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Vuela alto, golondrina

Un homenaje a la directora y actriz María Luisa Álvarez, que falleció el 28 de agosto.

Entrega. La actriz disfrutaba utilizando en sus obras los trajes de antaño. Foto: Sergio Alavi

Entrega. La actriz disfrutaba utilizando en sus obras los trajes de antaño. Foto: Sergio Alavi

La Razón (Edición Impresa) / Marian del Alba Atahuichi Coria / Actriz y comunicadora social

00:00 / 12 de septiembre de 2018

María Luisa Álvarez, Mami Luisa, partió a la eternidad; quedamos en vida amigos, familiares y su público de tantas noches de teatro, quienes con dolor y con un poco de picardía la despedimos hasta su último lecho.

Nacida el 9 de octubre de 1958, de niña demostró sus dotes de actriz y así mostró su interés por el teatro al participar de pequeñas obras de las que fue parte en su colegio y en las actividades de su iglesia. Activa e interesada por las artes, su familia creyó que sus ímpetus solo serían pasajeros; Luisa sabía que su amor por las artes sería eterno. Así fue.

A Mami Luisa la delataban sus cabellos plateados y sus manitas cada día más suaves, pero llevaba dentro de sí a una chiquilla curiosa y talentosa, la más creativa de todas. Cargada de esas virtudes, más la adrenalina tras bambalinas, era una mujer que aprendió a guiar el drama de su vida a las tablas, sin imaginar jamás todo el camino que recorrería. Abría sus alas a un mundo lleno de posibilidades.

Ansiosa de libertad, comenzó a volar tímidamente en 1995 con un papel secundario en La sanguchera de la esquina, obra de Jorge Wilder Cervantes en tres actos, que compartió con sus amigos de la vieja escuela, su gran familia y para entonces junto con su hija Beíta. Luego la acompañaron muchos personajes por más de 20 años, mujeres y hombres reconocidos como máximos representantes del teatro en Bolivia. El teatro se convertiría en su segundo hogar, una casa llena de “hermanos” e “hijos”. Ahora es un selecto elenco teatral con muchas luces.  

Un día alguien le había dicho que si podía soñar con una golondrina que volaba, también podría ser libre. Su obsesión fue soñar algo así, y así sucedió. Contaba que en sus noches de desvelo fue una golondrina que volaba, y al despertar feliz se dijo que el nombre de su elenco propio sería “Golondrinas”, nombre que para ella representaba libertad y amor.

Hacía teatro, danza y poesía, talentos que expresó con un sentimiento muy puro. Sin reglas, sin obligaciones; “solo suficiente con decisión y pasión que le pongas”, solía reflexionar. Actriz experta en la improvisación o en el arte de morcillar, como decía en jerga teatral, Luisa transmitió a los suyos esas condiciones hasta el último instante en que estuvo con nosotros.

De los tantos días y noche de ajetreo por regalarle teatro al público, la recordamos lidiando por que salgan bien algunas de sus obras y otras inspiraciones: Oh, Agustín querido, El Cristo roto, El zapatero ambicioso, Memorias de una vida en blanco y algunas más osadas como Las Cabronas, Radio Quimsa Charani, Invítame a tu preste y muchas otras, entre canciones, performances y obras teatrales.

Atenta, graciosa y osada, la Mami Luisa solía llevar “comidita” al teatro y se preocupaba por abrigar a los suyos para la vuelta a casa luego de las presentaciones. Decía “hija” o “hijo” a los chicos de su elenco, que por eso éstos también la llamaban “mami”. Gustaba de abrazos largos; “para sentir mejor el amor”, decía. Muchos hijos de sangre y de tablas le deben ahora gratitud y lágrimas a MariLú.

Se fue con el último de sus deseos cumplidos: acompañada de decenas de personas en el Teatro Municipal que la consagró. Sus “golondrinas”, vestidas con sus mejores galas de antaño, con flores en la mano y cantando sus recuerdos, lamentaban su partida.

Pero, ¿qué diría ella si hubiera estado presente? “Sabes, hija, yo trabajé en el Cementerio General y veía todos los días la gente pasar llorando. ¿Sabes qué hacía? Me reía (carcajadas), claro, la gente muere todos los días y es algo normal; por eso cuando me muera, no van a llorar, tienen que reírse. A mí me gusta reír”.

Al final, no pudimos reírnos en su partida. La imaginamos aún saliendo del desfile de antaño paceño con sus mejores galas, unos preciosos vestidos obra de su creatividad.

Parte la golondrina… Vuela alto ahora, el cielo es tuyo.

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