Tendencias

Yvy maraey, la Tierra sin mal

El trabajo de Juan Carlos Valdivia nos reconcilia con el potencial del cine boliviano.

La Razón / Pedro Susz K. / Crítico de cine

00:00 / 27 de octubre de 2013

La búsqueda. El encuentro. El desencuentro. La vida. No son de poco calado las cuestiones que Juan Carlos Valdivia pone sobre el tapete en este su nuevo largometraje, una propuesta, es bueno apuntarlo pronto, de carácter extremadamente personal, ajena casi por entero a los modos, las variantes temáticas y hasta las pautas narrativas de nuestro cine. Y no sólo del más reciente, marcado con las excepciones de rigor, por una suerte de indecisión acerca de formas y propósitos expresivos. Así estamos hace ya buen rato, en presencia de un sostenido crecimiento cuantitativo —para el año entrante se anuncian al menos ocho nuevos largometrajes— y al mismo tiempo de un bajísimo nivel cualitativo. Este último dato bloqueó la ya lejana empatía entre las películas bolivianas y sus potenciales espectadores, los más jóvenes especialmente.

Entre las excepciones puede inscribirse, sin duda, Yvy Maraey, osado rastreo de zonas geográficas y realidades humanas aun relativamente desconocidas no obstante la anunciada apertura pluricultural en la que todos debieran encontrar, desde sus propias singularidades, el debido acomodo en la diversidad.

La filmografía de Valdivia es un viaje en varios capítulos al encuentro del ser profundo de los bolivianos, pero es también la indagación cada vez más ansiosa de sus propias raíces como creador y del sentido mismo del cine, tildado en las primeras frases dichas en pantalla por el director-protagonista de “destructor”, aludiendo de manera implícita a las falsas pistas que las imágenes suelen proporcionar cuando miran sin ver o cuando insinúan mostrar pero en verdad ocultan.

Jonás y la ballena rosada (1995) sobre la novela de José Wolfango Montes databa en 1984 su incisión en el sentimiento de naufragio del viejo patriciado cruceño herido de muerte por el advenimiento de una nueva burguesía crecida al amparo de negocios no siempre legales, por su desenfado erótico y por un desconocimiento flagrante del reparto tradicional de poderes. American Visa (2005) —basada asimismo en una obra literaria: la novela homónima de Juan de Recacochea— circula por algunos lugares marginales de la noche paceña saliendo al encuentro de seres y ambientes desasistidos de cualquier esperanza, fincando, por ello mismo, sus sueños en la eventualidad de una huida hacia lejanos paraísos prometidos.

Manteniendo la pulcritud figurativa al igual que la cuidadosa caligrafía narrativa de esos dos primeros emprendimientos, Zona Sur (2009) marcó, sin embargo, un salto cualitativo en la filmografía de Valdivia, comenzando por el dato no poco relevante de la autoría del guion escrito en esa oportunidad por el mismo director a partir de sus propias incomodidades en un medio social sumido en la perplejidad ante las hondas mutaciones que ocurrían en los extramuros de la elegante mansión donde los protagonistas intentan, inútilmente, mantenerse aferrados a un mundo que va dejando de existir.

Aquel sesgo introspectivo permitió, a su vez, salvar y dejar atrás la lejanía, la frialdad visible en la composición de los personajes de las realizaciones anteriores, más allá del correcto desenvolvimiento actoral de sus protagonistas. En ese cambio de tono tenía, sin duda, mucho que ver la familiaridad del director con las gentes y los ambientes abordados.

El cuarto largometraje del realizador supone, en tal sentido, un nuevo, audaz, movimiento en dirección a la señalada procura introspectiva. Al asumir ya no sólo la doble tarea de guionista-director sino el propio rol protagónico en el papel de un cineasta que decide salir en busca de la Tierra sin mal acompañado de un guaraní de pura cepa, Valdivia nos reta a participar de ese personalísima travesía hacia un mundo invisibilizado en el propio momento de su “descubrimiento” y conquista.

De acuerdo con la mitología guaraní, hubo una primera Tierra, llamada Yvy Tenonde, donde los hombres convivían con los dioses, no había enfermedades y no faltaba nunca el alimento. Sin embargo, uno de los hombres, llamado Jeupié, transgredió el tabú máximo, el incesto, al copular con la hermana de su padre. Los dioses castigaron este acto con un diluvio (Mba'e-megua guasu) que destruyó esta Tierra Primera y se marcharon a vivir a una morada celestial.

Ñamandú decidió crear entonces una Segunda Tierra, imperfecta, y solicitó la ayuda de Jakairá quien esparció la bruma vivificante sobre la nueva Tierra. Los sobrevivientes del diluvio pasan a habitar esta Tierra donde ahora existe la enfermedad, los dolores y los sufrimientos.Los hombres que habitan esta nueva Tierra, llamada Yvy Pyahu (Tierra Nueva) buscarán por siempre retornar a aquella Primera Tierra: Yvymarae (la Tierra sin mal).

Los mitos orales guaraníes hablan de una tercera reconstrucción de aquel lugar perfecto. Sin embargo, mientras se espera la llegada de esa Tercera Tierra, los hombres pueden acceder al Yvymarae, siempre y cuando observen determinadas pautas de comportamiento comunal.En aquella mítica Tierra no existirá ningún castigo, no habrá desventuras ni padeceres, nada se destruirá.

Allí van pues Valdivia y su compañero, conociendo gentes y comunidades, participando de las fiestas, entendidas como el momento de mayor proximidad de algo así como la felicidad. Sus distintas visiones, pautadas por sus propias herencias culturales, son puestas a prueba en la confrontación con una realidad que es parte la de la mitología inconclusa y al mismo tiempo la evidencia palmaria de saberes desaprovechados en el mimetismo de los clisés del progreso sometido a los sabidos criterios unidireccionales donde el hombre somete al entorno en lugar de hallar el modo de vivirlo en armonía.        

Narrativamente, se trata de un híbrido, la tipificación no importa ningún juicio axiológico per se, entre la ficción al modo de la típica road movie o película del camino y el documental a secas. Al igual que en toda película del camino que no se contente con mover a sus personajes de un sitio a otro, se trata de un doble desplazamiento: geográfico e interior, al cabo del cual nada es ya lo que era antes de iniciarse el viaje, aun cuando el destino querido no sea exactamente el alcanzado.

De esto último dan cuenta las miradas cruzadas que abren y cierran circularmente el relato. No lo sabemos en el primer momento, sí al final, son las miradas del director-explorador y de una niña guaraní que se interrogan sobre la improbable coincidencia de los colores apreciados por uno y otra, vuelta de tuerca definitiva acerca de la existencia de maneras divergentes, incompatibles in extremis, de situarse frente al mundo y a la vida.   

Valdivia ha tenido el tino de no jugar todos sus números a la osadía de su arriesgada propuesta, sin concesiones ni afeites. No se desentiende de sus obligaciones de cara a la herramienta expresiva elegida y cuestionada. En muchos tramos la fuerza de la imagen trabajada con el máximo cuidado en el manejo de la luz, del encuadre, del tiempo necesario para dejar que “hable” por sí misma, permite que el tratamiento figurativo sea una pieza esencial en la construcción de la atmósfera misteriosa, atrapante, envolvente que enmarca de principio a fin la película. De gran valor es el aporte de Cergio Prudencio, otro asiduo visitante de zonas poco transitadas del hacer creativo, la banda sonora en su caso. Renuente siempre a los lugares comunes de la estructura narrativa según las fórmulas sobadas por el cine atenido a las recetas de manual, Prudencio ha procurado el justo medio entre la composición resignada a servir de fondo a la imágenes, a ilustrarlas en los extremos menos creativos de tal hacer y un protagonismo controlado que de todos modos debe subordinarse al tramado global del relato.  

Tal vez el resultado pudo haberse beneficiado de una reducción del metraje, condensando ciertos momentos narrativos. Se trata empero de un apunte que en nada desmerece el enorme valor de un trabajo que nos reconcilia con el cine boliviano y con su todavía enorme potencial inexplorado de conocer (nos) mejor y de seguir provocando las preguntas que no debiéramos dejar de hacer.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2 3 4 5 6 7 8
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia