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Los afectados de Rodrigo Hasbún

Reproducimos el arranque de la nueva novela del cochabambino, publicada por Random House

BÚSQUEDA. El argumento se centra en la familia alemana Ertl, que llega Bolivia al finalizar la II Guerra Mundial y se interna en la selva. Foto: vozpopuli.com

BÚSQUEDA. El argumento se centra en la familia alemana Ertl, que llega Bolivia al finalizar la II Guerra Mundial y se interna en la selva. Foto: vozpopuli.com

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Hasbún - escritor

00:00 / 07 de junio de 2015

El día que papá volvió de Nanga Parbat (con unas imágenes que trituraban el alma, tanta hermosura no era humana), mientras cenábamos, nos dijo que el alpinismo se había tecnificado demasiado y que lo importante se estaba perdiendo, que ya no escalaría más. Tras oírlo mamá sonrió como una idiota, creyendo que esas palabras contenían algún tipo de promesa, pero se quedó callada para no interrumpir. Es la comunión con la naturaleza lo que importa, siguió diciendo él, la barba más larga que nunca, tan oscura como sus ojos un poco desquiciados, la posibilidad de llegar a los lugares que han sido abandonados hasta por Dios es lo que importa. No, por Dios, no, se corrigió, en el principio de uno de esos monólogos que duraban horas apenas llegaba, antes de que empezaran a crecerle el silencio y las ganas de emprender una nueva aventura, es más bien en esos lugares donde se lo encuentra, donde Dios descansa de nuestra ingratitud y sordidez.

Monika y Trixi lo oían sumidas en una hipnosis incipiente y mamá ni qué decir. Éramos su clan, las que lo esperábamos, hasta entonces siempre en Múnich, pero ahora en La Paz desde hacía un año y medio. Irse, eso era lo que papá sabía hacer mejor, irse pero también volver, como un soldado de la guerra permanente, hasta reunir fuerzas para irse una vez más. Solía suceder luego de unos meses de quietud. Esta vez, justo después de quejarse del alpinismo, con la boca medio llena, mencionó que pronto se largaría en busca de Paitití, una antigua ciudad inca que había quedado enterrada en medio de la selva amazónica. Nadie la ha visto en siglos, dijo y me dio pena mirar a mamá, constatar lo poco que le había durado la ilusión. Está llena de tesoros, los incas los resguardaban ahí de la codicia de los conquistadores, añadió él, pero eso era lo que menos le interesaba, su único tesoro sería encontrar las ruinas de la ciudad. Lo cierto es que a su regreso de Nanga Parbat había hecho una escala decisiva en São Paulo y finalmente tenía el financiamiento y los equipos. No hay que olvidar cuánto tiempo pasó desapercibida Machu Picchu, dijo, durante cientos de años nadie sabía que estaba donde está, hasta que el audaz de Hiram Bingham la encontró.

Papá se sabía los nombres de mil exploradores, yo no. Me faltaba un año de colegio y mis preocupaciones eran otras, entre ellas qué haría después. La Paz no estaba tan mal, pero era caótica y nunca dejaríamos de ser extraños, gente venida de otro mundo, un mundo envejecido y frío. Al menos ya habíamos logrado adaptarnos, después de meses de meses luchando contra todo, incluido el bendito español. Mamá apenas podía hablarlo, pero mis hermanas lo manejaban cada vez mejor y yo me defendía sin grandes dificultades. Mi segunda opción era regresar a Múnich. Me disuadía el hecho de que Monika estuviera considerándolo también, porque en ese caso quizá terminaríamos viviendo juntas. Ella tenía 18 recién cumplidos y acababa de graduarse y estaba más confundida y rabiosa que nunca. Con sus crisis nerviosas había logrado que todo girara a su alrededor aún más que antes, y que Trixi y yo tuviéramos que resignarnos a ser personajes secundarios, un poco como mamá en relación con papá. Era feo verla revolcándose, no voy a negarlo. Era impactante, horrible incluso, hasta habíamos tenido que atarla la última vez. ¿Papá ya sabía? ¿Se lo había contado mamá en alguna carta? ¿Se lo había contado más temprano, apenas se quedaron solos en su cuarto, antes de la cena? Aunque mamá llevara meses implorando, Monika no le daba importancia al asunto (no es nada, decía, déjenme en paz) y se negaba tajantemente a visitar a un psiquiatra o a un médico internista.

En cualquier caso, el desorden interior de mi hermana coincidiría diez días después de la llegada de papá con esto otro: los arqueólogos brasileños a los que esperaba le notificaron que necesitaban postergar el inicio de la expedición. Él no entendió los motivos o los asumió como una afrenta personal, y una tormenta de mierda se desató entonces en casa. En los días siguientes lo oímos hacer llamadas interminables, cerrar puertas con todas sus fuerzas, amenazar y gritar. Entre medio se la pasaba rumiando como una bestia en cautiverio, como un hombre que lo ha perdido todo. Nosotras estábamos de vacaciones y no podíamos eludir el martirio. Al fin, una tarde en la que Monika y yo lo ayudábamos en el jardín, le propuso a ella que lo acompañara. Mi hermana no sabía si quería estudiar ni qué estudiaría si lo hacía, ni dónde lo haría de hacerlo. Por lo demás, ella había sido la que cuestionó más la decisión de instalarnos en Bolivia, hasta en el barco sus reproches fueron de nunca acabar. No podemos dejar nuestras vidas así como así, decía antes de que empezara el pataleo, eso no se hace. Empezar de cero es una oportunidad que pocos tienen, decía papá. Empezar de cero no se puede, lo cortaba mi hermana, irse es de cobardes. Ante palabras como ésas, él se quedaba callado y a ella su silencio le daba rienda suelta, al menos hasta que él perdía la paciencia, y entonces mamá nos decía a Trixi y a mí que nos fuéramos a pasear por la borda mientras ellos se quedaban discutiendo, a veces durante horas. Luego, el día que llegamos a La Paz, entendí mejor los temores de mi hermana. Nada era reconocible (había niños mendigando por las calles, indios cargando bultos enormes en sus espaldas, demasiadas casas a medio construir), y en general todo se veía precario y sucio. Un par de meses después, ya acomodadas en un barrio céntrico y luego de que papá se hubiera ido a Nanga Parbat, empezaron las crisis nerviosas de Monika. Había pasado más de un año desde entonces. Ahora, en el jardín, para mi sorpresa, aceptó de inmediato la propuesta que él acababa de hacerle.

Obviamente papá intentaba matar dos pájaros de un tiro: contar con su ayuda para la expedición, que según supimos entonces había decidido no retrasar un solo segundo, pero además alejar a Monika de sus demonios y de su incertidumbre. Tras oírlo, incrédula, dije que también debía llevarme. Tú todavía estás en el colegio, pelotuda, se entrometió mi hermana. Puedo faltar unos meses, respondí sin perder la calma, y luego volví a dirigirme a papá. Algo como esto podría ser importante en mi vida, dije, tú lo sabes mejor que nadie. ¿Cómo sería para él volver a casa después de tanto tiempo rodeado de naturaleza inhóspita, acompañado únicamente por hombres parecidos a él? ¿Habría pasado algo de lo que no estábamos al tanto para que no quisiera seguir escalando? Y con lo de Paitití, ¿qué buscaba realmente? ¿Y yo? ¿Faltar a clases nada más? ¿Sentirme única entre mis amigas, que reventarían de la envidia al enterarse? ¿No quedarme atrás en relación con Monika? Como si lo hubiera previsto todo, incluidas las preguntas que me estaba haciendo, se le formó una sonrisa rara a papá mientras asentía. Se me heló el pecho y miré a mi hermana y ella me miró y ya ninguna supo qué decir. Supongo que nos dio miedo saber que el asunto iba en serio.

Es necesario estar preparados, dijo él al rato. Entre nosotros hablábamos en alemán, las pocas veces que debíamos hacerlo en español se sentía falso. Atardecía, pronto tendríamos que volver adentro. Ya habíamos terminado de desyerbar el jardín, solo faltaba hacerle un nudo a la bolsa de yute y salir a la calle a botarla. Materialmente estamos más que listos, dijo, tenemos trajes a prueba de picaduras, aparatos de radiotelegrafía, escalas de aluminio, estuches especiales para proteger el celuloide, una cámara estupenda, tenemos todo lo que necesitaríamos para llegar al mismísimo fin del mundo. Ese equipo pudo comprarlo gracias al apoyo de algún ministerio boliviano y del instituto brasileño, que había aceptado que se fuera sin su gente. El futuro sucederá aquí, lo había escuchado decir varias veces en los últimos días, Europa ha perdido la oportunidad, es el turno de países como éste. En el nuestro ya no lo querían y el desprecio era mutuo, aunque la cinematografía alemana le debiera tanto. Durante las Olimpiadas de Berlín, en la famosa producción de Leni Riefenstahl, papá había sido el primer camarógrafo en filmar bajo el agua y en hacer unas tomas aéreas increíbles, el primero en tantas cosas.

También se había dedicado durante años a sacar fotos impresionantes de la guerra. Lo sabían todos y nosotras más que nadie, no por nada tuvimos que mudarnos de continente y de vida. Materialmente estamos preparados, insistió él en el jardín, poniéndose al hombro la bolsa de yute, pero logísticamente aún no, ni física ni mentalmente, y espiritualmente menos. ¿Sabría mamá? ¿Lo habrían discutido ya? ¿Nos iríamos sin su consentimiento? No será fácil, dijo él, nadie dijo que lo será, ni para ustedes ni para mí, pero encontraremos Paitití. Paitití nos espera hace siglos, dijo, llegaremos cueste lo que cueste.

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