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Una apuesta en el Aconcagua

El escritor Rodrigo Urquiola escribe, a manera de presentación, sobre la novela ‘Si te vieras con mis ojos’, del chileno Carlos Franz.

Una apuesta en el Aconcagua. Foto: Sinembargo.mox

Una apuesta en el Aconcagua. Foto: Sinembargo.mox

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Urquiola Flores / Escritor / La Paz

09:07 / 03 de septiembre de 2017

Una fiera mujer de la que es muy difícil no enamorarse pues, más allá de su belleza, posee el encanto de su libertad y su adicción al conocimiento: la chilena Carmen Lisperguer de Gutiérrez. Un pintor viajero, el alemán Johan Moritz Rugendas, cuyos viajes bajo el auspicio del naturalista Alexander von Humboldt le han servido más para desarrollar su arte y afrontar la búsqueda del amor que para serle exacto a la ilustración de la ciencia que se abre nuevos caminos en el inhóspito continente americano. El famosísimo Charles Darwin, expedicionario con mucho talento para sus indagaciones científicas, pero apabullado por ciertas vicisitudes de la existencia. Y cómo olvidarse del anciano héroe de la independencia y hacendado Eduardo Gutiérrez, quien fuera elegido por Carmen para ser su esposo. Esos son los personajes que discurren por las páginas de esta novela.

Cuando leía Si te vieras con mis ojos, daba vueltas en mi cabeza la triste historia de amor de un amigo mío. Él, mi contemporáneo, treinta veranos en las espaldas, se había enamorado perdidamente de una chica de diecinueve primaveras. Entre cervezas, Huaris en el Bonanza, por supuesto, me contó su historia. “Los hombres no lloran”, me decía, llorando. “Contar es una manera de llorar sin llorar”, le decía yo, “contá, contá”. Los padres de la chica lo habían amenazado con utilizar ciertas fuerzas linchadoras alteñas, creo que ellos vivían en un barrio cercano al Huayna Potosí, ese nevado imponente, si no se alejaba de ella. Él no le temía a esta amenaza, patética, en el fondo, como la mayoría de las amenazas, el último recurso de quien es incapaz de comprender y está acostumbrado al uso de la fuerza para imponer sus opiniones con respecto al mundo; lo que finalmente terminó destrozándolo fue la firme negativa de su propia novia a continuar viéndose. La complicidad había muerto.

Pienso que una buena novela es capaz de confundir la historia que narra, aunque esté abordando instancias totalmente disímiles, con la historia cotidiana que una persona está condenada a vivir. Una gran novela consigue, aparte de esto, crear un conflicto en el lector, un conflicto que muchas veces permanece irresoluto y se extiende en esa memoria que surge cuando se ha acabado de leer un libro —quizás la literatura, el esfuerzo que implica la creación literaria, sea la búsqueda de la respuesta que uno sabe que no existe de una pregunta que no siempre se puede formular con palabras—. Si te vieras con mis ojos es una gran novela que indaga en aquel territorio tan vasto como puede llegar a ser la naturaleza del amor.

Mi amigo, a quien ahora puede encontrárselo cada sábado tomándose cervezas en el Bonanza, espera. ¿Qué es lo que espera? Ni él mismo lo sabe con exactitud. En la novela de Carlos Franz hay una ardua discusión entre la ciencia y el arte. Y de telón de fondo está la presencia del amor, aquello que no es ciencia ni arte, pero que quizás esté más cerca de lo uno que de lo otro y que en realidad puede que sea lo uno y también lo otro, por qué no. El eminente naturalista Charles Darwin propugna la idea de que el amor es una ficción que crea nuestro cerebro con el fin de la procreación. En cambio, el pintor Moritz Rugendas cree que es la pasión, la pasión que ayuda a crear, aquella que mueve ese monstruo que es el amor. El amigo del que les hablaba me contó de la figura despótica del padre de la muchacha, y que, cuando hablaron, sus conversaciones discurrieron por territorios similares a la de los antagonistas en la novela de Franz.

Él cree que la pasión es aquello que sustenta al amor y que, sin ella, sin esa ciencia de la pasión, no se puede conocer la auténtica felicidad. El padre, que duda de su apasionamiento, cree que su hija debe encontrar a alguien distinto, a alguien que crea que todo puede ser solucionado con cálculos matemáticos y, de esta manera, ha diseñado un camino para ella: le ha escogido una carrera, Ingeniería, y le ha prohibido pensar en sus propias aptitudes artísticas, pues ella, como mi amigo, en el fondo de su ser, y como testimonio de ello los varios cuadernos que ha ido llenando de historias que salen de su imaginación, tiene la inclinación hacia lo que no tiene una definición necesariamente numérica. “¿La sigues esperando?”, le pregunté la otra noche, en el Bonanza, y él solamente apuró el vaso de cerveza, entonces le leí una cita del libro que andaba leyendo esos días, Un verano con Marina Sangabriel, del maestro Jesús Urzagasti: “La familia encarna lo ideal. Nadie la reconoce como lo que es: autoritaria, depredadora de los derechos de los demás, notoriamente cruel con lo que no pertenece a la tribu. Otea un horizonte pequeño y solo por equivocación permite que algunos de sus miembros exploren el universo y se extravíen con sentimientos propios de forasteros. ¿Qué camino sigue un individuo para llegar a ser un extranjero? Primero va perdiendo la memoria de su familia, la recuerda, sí, pero quienes la integran ya no son lo que parecían ser sino lo que siempre fueron: unos bribones con apellido común. Las excepciones evitan el descalabro total”. No lo consoló. Y quizás tampoco consolaría a Rugendas. Tal vez a Darwin no le importaría. El militar Gutiérrez es un enigma.

Sucede que Rugendas y Darwin, en uno de los mejores momentos de Si te vieras con mis ojos, encerrados en una prisión de nieve en el Aconcagua, hacen una apuesta: ¿Quién sería más feliz de ambos de ahí a unos 20 años? ¿Darwin con toda la exactitud de su ciencia o Rugendas con el apasionamiento que le exige su arte?

¿Quieren saber quién ganó en este juego? Lean el libro, realmente vale la pena.

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