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Wilmer, persona non grata

Un retrato del narrador que en 2012 ganó el premio de la fundación alemana Anna Seghers por su obra ‘Hablar con los perros’. Al frente, un cuento inédito

Urrelo. El escritor en un aula de la Universidad Mayor de San Andrés, donde estudió Comunicación. Foto: Erick Ortega

Urrelo. El escritor en un aula de la Universidad Mayor de San Andrés, donde estudió Comunicación. Foto: Erick Ortega

La Razón / Erick Ortega - periodista

00:00 / 06 de enero de 2013

Hubo una vez, hace más de diez años, un estudiante que llegó al pabellón E de la Universidad Mayor de San Andrés cubierto con una máscara del Rayo de Jalisco. Pasó la clase completa ante la mirada atolondrada del docente y de los compañeros que, literalmente, se revolcaban de risa.

El enmascarado era “el Wilmer”, el chico odiado por muchos y amado por otros, era el Milhouse que se ganó la fama de ser un waskiri a tiempo completo. Usaba lentes poto de botella, tenía el cabello rapado y en su mochila verde siempre cargaba libros gruesos como biblias. Por aquellos años era algo gordito pero muy ágil de mente. Debido a él quedan muchas personas que han perdido sus nombres y se han inmortalizado, como: Campanita, Águila Calva, Frutillita, Chico Maravilla…

Tomando una coca-cola, comiendo un donut de naranja y vestido con una polera con la cara de Micky Mouse, Wilmer recuerda aquellos años cuando él soñaba con convertirse en escritor. Es más, por eso había ingresado a Comunicación Social. “Era una carrera tan fácil que tenía todo el tiempo del mundo para leer”.

Irónicamente, la casa de estudios le entregó, este año, un reconocimiento por su paso por las aulas de la UMSA. No pensó convertirse en comunicador e ir detrás de las noticias. Asevera: “Nunca soñé con ser periodista, yo sueño con ser el anticristo”.

 Eso sí, en ningún momento pretendió ingresar a la carrera de Literatura. “Ahí sí que no hubiera escrito nada digno de publicarse y me hubiera arruinado”, comenta.ORO. No se puede decir que lo que escribe se convierte en oro; pero casi. Su primera obra, Mundo negro, ganó el primer (y único) Premio de Primera Novela en 2000. El texto fue traducido al italiano. Seis años después su trabajo Fantasmas asesinos fue merecedor del Premio Nacional de Novela. Y, este año, su última obra Hablar con los perros obtuvo el galardón Anna Seghers, en Alemania. En resumidas cuentas, es el escritor de moda, aunque este apelativo le provoca algo parecido a las migrañas que tan frecuentemente le visitan.

Antes, cuando iba a clases con su mochila repleta de libros se hablaba mucho de él en los ambientes académicos. Wilmer recuerda que se tejía realismo mágico alrededor de su existencia. “Lo más gracioso que decían era que yo leía porque mis papás me obligaban a leer y que así me castigaban”. Por entonces, casi nadie… en realidad nadie de Comunicación iba a leer a la biblioteca por cuenta propia. Para hablar de sus relaciones sociales en aquella época, él dispara:

“Cuando te ven leer, creas anticuerpos y te odian. Hay la idea de que el más vivo es el que no lee y no estudia. Los estudiantes vienen con la idea de que el vivo aprueba sin el menor esfuerzo. Yo no me dejo y mandaba a todos a la mierda”.

No se puede decir que él marcó la vida de los demás, pero sí hubo alguien que lo impactó: fue Antonio Peredo, que le dio clases de Redacción I, II y III. “Aún ahora lo recuerdo con cariño, casi todos los días. Me acuerdo de lo que fumaba, fumaba harto”. Eran tiempos en los que don Antonio, a quien, cariñosamente, se le bautizó como Peredín 28, se empeñaba en que los alumnos amaran la lectura. Es célebre la anécdota cuando él preguntó en clases: “¿Quién era Octavio Paz?”

Uno contestó que era un jugador de la selección del 63 que ganó la Copa América jugada en Bolivia; aquella respuesta, como no podía ser de otra manera, fue “soplada” por Wilmer a aquel compañero que en la actualidad se convirtió en uno de los mejores amigos del escritor.

Por aquel tiempo, don Antonio decidió dejar de lado las clases de Redacción y obligaba a leer un libro al mes. Ante la protesta de decenas de alumnos, uno de los pocos que aplaudió la noticia fue Wilmer.

“No es que me haya enseñado o descubierto a los libros, pero me sentía cómodo hablando con alguien que había leído mucho”. Fue entonces, también, que Wilmer le entregó sus primeros cuentos, que eran violentos y cortos; aunque hoy él los califica como “boludeces”.

Aquella amistad perduró años, tanto así que hasta antes de su muerte don Antonio le mandaba saludos con amigos comunes. Se refería a él como “Vilmer”. Al recordar a su docente, el narrador dice: “Era un ser bondadoso y no supimos aprovecharlo, no supimos explotarlo como él quería. Era modesto y nos exigía, pero nosotros por incapacidad y flojera no supimos complacerlo”.

“A mí me da cosas lo que escribía antes, algo como vergüenza”, comenta, y deja ver su antebrazo derecho en la mesa: allí lleva un tatuaje de un ser satánico que asegura que es el Diablo. Cuando dice “antes” se refiere a aquellos cuentos que daba a leer a don Antonio y, especialmente, de su primer libro, Trabajos forzados, que lo escribió con cinco amigos.

El libro fue financiado por los autores, que pagaron mil bolivianos cada uno, y la idea era recuperar el dinero con las ventas. Entonces también se hablaba del fin del mundo (a fines de 1999 y comienzos de 2000) y un prologador inventado le dio el golpe marketinero al libro, aunque no se vendieron los mil ejemplares impresos y Wilmer tiene varios en su casa. Aquella publicación fue posible, no está demás decirlo, gracias a Manuel Vargas y a la editorial La Ratita. Hoy, en palabras de Urrelo, cualquiera puede publicar y “eso también es bueno”.VIOLENCIA. Las primeras narraciones de Wilmer son violentas. Hay sangre, personajes salidos de los cómics, mucho de MTV, sangre y ciudades modernas con asesinos a sueldo bautizados como Lee Song. Mundo negro es una extensión de los cuentos de Urrelo. “Con Mundo negro (2000) me di cuenta de que estaba por buen camino; no quiero decir que sea una gran novela, pero me ha convencido de que podía escribir textos largos”.

Su novela Fantasmas asesinos no sólo ganó el premio nacional sino que le sirvió para “titularse” como escritor. En tanto que Hablar con los perros le reveló que para ser escritor hay que sufrir, al menos en su caso. “Escribir es una tortura, es un dolor físico y mental”. Pero cuando se le pregunta por qué se dedica a algo que lo martiriza, dice: “Como la canción, me asusta pero me gusta. Escribir es un tormento, pasión será el fútbol”.

Wilmer no conoce Capinota (poblado cochabambino célebre por la chicha y por ser el lugar de nacimiento de Los Kjarkas), pero ahí fue declarado “persona non grata”. Todo ocurrió cuando el jurado del que formaba parte dictó el fallo del Premio Nacional de Novela que benefició a Claudio Ferrufino, en 2011. El jurado decidió que la mayoría de las obras estaban, por decir lo menos, mal escritas.

El escritor capinoteño Luis Minaya Montaño envió una obra y destrozó en un blog de Capinota a Wilmer. Otros escritores también se sumaron a la protesta y el narrador de Hablar con los perros quedó en la hoguera literaria. “En este mundo de los escritores también hay una canalla literaria que es bajísima y que ataca duro”. Y lo dice él, el mismo muchacho que un día caminaba con un palo por la universidad porque, a veces, las críticas que le llovían iban acompañadas de insultos y de amenazas violentas.

No le importan las críticas, porque aprendió a vivir con ellas. Estaba de columnista y decidió dejarlo, porque siempre llegaba un editor bien educado y hablándole dulcemente le pedía que cambie algunas palabras. Él no lo aceptó… no lo aceptará, aunque lo declaren “persona non grata”.

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