hasta Australia y sacar sus joyas y pertenencias artísticas, pinturas, esculturas y otros en contenedores que pudieron zarpar pocos días antes de que se cerrara la primera cortina de hierro.

En resumen, la vida en Viena de los años 1900 era una de refinamiento, cultura, buen gusto y búsqueda de excelencia, a la cual judíos afortunados contribuyeron en gran medida, dejando en ese infausto tránsito a parentelas queridas cuyo destino fue las cámaras de gas.

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