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El antipoeta coronado

El poeta chileno ha sido galardonado con el Premio Cervantes, el más importante de la lengua española

Parra. Casi centenario, el poeta chileno es una de las figuras más originales de la literatura latinoamericana.

Parra. Casi centenario, el poeta chileno es una de las figuras más originales de la literatura latinoamericana. Foto: La Razón

La Razón / Rubén Vargas

02:00 / 04 de diciembre de 2011

Al poeta chileno Nicanor Parra ha debido parecerle una broma que el jurado del Premio Cervantes no haya tenido la paciencia de esperar a que cumpla cien años para otorgarle el máximo galardón de las letras hispanoamericanas. Se lo dieron (enhorabuena) ahora que apenas tiene 97 años y toda una vida por delante para gozar de la fama. Enhorabuena, porque nunca será tarde, ni ahora ni dentro de otros cien años, para reconocer a esta figura central de la poesía en lengua castellana: el más radical, el más original, el más descreído de lo que más ama: la poesía. Finalmente la poesía se rindió al antipoeta.

Antipoeta.  ¿Cuál es el lugar de Parra?  “Hacia 1945 —escribe Octavio Paz en Los hijos del limo (1974)— la poesía en nuestra lengua se repartía en dos academias: la del ‘realismo socialista’ y la de los vanguardistas arrepentidos. Unos cuantos libros de unos cuantos poetas dispersos iniciaron el cambio”. Uno de esos poetas fue precisamente Nicanor Parra, nacido en 1914, y uno de esos libros, escrito entre 1937 y 1954, Poemas y antipoemas (1954).

Con este libro se inició su aventura poética o, para serle fiel, su aventura antipoética, marcada por la rebeldía y la disidencia que sabría llevar con el mejor de los humores hasta sus últimas consecuencias. A partir de ese libro inicial escribió una obra vasta y generosa que todavía, por fortuna, no ha terminado. (El primer volumen de su Obra poética publicado hace cinco años por Galaxia Gutemberg llega casi a las 900 páginas y se anuncia inminente un segundo volumen aún mayor.)

En Poemas y antipoemas, Parra fundó su escritura y se fundó a sí mismo como escritor. El gesto con que hizo esa fundación es la paradoja. Cuando bautiza sus poemas como antipoemas y en consecuencia a él como antipoeta, afirma paradójicamente una negación. Pero, en realidad, no se trata de negar a la poesía sino de quitarle el piso, de atentar contra sus certezas, en suma, de cambiarle de domicilio.

De irreverente y desacralizador, desmitificador e iconoclasta ha sido calificado su trabajo. Todos los adjetivos trazan un cerco en torno al espíritu que siempre ha animado su escritura: la búsqueda y el encuentro de un nuevo lugar para la poesía.

Y para abrir este espacio renovador, en su momento Parra tuvo que arremeter violentamente contra las tradiciones imperantes. Contra la poesía de ambiciones cósmicas y proféticas con la que su compatriota Pablo Neruda impregnaba el ambiente de la época (el poeta como portavoz de las fuerzas de la naturaleza o como mensajero de la historia), Parra desplazó su palabra hacia el terreno de las cosas menores, hacia la calle y el individuo concreto.

Contra los pequeños dioses proclamados por el creacionismo huidobriano (otra ilusión que asume que el poeta es un mago que crea de la nada), Parra decidió que “los poetas bajaron del Olimpo” y su poesía instauró un sujeto cambiante y despojado de todo afán profético e incluso de verosimilitud. Sobre esto último, el poeta que habla en los poemas de Parra puede ser tanto el huaso que entona cuecas chilenas, el Cristo de Elqui, profeta radiofónico, “doble local y profano de N.S.J” o el viejo profesor cuya mayor preocupación es hacele el quite a la muerte. El “yo” que habla en sus poemas, la imagen del poeta, es una figura móvil, una máscara o un juego de máscaras, un disfraz, una parodia de la imagen del poeta como elegido y también una parodia de sí mismo: el fantasma de la tribu.

Contra el lenguaje sublime y elevado de la retórica declamativa o sentimental, el poeta chileno optó por el lenguaje coloquial, por los giros del habla popular y los tonos que parecen tomados del lenguaje oral. Pero eso no es todo: contra la solemnidad y las verdades trascendentes, Parra antepuso el humor, la risa y la carcajada. Esa es la marca de su poesía.

Movediza.  Así, cambiante y movediza, la poesía de Parra atravesó ya más de cincuenta años. Ese espíritu inquieto es uno de los rasgos más entrañables del poeta. Hay algo de nómada o de francotirador en sus juegos. La figura del poeta parriano aparece donde menos se lo espera.

Aparece como un estallido disgregador del orden, se deja oír y leer, y antes de entregarse a los goces de sus propios hallazgos o de configurarse como un discurso poético acabado, borra toda huella, se niega a sí misma —“Me retracto de todo lo dicho” anuncia en uno de sus poemas— y         desaparece. Desaparece, pero sólo para aparecer en otro lugar, donde nadie la espera, con otro disfraz, con otra voz y otros gestos.  

No hay nada de casual, por ello, en el título de uno de sus libros: Chistes para desorientar a la policía/poesía. Burlar y burlarse, tal parecería el juego de la antipoesía. Burlar y burlarse del poder para mejor denunciar su rostro sangriento; burlar y burlarse de las jerarquías, las ideologías y las buenas costumbres, para vacunar y vacunarse contra ellas; y sobre todo, burlar y burlarse de los lugares comunes de “lo poético”. “Todo / es poesía / menos la poesía”, como escribe en uno de sus Artefactos (1973).

Perfil

Nombre: Nicanor Parra Nació: Chillán, Chile, 1914 Profesión: Matemático y antipoeta

Sus estudios en Chile, Estados Unidos e Inglaterra lo habilitaron para ejercer la docencia universitara en mecánica teórica y matemática. En algún momento, se lo robó la poesía. Su primer libro es de 1937, Cancionero sin nombre; pero el punto de partida real de su obra es la publicación de Poemas y antipoemas en 1954. Otros títulos de su amplia obra son: Canciones rusas (1967), Artefactos (1973)  (1973), Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1977), Hojas de Parra (1985) y Poemas para combatir la calvicie (1993). Ha recibido el Premio Juan Rulfo en 1991, el Premio de Poesía Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2001 y acaba de ser galardonado con el Premio Cervantes.

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