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El ajedrez y más allá....

Un libro de Leontxo García explora las relaciones del ajedrez con la ciencia, la salud y la educación

Carlsen. El nuevo y jovencísimo monarca. Foto: El País

Carlsen. El nuevo y jovencísimo monarca. Foto: El País

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Wasemberg - periodista

00:00 / 29 de diciembre de 2013

Lo deja caer Leontxo García en su libro Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas: existen auténticos niños prodigio en pocas disciplinas, quizá sólo en tres, matemáticas, música y ajedrez. La expresión niño prodigio no significa aquí talento admirable para su edad, sino admirable en valor absoluto. Fuera de estas tres disciplinas existen genios adolescentes que escriben, que pintan o que juegan al fútbol, pero nunca llegan a disputar el mismo espacio que ocupan los genios adultos. ¿Qué tienen en común el ajedrez, la música y las matemáticas? Se diría que la matemática, la música y el ajedrez son construcciones puramente mentales que deben su eficacia a un lenguaje universal y potente. El libro de Leontxo García rebosa de intuiciones. Mencionaré cuatro.

La primera tiene que ver con el mundo de los genios del ajedrez. Cada generación tiene dos o tres jugadores de leyenda: José Capablanca, la apisonadora invencible; Tigran Petrosian, la calma granítica por posición; Mijaíl Tal, la imaginación arriesgada por combinación; Bobby Fisher, la rebeldía innegociable del genio de todos los genios; Garry Kaspárov, líder durante dos décadas y, para muchos, el más grande de todos los tiempos; Miguel Najdorf, un portento mental que en 1947 jugó 45 partidas simultáneas (!) a ciegas (!!) ganando 39, empatando 4 y perdiendo 2, durante 21 horas seguidas; Magnus Carlsen, el jovencísimo número uno actual y más fuerte jugador de la historia

La segunda está en la aportación que el ajedrez puede hacer a la educación. Y no se trata de una sospecha sino de toda una serie de argumentos encadenados: el ajedrez desarrolla la capacidad de análisis y de toma de decisiones, enseña a valorar situaciones, no busca excusas o culpables y estimula el ejercicio de una gran diversidad de aspectos de la inteligencia.

La tercera sospecha se centra en la relación entre el ajedrez y la salud. En los últimos años han aparecido varias investigaciones sobre el impacto de la práctica del ajedrez en ciertas funciones cerebrales. El dato más relevante tiene que ver con la enfermedad de Alzheimer. La revista New England Journal of Medicine publicó un trabajo en 2003 que mostraba que las personas que juegan regularmente al ajedrez reducen el riesgo de contraer esta enfermedad en un 75%.

Y mencionemos finalmente la situación creada por la descarada superioridad de los ordenadores sobre los humanos en ajedrez. ¿Piensan ya las máquinas? Muchos entusiastas del silicio son coherentes con el nombre que dan a su especialidad: la inteligencia artificial; sin embargo, aún estamos lejos de vivir la profecía de Arthur Clark que alude al día en el que los ordenadores se enamoren o no se dejen desenchufar. Gracias al ajedrez existen hoy ordenadores que diseñan tácticas y estrategias, que calculan miles de millones de posiciones por segundo, que combinan o consultan todas las partidas de la historia, pero no solo eso: también parecen empezar a manejar intuiciones.

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