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Los abismos posibles

Una reseña de la novela breve escrita por Mauricio Murillo que hace del mar uno de sus principales personajes

Los abismos posibles

Los abismos posibles

La Razón (Edición Impresa) / Adolfo Cáceres Romero - escritor

00:00 / 20 de julio de 2014

Es verdad que lo ignoro todo sobre él —salvo los nombres de lugar y fechas: fraudes de la palabra— pero con temerosa piedad he rescatado su último día, no el que otros vieron, el suyo, y quiero distraerme de mi destino para escribirlo. J. L. Borges: “Isidoro Acevedo”

No pude evitar encabezar este estudio con una cita de Borges. Es tanto lo que le debemos. No en vano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de 2010, nos dice: “Borges, esa pasión secreta y piadosa, nunca se desdibujó; releer sus textos, algo que he hecho cada cierto tiempo, como quien cumple un rito, ha sido siempre una aventura feliz” (Diccionario del amante de América Latina). Sin Borges nunca hubiésemos logrado deshacernos de los adjetivos inútiles ni de los adverbios inapropiados; tampoco nos hubiésemos dado cuenta de la permeabilidad del cuento: mezcla de fantasía y realidad; lo mismo que de poesía y ensayo. Me complace encontrar en Mauricio Murillo, no solo en esta su novela, sino también en su cuento El torturador (Premio Franz Tamayo 2010), ese auténtico fervor creativo que Borges señaló en los grandes narradores.NOVELA. Nuestros narradores no son muy adictos a la novela corta, género intermedio entre el cuento y la novela. Desde luego que no siempre es fácil reunir las virtudes de ambos géneros; sin embargo, lo mejor de nuestra narrativa está en la novela corta; bástenos citar algunas obras, como Aguafuertes (1928), de Roberto Leitón; Canchamina (1956), de Mario Guzmán y Víctor Hugo Villegas;Tirinea (1969), de Jesús Urzagasti; Los habitantes del alba (1969), de Raúl Teixidó; El otro gallo (1982), de Jorge Suárez; La tumba infecunda (1985), de René Bascopé Aspiazu; El run run de la calavera (1986), de Ramón Rocha Monroy; Kerstin (2004), de Juan de Recacochea; El lugar del cuerpo (2008), de Rodrigo Hasbún; El amor según (2011), de Sebastián Antezana, y ahora Los abismos posibles (2010), de Mauricio Murillo. ¿Pero por qué esta última novela?

Por muchas razones. Desde ya, el mar no es solo un escenario de Los abismos posibles, sino que se constituye en un personaje con características especiales; con todo, en la visión de Murillo, no deja de ser tenebroso, sobre todo cuando se hace obsesivo. Al empezar la segunda parte, Tariq, en el tren que lo lleva a Casablanca: “Pensaba obsesivamente en ese espejo lejano y oscuro que era el mar. ¿Hasta qué punto es ridícula esta situación?, se preguntaba Tariq. ¿Hasta qué punto es ridículo esto y lo que pienso y mis miedos y el portulano y el fondo del mar?”. La respuesta está en las páginas de este libro; concretamente, en la trama que urde. Ojo, no es que Mauricio Murillo pretenda desmitificar nuestra añoranza del mar, al mostrarlo como una pesadilla. En su fabulación el mar es negro y dominante; se hace insondable y obsesivo en la vida de sus personajes; especialmente en Tariq; de algún modo, también en Juan de la Costa y, fatalmente, en  Lutwidge.

Tariq hacia el final se nos presenta como un posible suicida; al concluir la segunda parte, el autor dice: “Tariq miraba el agua y la imaginaba como un espejo, pero uno que además de reflejar podría ser una puerta o un abismo”. Juan de la Costa, en cambio, imagina la forma y la extensión de los dominios del mar, en cada trazo de su portulano; el final de Lutwidge está asociado al de Natalie Wood; así, este su referente testimonial cobra sentido. No siempre es fácil engarzar un hecho real (la muerte de Natalie Wood) con otro ficticio (la muerte de Lutwidge). La forma cómo lo hace Murillo es uno de los logros de esta novela. Novela del mar. Lo evidente es que Murillo nos ofrece un fabuloso mar concebido para hacer posibles los abismos humanos que muestra, teniendo en cuenta que sus fastos reales e imaginarios se fusionan en el misterioso periplo de su desarrollo.

Con esta obra, no es que su autor haya creado un género híbrido. Todo lo contrario, se mantiene fiel a sus modelos, especialmente a Borges, cuyos ensayos se hallan más cerca de la ficción; de ahí que las notas al pie de página que usa Murillo se hacen accesorias a la trama, como también lo hacía Renato Prada en algunas de sus obras, especialmente en su novela Mientras cae la noche (1988).

Además, podemos apreciar su habilidad en el diseño de secuencias con las que logra sumergirnos en una fabulación fraccionada, fruto de una paradoja borgiana, cuando dice: “La paradoja. Lo que lo mantenía en la orilla era la paradoja. En el borde, en la playa del mar”. Pero hay algo más que el autor explicita, cuando dice: “Más bien la oscuridad”. Por cuanto la oscuridad emerge no solo del fondo del mar, sino del destino de sus protagonistas; entonces, es en ese razonamiento que cobran sentido las pesadillas que el autor anima, sin afectar las motivaciones que alientan los hechos reales. Si bien la trama de esta novela es sencilla, se hace intensa en su desarrollo histórico; por una parte, ambientada con el portulano de Juan de la Costa y, por otra, con la evidencia del viaje que define el destino de sus protagonistas, especialmente de Lutwidge y Tariq o, quizás, sea más preciso decir en Tariq y su circunstancial encuentro con Lutwidge.

Esta novela traza una serie de caminos; uno de ellos es el que Tariq Usuriaga va a seguir, en cierto modo ligado con el portulano que dibujó Juan de la Cosa. Es un camino de tiempo y espacio. Aclaremos, la visión que Murillo expone sobre el cartógrafo y su oficio cobra relieve en una serie de conjeturas sobre el destino de dichos personajes, junto a otros que aparecen circunstancialmente. Aquí la paradoja se hace significativa en la visión del mundo de entonces, el de ahora y el de siempre.CAMINO. Tanger es otro de sus caminos, significativamente animado a partir de una fotografía que se hallaba colgada en la pared del bar del Hotel de Muniria. Foto histórica en la que aparecen Burroughs, Kerouac y Ginsberg, figuras notables de la literatura universal, que pasaron por ese hotel. Al margen de ésas y otras fotos, se dan las secuencias que las hacen perceptibles, especialmente con las notas que van al pie de la página. Podría pensarse que el final de este camino está en Santoña, pero no. Está en: “El abismo dentro del abismo, la locura, el espía en Portugal, los cadáveres extraviados, los mapas perdidos, los sudores de la resaca, las esferas invisibles, los abismos posibles, los rumores salvajes”. Párrafo con el que concluye su historia.

Por lo general, toda obra primigenia nos lleva a una exploración de los recursos con los que cuenta su autor; en el caso de Mauricio Murillo, esta su primera novela se halla pulcramente trabajada, tanto en su diseño fabulado, como en su lenguaje, al igual que en los detalles tomados de la realidad, a través de la patética visión de los últimos instantes de la estrella de Hollywood: Natasha Nikolaevna Gaudín, de origen ruso, mejor conocida como Natalie Wood. La ambientación histórica es sobria, a pesar de su trágico desenlace. Inclusive el título, Los abismos imposibles, tiene características de ensayo; en tal sentido, no está jejos de las fabulaciones existencialistas de Sartre y Camus, con una suerte poética que nos recuerda al viaje final de Virgilio, en la fabulosa novela de Hermann Broch La Muerte de Virgilio (1945).

Finalmente, es probable que alguien considere que esta novela no es de ambientación boliviana, por su escenario, personajes y motivaciones estéticas.

Para nosotros, es una muestra singular de la novelística boliviana que se produce dentro de la llamada cultura de la democracia.

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