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La amistad sobre cuatro patas

‘Truman’ canta a las relaciones que no saben de sentimentalismos y por eso duran la vida entera

Estrellas • Javier Cámara (en cuclillas) y Ricardo Darín, con Troilo. Foto: yucatan.com.mx

Estrellas • Javier Cámara (en cuclillas) y Ricardo Darín, con Troilo. Foto: yucatan.com.mx

La Razón (Edición Impresa) / Erick Ortega

00:00 / 04 de abril de 2016

La amistad entre varones es única, sincera y torpe incluso cuando hay un amigo de cuatro de patas de por medio y se llama Truman. De los amigos, de la vida y de la muerte, de eso trata la película de Cesc Gay, que ya sale de las pantallas nacionales. Con poco éxito taquillero, como suele suceder con los filmes extraordinarios.

Y sí, los varones no hemos aprendido a despedirnos o a dar el pésame o a decir “te quiero” a quienes queremos. Lo hacemos a nuestro modo, que no es el convencional. Por eso Truman no entiende de falsedades y duele tanto que saca algunas sonrisas.

La trama hurga en un sentimentalismo conocido: la inminente muerte del protagonista debida a un cáncer. Hay un amigo que visita al enfermo y un perro que quedará sin dueño cuando la enfermedad haga su trabajo.

El protagonista es Ricardo Darín (el actor argentino que también trabajó con éxito en Relatos Salvajes y El hijo de la novia, entre muchos otros filmes). Vivió la historia en carne propia, pues cuando tenía 30 años su padre murió por un cáncer. En una entrevista posterior al filme confesó que le costaba hacer algunas escenas. “Llorábamos como cocineros”, contó.

El coprotagonista es Javier Cámara (quien puede ser considerado un “Chico Almodóvar” por su papel brillante en Hable con ella, y muchas otras cosas en el cine español). Plasma magistralmente a un hombre común que atraviesa el mundo para dar el adiós definitivo a su amigo. El tercero en cuestión es Truman, un perro bullmastiff de mirada triste y que se mueve lentamente, como un colosal corazón con patas. Fuera de la pantalla fue criado para ayudar a niños con autismo y su nombre verdadero era Troilo; “era”, porque poco después de la filmación el can murió y el equipo de Truman lloró la pérdida.

Volviendo a los hombres y sus sentimentalismos —porque, como dice el lema de la película, “los mejores amigos son para siempre”— el filme trata de aquello, de las relaciones que van más allá del tiempo.

Así, Julián (interpretado por Darín) decide ya no recibir más terapias para enfrentar su enfermedad y prefiere caer con las botas bien puestas.

Ahí está Tomás (materializado por Cámara) como un Pepe Grillo susurrando lo correcto que es hacer lo correcto; y lógicamente es rechazado, pero nunca olvidado. Él también acaba encontrándose y hace el amor mezclando caricias con lágrimas. Porque los hombres también lloramos, aunque no seamos expertos en abrazar en los aeropuertos y nos cueste aceptar que un día vamos a morirnos, y nos resulte difícil pedir un mimo o una palabra de amor. Pero lo hacemos, con humor, con torpeza, como solemos ser.

En medio, Truman. Él se deja llevar dócilmente. Casi ni ladra, y su sola presencia es una razón de felicidad.

Los silencios. La música. Los diálogos. Madrid de fondo... la película es tan sencilla que enamora.

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