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Los amantes pasajeros

Los amantes pasajeros. Foto: peliculas-about.com

Los amantes pasajeros. Foto: peliculas-about.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 22 de junio de 2014

Es una discusión de nunca acabar que acompaña cada nuevo estreno de Pedro Almodóvar. ¿Se trata de un genio del cine contemporáneo? ¿O solo de un director intermitentemente talentoso, pero muy representativo de la movida madrileña que a la salida de la solemnidad boba de 40 años de franquismo supo sintonizar con la necesidad de oxígeno de una sociedad hastiada de censores, hostias y sermones?

Personalmente, me inclino por lo segundo. De hecho, salvo Todo sobre mi madre (1999) y ciertos momentos de sus primeros títulos, no me encandiló, sin dejar de reconocer algunas virtudes presentes en los casi 20 títulos rodados a lo largo de 30 y pico años. Especialmente el ojo para elegir a sus actores y el cuidado figurativo de sus puestas en imagen, apelando por lo general al colorido sobresaturado y a la iluminación enfática.

En todo caso, en los últimos años,  el realizador nacido en la tierra del Quijote parecía haber quedado preso de una autorreferencialidad traducida en trabajos asfixiados por las pretensiones y por la severidad claustrofóbica de sus obsesiones: el sexo y  los grilletes de la moral heredada. La mala educación (2004), Los abrazos rotos (2009) y La piel que habito (2011) eslabonaban un incierto camino hacia lo que daba la impresión de anunciarse como la pura rutina y, por último, la nada. Tal vez consciente del atasco, Almodóvar resolvió dar un largo rodeo para regresar al desenfado y la causticidad de sus orígenes.

En Los amantes pasajeros, desde el nombre de la aeronave, Chavela Blanca, pero en particular del de la compañía a la cual pertenece, Península, resulta patente que ese vuelo hacia México repentinamente amenazado por un desperfecto encierra un microcosmos con múltiples alusiones a la actualidad española.

Allí están los privilegiados de la business class y los pasajeros de a pie, si se me dispensa el evidente contrasentido, de la clase turística. Cuando la tripulación advierte un inminente riesgo, resuelve escamotear la información y suministra dosis masivas de anestésico a los viajeros turísticos y un explosivo brebaje euforizante a los de tener. Así, los primeros quedan en Babia, invadidos por la modorra, mientras los ejecutivos dan rienda suelta a sus instintos básicos.

La galería de mescalinizados comprende a un sicario del narcotráfico mexicano y a un empresario en plan de fuga luego de estafar a sus clientes y al fisco. Con el caso Bárcenas y los escandaletes del entorno familiar de Su Majestad todavía insepultos, no quedan muchas dudas de hacia dónde apunta Almodóvar. Por si quedara alguna, ahí está la exmodelo del destape, ahora prostituta de lujo, presta a irse de boca detallando sus averiguaciones íntimas con las figuras de las más altas esferas, incluido el número 1 que, precisa deslenguada, es “EL número uno” pareciendo  remitir sin tapujos al recién abdicado.     

“Ésta es mi película más gay” adelantó el director antes del estreno. Encargados de asumir ese costado de la provocación los tres sobrecargos llamados a salir del closet son el eje en torno al cual se arma la orgía que termina apoderándose del vuelo. Sin embargo, el exceso y la obviedad acaban deslizando el tono inicialmente festivo hacia la fatiga, la melancolía, la insipidez.

Mas no se trata de un giro premeditado. Es como si las cosas se le fueran de las manos a Pedro, poniendo en entredicho sus intenciones y enrumbando el relato en dirección opuesta. Así, esta película pensada para encontrar una vía de salida a la claustrofobia, termina encerrada en la cabina del avión que da vueltas sin encontrar donde posarse, dando pie a una también involuntaria metáfora sobre la propia trama y el modo exhausto de narrarla.

El tratamiento es sorprendentemente plano y convencional para alguien que hizo del barroquismo una de sus marcas de estilo. No vale como descargo la estrechez del ambiente donde acontece todo; las pocas salidas hacia otros escenarios en nada contribuyen a dinamizar o a poner un poco de aire, son agregados prescindibles igualmente lastrados por la chatura y el desaliento que parece apoderarse del curso de la puesta.

¿Y el humor? Intermitente, forzado a momentos, especialmente en la irreverencia, tan calculada que se vuelve obvia y previsible. En definitiva, si la comicidad no llega al brochazo grueso pasa rozando; y si bien algunos gags levantan a momentos el tono con la cuota de locura necesaria, tal soltura se halla desprovista de la continuidad requerida para sortear los altibajos del conjunto.

El problema de fondo está en un guión que derrapa en varias curvas demorándose más de lo aconsejable en retomar su camino y en reencontrar el hilo, o en conseguir juntar los varios hilos sueltos de los cuales está hecho su inacabado tejido.

Si algo impide que Los amantes pasajeros acabe estrellándose en el bochorno mayúsculo es, como en otras ocasiones, el brillante desenvolvimiento de los protagonistas. Cecilia Roth entrega de nuevo una faena impecable, asumiendo un rol que parecía incompatible con los anteriores y hasta con su propia figura. En general, salvo alguna composición en parte fallida, todos los partícipes de ese retablo de tipos salidos de madre hacen lo suyo de manera convincente, desafío nada sencillo advertidas las dificultades del decolaje.

En particular sobresale la tarea del trío de alocados(as) tripulantes: Javier Cámara, Raúl Arévalo y Carlos Areces, obligados a forcejear con ese modo escasamente articulado de sumar chistes, gestos y situaciones, convirtiendo los diálogos en el soporte básico de la progresión dramática. Y, en esa materia, hay de todo un poco: chascarillos ingeniosos y otros que intentando serlo resultan más bien patéticos. La secuencia pico del caos, el trío bailando desenfrenado mientras se escucha I’m so excited por The Pointed Sisters, más que un inserto para redondear el asunto, acaba siendo una suerte de válvula de escape, lo mismo para el director que para la platea a esas alturas presumiblemente ansiosa de la llegada de un pronto aterrizaje que ponga final del enredo, así fuese a remezones.  

El futuro de Almodóvar sigue siendo, entonces, una verdadera incógnita. Esta vuelta a las raíces queda en ademán a medias, en la exposición de los engorros del realizador para conciliar intenciones y resultados y, por último, en la reiteración del silencio de sus musas.

Ficha técnica

Título original: Los amantes pasajeros. Dirección: Pedro Almodóvar. Guión:  Pedro Almodóvar. Fotografía: José Luis Alcaine. Montaje: José Salcedo. Arte: Federico García Cambero. Efectos: César Abades. Música: Alberto Iglesias. Producción: Agustín Almodóvar,  Esther García. Intérpretes: Antonio Banderas, Penélope Cruz, Coté Soler,  Antonio de la Torre, Hugo Silva,  Miguel Silvestre, Laya Martí, Javier Cámara, Carlos Areces, Cecilia Roth, Paz Vega, ESPAÑA/2012.

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