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A 130 años de ‘Juan de la Rosa’

La narración de corte histórico de Nataniel Aguirre —sostiene el autor— es la novela boliviana por antonomasia

La Razón (Edición Impresa) / Heberto Arduz Ruiz - escritor

00:00 / 25 de enero de 2015

El año que se inicia, pleno de esperanzas, se conmemora los 130 años de la publicación de Juan de la Rosa, novela que lleva trazas de eterna vigencia por cuanto el tiempo transcurrido la encuentra en plena lozanía. No en vano escritores de renombre, de la talla de Marcelino Menéndez y Pelayo, Luis Alberto Sánchez, Carlos Medinaceli —junto a otros no menos importantes—, de las más diversas nacionalidades, a su turno apuntaron elogiosos comentarios sobre tan bien redondeada novela histórica.

Aparecida en El Heraldo de la ciudad de Cochabamba, en 1885, es la obra que sin asomo de duda alcanzó el mayor número de reediciones en Bolivia. Su lectura se ha tornado obligatoria en los establecimientos educativos y quizá pocos que sepan leer no la conozcan, aunque —como en todas partes— hay reacios de espíritu que no se atreven a hojear un libro. Juan de la Rosa constituye, pues, la novela boliviana por antonomasia.

A manera de prólogo, el volumen (Los amigos del libro, décima edición, 1969, pp. 320) registra el texto de una carta enviada por el autor al corresponsal de la sociedad “14 de Septiembre” en Caracato, lugar donde está datada la misiva. En ella Juan de la Rosa, ya entrado en años, expresa:

 “Con el título que me ha dado mi mujer (última carroña de los tiempos de la independencia) —me he dicho— puedo pedir a la juventud de mi querido país que recoja alguna enseñanza provechosa de la historia de mi propia vida.

“Creo, además, que ha de haber en ella detalles interesantes, un reflejo de antiguas costumbres, otras cosillas, en fin, de que no se ocupan los grandes historiadores”.

En efecto, a la par que ofrece un mensaje de amor al terruño y a la libertad, la novela presenta los módulos bajo los cuales discurre el tiempo en la plácida comarca que fue la Villa de Oropesa y sus campiñas aledañas, en una época que vino a alterar su paz proverbial debido a que hombres, mujeres y niños, en el común afán de edificar una patria sin amos ni depredadores, se alzaron en armas contra las fuerzas que defendían el privilegio ibérico.

Curiosamente, estas Memorias del último soldado de la independencia no proceden de caudillo ni de guerrillero alguno que hubiese pasado a la historia, sino de un pequeñuelo que vivió y creció con la llama del coraje inflamada en el pecho y que jamás supo de deserciones. Juanito era hijo de la linda Rosita, joven criolla que ejercía el oficio de encajera, proviniendo de esta circunstancia el nombre de Juan de la Rosa.

Más allá del aspecto físico, Rosita encarna la abnegación y el sacrificio de una mujer del pueblo que trabaja incansablemente para proporcionar el sustento diario a Juanito, quien no deja de recibir el cariño y la protección necesarios, para hacer de él un hombre de bien.   

Si su madre le proporciona lo indispensable en orden a las necesidades materiales, Fray Justo, su “oficioso maestro de lectura”, como él lo llama, le inculca bases sólidas en cuanto respecta a moral y disciplina espiritual. Fue este padre agustino, formado en las aulas de San Francisco Xavier de Chuquisaca, el que  habría de explicar al rapazuelo el sentido y los alcances del alzamiento popular del 14 de septiembre de 1810 en la capital del valle. Postulados de avanzada para la época, como la prédica de la igualdad de los hombres, la justicia que debiera regir entre españoles, criollos, mestizos e indígenas, y muchos otros temas inspirados en la palabra cálida y el mensaje humanitario del arzobispo de La Plata, Fray Joseph Antonio de San Alberto, le fueron transmitidos a aquel muchacho de 11 años que empezó a mostrar un interés poco común por la causa emancipadora, entregándose a su servicio en cuerpo y alma sin escatimar esfuerzos.

Juanito durante mucho tiempo desconoce su origen y la vez que inquiere sobre el particular recibe evasivas que lo confunden más. De labios de Fray Justo escucha al fin la noticia que despeja la incógnita, siéndole revelado que es el nieto de Alejo Calatayud, ejecutor de un notable episodio histórico. Rosita muere y el pequeño pasa a depender, en calidad de  expósito, de la familia mayorazgal de Márquez y Altamira, cuyos miembros de la noche a la mañana se convierten —por aquellas cosas de los falsos títulos nobiliarios— en los Marqueses de Altamira…

Recluido en su habitación, Juanito sale fuera solo para entrevistarse con Fray Justo, encontrándose al propio tiempo con el cerrajero Alejo, personaje que describe las acciones de la batalla de Aroma, en la que las fuerzas patriotas comandadas por Esteban Arze obtienen la victoria. Motivado por éste y otros comentarios, el menor participa en la resistencia popular del 27 de mayo de 1812. Cochabamba toda, iluminada en el crepúsculo del sacrificio, cubre su faz de gloria al protagonizar sus mujeres la heroica defensa en la colina de San Sebastián.  

El relato de las batallas y demás sucesos históricos que acertadamente emplea Nataniel Aguirre para dar forma a la novela en el desarrollo argumental fue tomado de las conversaciones que sostuvo con su progenitor y algunos sobrevivientes de la denominada “guerra de los 15 años”, que culminara el 6 de agosto de 1825. Lo admirable en ello es la manera en que el autor supo plasmar sobre el papel ese cúmulo de información oral, concitando la expectativa de los lectores desde la primera a la última página, en lenguaje sencillo, desbordante en imágenes de la ciudad y el campo que sirven de fondo al devenir de los acontecimientos, y en cuyo escenario principal se mueve un pueblo erguido —en franca rebelión contra la injusticia— en pos casi dramático de un mejor destino.

Hoy en día esta obra novelística que raya en lo histórico no ha perdido un ápice de interés, hecho digno de ser puntualizado —tras 130 años desde su publicación— en un medio donde tan pronto como aparecen se pierden ciertos títulos bajo un manto de olvido y otro de incomprensión.

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