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La alegría de los lugares difíciles

Artistas latinoamericanos que participaron en el Festival de Poesía Sudaka 2018 reflexionan sobre la poesía y la disidencia sexual.

Poetas. Los artistas chilenos Héctor Hernández (izq.) y Francisco Vargas. Foto: Miguel Carrasco

Poetas. Los artistas chilenos Héctor Hernández (izq.) y Francisco Vargas. Foto: Miguel Carrasco

La Razón (Edición Impresa) / Naira de la Zerda

23:41 / 19 de septiembre de 2018

Construir un territorio, una “nación marica” —fugaz pero expansiva— es una de las oportunidades que genera darle cuerpo y rostro a las voces de la poesía latinoamericana. La influencia de estas letras atraviesa fronteras gracias a las nuevas formas de comunicación, pero las huellas de la presencia y el encuentro son más intensas. Así lo entienden los poetas   Francisco Vargas Huaiquimilla, Héctor Hernández (Chile) y Édgar Soliz Guzmán (Bolivia), participantes y organizador del Festival de Poesía Sudaka, Marica, Torta, Trava, 2018.   

Del 12 al 14 de septiembre, escritores y artistas de diferentes áreas y países como Chile, Perú, Argentina y Bolivia tomaron la Casa del Poeta (Claudio Sanjinés, 1602), el Centro Cultural de España en La Paz (Camacho 1484) y Almatroste Trans/cultural (Av. Ingavi 730) para leerse, mostrarse y discutir sobre el arte que se enuncia desde la disidencia sexual.

“No ha habido en Bolivia un festival de poesía que tenga esta mirada. Mis rastreos de literatura homosexual siempre han sido personales. Desde la academia sí se lee a muchos autores maricas: Lemebel o Reynaldo Arenas, por ejemplo. Pero nunca con esta impronta, siempre se deja de lado este tema”, desarrolla Soliz, escritor y cronista orureño.

El denominativo “su-daka” se une a los de “marica, trava o torta”, como una forma de resignificar los insultos, desde una postura políticamente incorrecta, que tiene que ver con la migración, lo indígena, lo cholo y lo homosexual.  

Esta forma de apropiarse de las injurias y tomarlas como “nombre propio” es también una plataforma para mirar críticamente muchos otros esquemas raciales, políticos, sociales, económicos o culturales, complementa Hernández, escritor, investigador y editor chileno.

“El arte al final convierte la propia mierda de la vida en algo un poco más hermoso; tristeza, rabia, dolor, se transforman en un poema que puede ser igual de doloroso, pero ya es un poema, no es alguien encerrado, sufriendo, solo”, explica.

Su trabajo crítico y creativo se enfoca en relacionar la obra y la vida de los autores, darles importancia, ya sean ejemplares, infames o insignificantes, es la parte central de su propuesta. La lectura de un texto cambia si se toma en cuenta la experiencia vital de quien escribe, adquiere sentidos que suelen ignorarse, en un olvido que no es inocente.

“La academia y el canon siempre han pensado que existen libros y nada más, que no hay una mujer o un hombre atrás. Este tipo de encuentros nos recuerdan algo muy obvio, que detrás de cada poema hay una persona que se está dando de cabezazos en la pared. Con el arte intentamos de algún modo recuperar la humanidad de esta humanidad cada vez más uniformizada por el sistema”, afirma.

La relación entre la disidencia sexual y la poesía tampoco es una casualidad o una filiación lejana, ambos son lugares incómodos, difíciles y castigados cultural, social y económicamente por estar ligados a la diversidad.

 “La literatura está bastante alejada de la popularidad que tienen otros géneros artísticos y la última en la literatura es la poesía. A nadie le importa mucho. Sucede algo parecido con la homosexualidad, son espacios que han sido relegados y castigados. Que se relacionen es algo natural. Lo que hacemos aquí es, desde el poder que tiene la palabra, devolverle el lugar que tuvo, porque ha existido siempre, desde el origen de la civilización. No estamos inventando nada, solo haciéndolo visible”.

La presencia física y la corporalidad que permite el encuentro es una de las cosas que resalta Francisco Vargas Huaiquimilla, poeta, artista visual y perfomer mapuche. “Te reto a expresar algo sin el cuerpo” —recupera— para describir los sentidos que se suelen asociar a la homosexualidad y a lo indígena en Chile: “Construyo otras formas de ser, desde esta corporalidad que otros han calificado como débil y terrorista”.

El encuentro que auspicia el festival permite darle rostro a la poesía y hacer efectivos los flujos ya existentes entre artistas de Latinoamérica. En especial aquellos entre Bolivia y Chile, que han sido normados políticamente como complicados, violentos y tensos, por más de un siglo.

 “Los territorios que creamos, si bien son fugaces —como lo es el encuentro—, tienen la cualidad de expandirse en cada uno de nosotros. No son geográficos, es más, son ficciones que nos ayudan a enfrentar la territorialización oficial que nos ha dividido. La poesía fluye y está cruzando fronteras todo el tiempo, hace un desacato con respecto a estas imposiciones. Es un encuentro de paz en La Paz”, explica, mientras hace bromas y lanza una carcajada.

Un ejemplo de esta influencia es Nación Marica, título de un texto del escritor chileno Juan Pablo Sutherland, que fue retomado por el colectivo Maricas Bolivia —parte de los organizadores del festival— como parte de su propuesta artística.

Esta reunión inédita no pretende cerrarse a un género literario o a una temática en específico. Sin embargo, sí parte desde una posición clara, donde lo homosexual y las disidencias sexuales son el centro de propuestas artísticas. Desde esta enunciación identitaria, el paso siguiente es el autocuestionamiento. El Festival de Poesía Sudaka también es un lugar de discusión sobre etiquetas, determinaciones y nuevas posiciones, que intenta visibilizar temáticas que van más allá de una preferencia sexual o un órgano genital.

No es un encuentro LGBT, determina Soliz, para quien esta etiqueta está alejada de lo indígena y lo cholo en Bolivia. “Es una noción muy sanitizada, muy políticamente correcta. Estamos aquí para ir más allá y plantearnos dónde estamos en medio de todas las posibilidades identitarias que ha surgido”, desarrolla.  

En lo que coinciden los tres escritores latinoamericanos es en que esta reunión artística es tan solo una etapa de un movimiento que se viene desarrollando desde hace tiempo. Es parte de una red que se ha ido formando, donde las relaciones humanas y artísticas desobedecen dictámenes políticos y articulan soledades. De esta misma forma, es solo un escalón dentro de una iniciativa que tiene mucha fuerza y que espera realizar cosas más grandes.  

Recuperan la alegría y la fiesta —que también abriga en su interior desacuerdos y posturas diferentes—, que es la mayor forma de rebeldía y de revolución. Esta manifestación, que toma el cariño además de la lucha como herramienta de unión, destruye miedos y prejuicios y pretende acoger y acompañar a todos aquellos que se sienten dejados de lado e intensamente solos por no identificarse con lo establecido.

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