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Un actor con ojos de kurukuta

David Mondacca ch’alla 40 años de vida teatral con una obra de reminiscencias y celebraciones.

David Mondacca.

David Mondacca.

La Razón / Mabel Franco / Periodista

00:00 / 07 de julio de 2013

Kurukuta, le decían los niños, crueles como suelen ser, al compañero de persistentes ojos rojos. Una conjuntivitis que se resistía a ceder le daba esa característica al sexto de los nueve hijos de Silvia, la mujer pandina esposa de Elmo Monda-cca y madre de David. “Ella me consolaba diciéndome que era el precio de tener los ojos grandes”.

Pero no sólo así ayudó Silvia a su hijo. “Ella solía leer en voz alta y me enseñó las letras antes de que yo fuese a la escuela, así que ese conocimiento me salvó, me ayudó a sobrevivir a los compañeros”.

Todavía en colegio, el joven David buscaba un curso, algo que le permitiese ahondar en la filosofía. Un error le llevó hasta el Teatro Estudio, que dirigía Eduardo Perales, y allí se quedó y así se determinó su oficio, su profesión, su vida.

El 13 de noviembre de 1973, David Mondacca, que en el grupo había hecho de todo por medio año: utilería, luces, lo que hiciese falta, subió finalmente a escena. “La obra, cortita, se llamaba Algo más de dos sueños, de Virgilio Piñeira, y trataba de dos enamorados. Yo era el chico y Nancy Tejada  (ya fallecida), la chica; era una actriz intensa y fuerte, muy afectuosa y amigable conmigo; eran mis primeras armas y ella ya era reconocida”.

El crítico Julio de la Vega vio la obra “en un teatrito chico que teníamos en las antiguas instalaciones de la Alianza Francesa, en la calle Ingavi de La Paz”, y escribió una nota en la prensa, “que la tengo por ahí, con foto y todo, en la que él dice haber visto a un joven actor que, con un poco más de aplomo, llegará a será grande”.

El teatro, afirma hoy Mondacca, uno de los mayores actores bolivianos, que se apresta a celebrar 40 años en escena, fue un descubrimiento absoluto. “Yo no tuve experiencia ni en la escuela ni en el colegio; pero sí escuchaba mucho radioteatro: obras nacionales y también cubanas y mexicanas, que mi madre seguía en los años de mi niñez en que no había televisión y el cine era casi un lujo”. 

Después de aquel 13 de noviembre, “nunca más dejé la actuación. Pasé a hacer televisión con Julio Moldes, que había llegado de Argentina, y María Eugenia Ruiz Hoz de Vila. Y también, en los años 75 y 76, con Néstor Peredo, con quien se formó el grupo Criolladas que llevó a la pantalla 40 leyendas bolivianas”.

Esos programas se filmaban en  blanco y negro: interiores, en cinta de video, y exteriores en 16 mm, cine que dirigía José Soto.

“No tengo nada de ese material; era imposible disponer de una copia”, de manera que tal vez sea igual de imposible volver a ver al Mondacca televisivo.

Tampoco queda, claro, salvo en la memoria del actor y de quienes pudieron presenciar la primera telenovela nacional: La Hoguera, basada en obra de Antonio Díaz Villamil, llevada a la pantalla en 12 capítulos dirigidos por Tito Landa.  

“Hice también mucha radio; en el 77 o 78, cuando había emisoras como Méndez, Illimani y  Nueva América” que fomentaban las producciones.

En los años 80, la actividad en cine y video se intensificó y el actor paceño tuvo mucho trabajo. “Hice cortos con Diego Torres, Carola Prudencio, Iván Rodrigo Mendizábal, Marcos Loayza, Carlos Urquizo, Sergio Calero, Néstor Agramont...”, surge la larga lista de realizadores que le encomendaron papeles distintos, que le acercaron, asimismo, al pintor Arturo Borda y recurrentemente al poeta Jaime Saenz, paceños ambos. 

Saenz, a quien conoció en vida el actor, le permitió un otro encuentro: el de la narrativa como fuente para el teatro. No le digas... (1997) es, a estas alturas, un clásico de Mondacca como actor, pero también como dramaturgo y director. Vendrían otras obras sobre el universo saenciano y hasta una versión cinematográfica que todavía aguarda ser estrenada (película dirigida por Mela Márquez).

En este julio, mes de La Paz, el festejo por las cuatro décadas de vida teatral se adelanta. Y Monda-cca presenta una creación propia llamada Ojos de kurukuta (paloma andina de rojizos ojos), que le permite una mirada en panorámica, un vuelo por su vida, su oficio, las enseñanzas de sus maestros —los nacionales y los universales—, cuyas frases que han sido determinantes para el actor fluyen, mientras él mismo se atreve con confesiones varias.

La puesta es “como una ch’alla, pues se trata de festejar; ¿qué festejar?, pues el no haber tirado la toalla. Y así fue porque al empezar no sabía que era imposible; es como cuando entras a correr una maratón sin estar listo y en el camino te das cuenta de la magnitud, crees que no podrás, pero no paras”.

Coincidencia o no, ese no tirar la toalla se ha traducido este mismo año en un reconocimiento que Mondacca había dejado de buscar hace tiempo. Para viajar a Chile “me dieron una cédula de identidad nueva y, cuando me disponía a responder una vez más que soy “empleado”, el policía que me atendía me reconoció y me puso “actor”. Eso es, oficialmente ahora.

Si saber leer antes de tiempo le salvó del asedio de los compañeros,  “la literatura, el teatro, me dieron alas para ver nuevos mundos”, sentencia el sexto hijo de Silvia, “la fortaleza de la selva”, y de Elmo.

Un estreno en el mes de La Paz

Obra. ‘Ojos de kurukuta’ está basada en textos de Jaime Saenz, Brecht y David Mondacca.

En escena. Actúa Monda-cca bajo la dirección y la puesta en escena de Claudia Andrade.

Fechas. 11 y 12 de julio en el Teatro Municipal Saavedra Pérez,  a las 19.30.

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