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Una amistad para la historia: Goethe y Schiller

En este libro de 2011, Rüdiger Safranski explora la amistad de estos personajes de las letras alemanas.

Obra. El libro de Rüdiger Safranski, en su versión alemana a los pies de la estatua dedicada a los dos hombres.

Obra. El libro de Rüdiger Safranski, en su versión alemana a los pies de la estatua dedicada a los dos hombres. Foto: kaffeehaussitzer.de

La Razón (Edición Impresa) / Ignacio Vera de Rada - escritor

12:00 / 03 de enero de 2019

Amistad. ¿Un valor humano? Más que un sentimiento, una construcción. Una edificación, como lo es en esencia el amor, el amor verdadero. Como un anillo de fuego a la vez, que cerca dos almas que buscan algo que en ellas no se encuentra. Como un complemento mágico, mas no como lo comprendía Montaigne (cual la unión de dos piezas de un rompecabezas, que se complementan hasta en la más sutil forma), sino más bien como lo concebía el mismo Goethe: “Si siempre fuéramos lo bastante cautos para unirnos con los amigos bajo un aspecto, aquel en que armonizan realmente con nosotros, y no reivindicáramos en absoluto el resto de su ser, las amistades serían mucho más duraderas y estarían menos expuestas a las interrupciones. Pero normalmente es un defecto de juventud, un defecto del que ni siquiera en la edad adulta nos desprendemos, la exigencia de que el amigo sea como otro yo, de que forme un todo solo con nosotros; y durante un tiempo nos engañamos al respecto, pero el engaño no puede prolongarse mucho tiempo”. Sobre esa base se asentaba la amistad que fundaron Johann Wolfgang von Goethe y Friedrich von Schiller, una amistad de verdad y sin tapujos. Amor entre varones.Rüdiger Safranski no ha escrito una biografía en el estricto sentido del término, ha reconstruido más bien la relación de dos hombres grandes; ha historiado, con el más mínimo detalle y con el mayor rigor de cronista de personajes, una amistad de antología. El libro se llama Goethe y Schiller: Historia de una amistad (Tusquets, Barcelona, 2011).

Ambos hombres se conocieron en el invierno de 1779, en un evento de premiación a académicos e intelectuales destacados en el que al joven Schiller tocaba recibir un galardón. Goethe mira hacia abajo, con aires de un gran señor o un rey; Schiller, que va a recibir un premio, mira a su futuro amigo que se halla parado en un escaño; admira al autor del Werther pero no se anima a hablarle. Un disgusto nace de aquel encuentro; Goethe siente celos por el éxito del jovencito Schiller; Schiller siente aversión por aquel consagrado poeta que lo mira desde su asiento con aires de grandeza.

Safranski, en este libro, como en muchos otros, hace gala de una técnica narrativa muy pulcra; estas páginas, antes de ser reseña histórica, son como una buena novela. La revisión de la correspondencia de los dos poetas es exhaustiva y el análisis que se hace sobre los textos epistolares hace ver la lucidez con que se desenvuelve el autor del libro para explicar ciertas cosas que no parecerían ser como en realidad son. Y es que los románticos alemanes a veces pecan de barroquismo literario, y por tanto sus escritos contienen cosas implícitas, ideas encriptadas. Son como poemas en prosa o filosofía en forma epistolar. Schiller y Goethe discuten en sus cartas sobre poesía, dramaturgia, arte en general y hasta sobre anatomía, óptica y teoría de los colores.

La amistad es en general escasa, pero sí existe. Kant no lo creía así, él decía que era una suerte de “lugar común para los novelistas”, pero Goethe y Schiller nos probaron lo contrario. Estos hombres tenían su relación como una planta hermosa y rara, como una flor exótica, como una perla que se halla en lo más profundo de un océano. Solamente así, teniéndose el uno al otro como una joya, pudieron mantener vivo un sentimiento que estaba destinado a nunca perecer.

Pero no eran dioses ni mucho menos, eran hombres de carne y hueso. En la correspondencia pueden verse, además de momentos de efusión y arrebato en que se elogian como si estuviesen, cada uno de ellos, conquistando el mayor de los imperios, momentos en que su amistad se ve opacada porque uno de los dos no quiere colaborar en la revista literaria que dirige el otro o porque simplemente hay un malentendido referido a un chisme o un cuento. Sabían, sin embargo, que se necesitaban y eran recíprocamente indispensables; se estimulaban y espoleaban para que el caballo de sus poesías y novelas galopara. Una carta de cualquiera de los dos era una chispa que levantaba fuego, un estímulo como hay pocos para un artista.

Safranski, como fruto del estudio que hace de las cartas, sabe explicar la naturaleza social de cada uno de ellos: Goethe era un hombre cuya sabiduría emergía de su conocimiento del mundo, de su erudición bebida en la “amplitud empírica del mundo”; su amigo Schiller, por otra parte, era un alma nacida para escrutar otras almas, un alma-espejo, un espíritu sabio que bebe su sapiencia en el manantial de los libros que están en la habitación de donde pocas veces sale. Y es que Goethe era un hombre entregado a lo exterior, al universo de experiencias vivas y externas; Schiller, un hombre dedicado al hogar y hasta un poco ermitaño.

Sobre una amistad que era como un castillo desde donde se defendían o una alianza para que los vieran inmortales, ambos construyeron lo que puede ser llamado un vínculo artístico y noble, nobilísimo, una relación hecha de olivos y laurel, como la corona de un rey de la superioridad espiritual; una estimulación eterna para quienes quieren consagrar sus vidas a la poesía y al arte.

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