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3 anuncios por un crimen

La cinta de Martin McDonagh ofrece una narración limpia, despojada de estereotipos que la encasillen en algún género.

3 anuncios por un crimen. Foto: tmdb.org

3 anuncios por un crimen. Foto: tmdb.org

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico de cine

22:54 / 16 de febrero de 2018

Un western reformateado en clave de comedia negra? Con cierto apresuramiento sintético podría resumirse de esa manera la materia de esta película incómoda, viscosa, del realizador y dramaturgo británico-irlandés Martin McDonagh, anteriormente realizador de las loadas Escondidos en brujas (2008) y Siete psicópatas (2012) donde, anotan quienes tuvieron la suerte de verlas —aquí si mal no recuerdo brillaron por su ausencia—, se advertía la inclinación del realizador al abordaje de cuestiones complejas, renuentes al encasillamiento en los moldes de lo políticamente correcto, asunto que apreciando este trabajo recién premiado con el Globo de Oro pareciera traer sin el menor cuidado a McDonagh.

Hay por cierto a lo largo del relato escenas que remiten sin más a la iconografía de los filmes del oeste. No se trata empero de un tributo al género, ni tampoco de un gesto de irreverencia, es apenas una elección estilística orientada a complejizar la presentación de una trama cuyo modo de abordaje busca en todo momento desacomodar al espectador, bloqueando cualquier coartada o escapatoria, en la intención de obligarlo a sacar sus propias conclusiones encarado a un conflicto preñado de múltiples dilemas morales. Tan es así que no faltaron en los primeros comentarios después de su estreno las acusaciones de ambigüedad ética, contraatacadas de inmediato por el director anotando que era premeditada y atribuyendo tales cuestionamientos a una reacción refleja de los detractores.

Mildred Hayes sufrió siete meses atrás el todavía irresuelto asalto, violación, asesinato e incineración de su hija adolescente. Furiosa por la modorra policial resuelve entonces tomar el asunto en propia mano apelando a todas las iniciativas a su alcance para presionar en procura del esclarecimiento del crimen. Lo primero que se le ocurre es instalar a la entrada del pueblo de Ebbing, en Missouri, tres gigantografías encargadas a una empresa publicitaria desde las cuales, en caracteres tamaño catástrofe de color negro sobre fondo rojo, se apostrofa “Violada mientras moría” “¿Y todavía no hay arrestos?” “¿Cómo es posible, jefe Willoughby?”. Ora visualizadas entre las brumas matinales, o bien alumbradas a pleno por el sol, finalmente envueltas en llamas a consecuencia de un incendio de seguro nada casual, acaban siendo algo así como la advertencia materializada contra los dobleces de un comportamiento colectivo renuente a salir de su cómoda e irreflexiva pasividad.   

El jefe en cuestión es el sheriff a cargo de la seguridad en el pueblo, tarea igualmente bajo la responsabilidad del alguacil Dixon, personaje detestable este último por su conspicua torpeza traducida en un racismo a flor de piel que lo lleva a pavonearse sin el menor sentimiento de culpa de su disposición a torturar a cualquier ciudadano negro para lograr el esclarecimiento del hecho que fuera.

Los carteles en cuestión, pronto convertidos en la comidilla de todos los habitantes de Ebbing, no son empero la única medida que Mildred, separada de su marido para escapar del sostenido maltrato de que era víctima y en el presente galanteada por “el enano del pueblo”, se encuentra dispuesta a poner en acto. Está resuelta a pasar directamente a los hechos, así ello suponga poner en riesgo la integridad, la vida incluso, de algunos eventuales responsables del homicidio.

Tal es el primero de los dilemas que revolotea insistente durante el metraje entero dejando sobre el tapete los siempre imprecisos límites entre justicia y venganza.

De tal suerte Mildred pasa de heroína a antiheroína, por momentos incluso a villana, aun cuando sea riesgoso encuadrar a cualquiera de los personajes en uno u otro de tales estereotipos propios de historias resignadas a un patrón del cual McDonagh zafa perseverante en la antes referida intención de sacar de encuadre a sus criaturas para no habilitar ningún subterfugio al cual el espectador pueda asirse en medio de la oscilación emocional permanente a la cual se ve sometido merced a las propias fluctuaciones de la narración, que así rehúye a su vez la simplificación caricaturesca de ese ambiente impregnado de hipocresía, prejuicios, egoísmos y otros humores propicios para la esquematización.

Estrechamente aparejado al recién colacionado borroneo de las distancias entre el maternal afán de justicia y el desquite apenas compensatorio de un inacabado trabajo de duelo aflora otro, no menos inquietante: la espiral de violencia, incesantemente retroalimentada por las acciones y las reacciones de quienes se ven atrapados en semejantes circunstancias, ir y venir cuyo desenlace escapa por lo general al control de los implicados.

No menos cargado de interrogaciones incómodas resulta el creciente protagonismo que va cobrando a medida que pasan los minutos el ya mencionado Dixon, de cuyas decisiones depende progresivamente la resolución del crimen, dado el cáncer que afecta, es vox populi, al sheriff, exculpado así fácticamente, daría la impresión, de su inoperancia aun cuando ni la colocación de Dixon en carácter de factótum, ni ese posible atenuante para Willoughby, estén exentos de la ya señalada intencional indeterminación impresa a todo el asunto.

Frances McDormand, sobre cuya espalda caía la responsabilidad primera, entrega una faena memorable a partir de su versátil composición, imposible de etiquetar y capaz de concitar alternativamente tanta complicidad como repulsa conectándonos con sus cavilaciones y vacilaciones, no ajenas a un sentido de culpa por haber negado a su hija la noche del asesinato el uso del vehículo familiar. Sus compañeros de elenco están a la altura, así no destellen con el relumbre de McDormand.

3 anuncios por un crimen regala una narración limpia, despojada de ornamentos o firuletes, concentrada por el contrario en las fluctuaciones de la historia siempre sorprendentes, o si se prefiere, nunca previsibles, acerca del curso inmediato de los acontecimientos. A esa manera de manejo del suspenso, avanzando siempre por la salida contraria a la que esperamos desde la platea, responden asimismo los apuntes cargados de un humor de tonalidades muy oscuras, los cuales adicionalmente no cumplen, según es de manual, el papel de válvulas de escape a la tensión acumulada. Suman por el contrario a la densificación de la cenagosa atmósfera que envuelve todo el relato. La cámara está colocada donde se debe y todos los demás recursos narrativos acompañan ajustadamente el avance del relato.

En este caso el mérito de McDonagh es doble, puesto que el guion ha sido trabajado por él mismo y allí ya se encontraba, de eso no cabe duda, la hoja de ruta precisa para no extraviar el norte en la compleja realización demandada por un tramado donde el tono de cada escena debe encajar con absoluta precisión en esta suerte de rompecabezas. Por algo fue que le demandó al realizador como ocho años concluirlo a satisfacción. Esfuerzo por demás agradecible en un contexto donde abundan los facilismos, las niñerías y la sumisión a los trillados caminos que McDonagh se niega a transitar.

Ficha técnica

 - Título original: Three Billboards Outside Ebbing, Missouri

– Dirección: Martin McDonagh

Guion: Martin McDonagh

-  Fotografía: Ben Davis

– Montaje: Jon Gregory

– Diseño: Sarah Finn, Inbal Weinberg

– Arte: Jesse Rosenthal

- Efectos: Burt Dalton, William Dawson, Andrea Aceto

- Música: Carter Burwell

- Producción: Daniel Battsek, Graham Broadbent, Martin McDonagh, Diarmuid McKeown 

- Intérpretes: Frances McDormand, Woody Harrelson, Sam Rockwell, Kerry Condon, Alejandro Barrios, Jason Redford, Darrell Britt-Gibson, Abbie Cornish, EEUU, INGLATERRA/2017

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