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Vivir en modo piloto automático

El ensayista Nicholas Carr teme que la tecnología nos robe empleos, libertad y capacidades

Mujeres usando computadoras. Foto: thenextweb.com

Mujeres usando computadoras. Foto: thenextweb.com

La Razón (Edición Impresa) / Joseba Elola - El País

00:00 / 05 de octubre de 2014

A pesar de estar equipado con el más avanzado sistema de navegación del momento, en 1995 el transatlántico Royal Majesty encalló en un banco de arena de la isla de Nantucket, Estados Unidos, con 1.500 pasajeros a bordo. Afortunadamente, no hubo heridos. La antena del GPS se averió, el barco fue desviándose progresivamente de su trayectoria y ni el capitán ni la tripulación se dieron cuenta del problema: ¿cómo se va a equivocar la máquina? El prestigioso ensayista norteamericano Nicholas Carr utiliza este episodio para ilustrar hasta qué punto hemos depositado nuestra fe en las nuevas tecnologías, que no siempre resultan infalibles y que, en algunos casos, pueden arrastrarnos a lugares a los que no queríamos llegar.

En su nuevo libro, Atrapados: cómo las máquinas se apoderan de nuestras vidas recién publicado por Taurus– Carr explica que hemos caído en una excesiva automatización, y hemos externalizado parte de nuestras capacidades. La tecnología guía nuestras búsquedas de información, nuestra conversación en las redes, nuestras compras y nuestra relación con los amigos, y nos descarga de labores pesadas. Todo ello nos conduce a lo que Carr denomina complacencia automatizada: confiamos en que la máquina lo resolverá todo, nos encomendamos a ella como si fuera todopoderosa, y dejamos nuestra atención a la deriva. A partir de ese momento, si surgen problemas, ya no sabemos cómo resolverlos. La historia del Royal Majesty se convierte en una metáfora: hemos puesto el GPS y hemos perdido el rumbo.

El experto estadounidense —exdirector de la Harvard Business Review y exasesor editorial de la Enciclopedia Británica— afirma que “estamos embrujados por las tecnologías ingeniosas. Las adoptamos muy rápido porque pensamos que están a la moda o porque creemos que nos descargarán de trabajo, y no nos paramos a pensar cómo cambian nuestro comportamiento”. Y usa un ejemplo bien sencillo: “gracias a los correctores automáticos hemos externalizado nuestras habilidades ortográficas. Cada vez escribimos peor. Desaprendemos”.

El discurso tecno-escéptico de Carr puede ser rebatido desde muchos flancos. No son pocas las voces que se alzarán diciendo que esas mismas tecnologías están permitiendo expandir la capacidad de comunicación de las gentes, las posibilidades de aprender o incluso de organizarse para cambiar las cosas y comprometerse con el mundo. El propio Carr matiza su discurso alabando las inmensas posibilidades que la red ofrece para acceder a información y comunicarse. Pero hay costes asociados.

Mantener la atención en el nuevo escenario tecnológico, de hecho, no es cosa fácil. Los estímulos y distracciones que almacenan los teléfonos inteligentes que acarreamos o las pantallas a las que estamos conectados nos impiden centrarnos. Nos hacen sobrevolar las cosas. Pasar de una otra, sin ton ni son, en un profundo viaje hacia la superficialidad.

Carr sostiene que la automatización en la que nos hallamos inmersos conduce, por ejemplo, a una sociedad con médicos de atención primaria que emplean entre el 25 y el 55 por ciento de su tiempo mirando a la pantalla en vez de prestar atención a la narración del paciente; a arquitectos que utilizan plantillas que propician uniformidad urbanística, y a financieros que delegan operaciones en la máquina que, cuando falla, pasa factura.

Ante estas dudas, hay quien ya ha empezado a dar pasos atrás en el proceso de automatización. Enero de 2013, la Administración Federal de Aviación de Estados Unidos instaba a las compañías aéreas a que incentivaran las operaciones de vuelo manuales. Las investigaciones sobre accidentes e incidentes en vuelo, explica Carr, indicaban que los pilotos se habían vuelto demasiado dependientes de la navegación automática.

Para Carr, la automatización supone, además, una amenaza para el empleo y convierte a los trabajadores en accesorios de la máquina, en ejecutores de labores cada vez más mecánicas, al externalizarse capacidades intelectuales: “No solo supone una amenaza para el sustento de la gente, sino que nos convierte en observadores más que en actores. Nuestra experiencia y múltiples estudios psicológicos demuestran que implicarse es la forma de estar satisfecho en el trabajo”. Por un lado, las empresas potencian la automatización en pro de la eficiencia y la cuenta de resultados. Y por otro, los trabajadores aceptan de buen grado estas tecnologías porque “nos ofrecen la ilusión de que tendremos más tiempo libre”.

Carr rechaza que en este caso se trate del viejo miedo a la máquina de los tiempos de la Revolución Industrial: “Hay una gran diferencia: los ordenadores pueden hacer ahora muchos más tipos de trabajo: no solo se hacen con los de producción, mediante robots, sino que se hacen con los analíticos. Esta vez asistiremos a una pérdida neta de empleos”.

Pero lo principal es que los adelantos tecnológicos se conviertan, como teme Carr, en una amenaza para nuestra libertad: “La libertad empieza con la libertad de pensamientos, que significa la habilidad de controlar tu propia mente, a qué prestas atención, qué consideras importante. Y ahora que llevamos computadoras encima todo el tiempo, las empresas de software y de internet saben muy bien qué es lo que atrapa nuestra atención”.

Este poder de control escapa a nuestro conocimiento. “Facebook determina con sus algoritmos lo que ves de tus amigos, y lo mismo pasa con una búsqueda en Google. Pero como no informan de sus algoritmos, no sabemos qué intenciones tienen, por qué nos enseñan una cosa y no la otra”, argumenta Carr. Que las grandes compañías tengan estos datos nuestros no supone necesariamente que los vayan a usar torticeramente, pero “tampoco podemos estar seguros de ello”.

El ensayista, que rechaza la etiqueta de tecnófobo, considera que el problema es que las máquinas están diseñadas por tecnólogos que sólo se preocupan por saber hasta dónde es capaz de llegar la máquina, y no de qué modo puede ésta expandir nuestras capacidades. “Las innovaciones tecnológicas no van a parar. Pero podemos pedir que den prioridad al ser humano, ayudándonos a tener una vida plena en vez de apoderarse de nuestras capacidades”.

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