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El árbol de la vida

El árbol de la vida

El árbol de la vida

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 04 de noviembre de 2012

Quien se acomode en la butaca, con sus pipocas y su coca gigante, esperando una película “de Brad Pitt”, se llevará el chasco de su vida, que fue lo que pareciera haberles ocurrido a las varias parejas que dejaron semivacía la sala a media proyección bufando su disgusto. El actor está efectivamente allí, pero El árbol de la vida no es una película de Brad Pitt. De hecho no es una cinta parecida a casi ninguna otra. Y por supuesto no daría la impresión de haber sido rodada para su proyección en uno de esos complejos a los cuales acuden ruidosos grupos de comedores de pop-corn adictos a la coca (cola) para de paso distraer un par de horas viendo centenares de autos destruidos mientras se escucha una atronadora cacofonía de tiros, alaridos, explosiones y música ad-hoc que es el tipo de hechuras que suele protagonizar Brad Pitt justamente.

Pues no. En la oportunidad, las cosas apuntan justo en la dirección opuesta, al punto que semeja una verdadera herejía intentar sintonizar con la propuesta de Terrence Malick en medio de los comedores y tomadores de lo dicho. En efecto, sintonizar es el desafío planteado por este atípico director texano renuente a las entrevistas, las ceremonias y todo aquello relacionado con el show-business.

En sus 40 años de carrera Malick lleva rodados apenas cinco largometrajes. La cifra puede dar cuenta de extrema pereza o de acerado rigor. Esa última es, a la vista de los emprendimientos de Malick, la causa de tan esmirriada filmografía. Su obsesión perfeccionista, que lo lleva a planificar, pausadamente, con casi patológica minuciosidad, cada detalle, junto a la ambición temática de sus largos, difícilmente pudiera facilitar una producción más nutrida.Trama. Sintonizar, decía más arriba, pues si no tiene sentido aguardar una trama a la medida del actor protagónico —a medias por lo demás—, tampoco lo tiene albergar expectativa alguna acerca de una historia convencional, ni siquiera inteligible en su totalidad. Para no abominar de entrada de una puesta armada a base de pinceladas visuales, de un gran rompecabezas icónico, resulta indispensable dejarse llevar con absoluta disponibilidad a ser cómplice del enigmático viaje del director hasta los orígenes de todo y al encuentro de las grandes preguntas de siempre: ¿Qué somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos?

El centro aparente es el devenir cotidiano de la familia O’Brien oriunda del pequeño poblado texano de Waco. Padre, madre y tres hijos varones conforman un núcleo familiar de aparente pasar feliz, no exento empero de tensiones y conflictos interiores. El severo padre (Pitt) es una suerte de Dios omnipotente que impone una férrea disciplina hogareña, donde se ora antes de comer, cada quien tiene asignadas tareas muy precisas, se escucha a Bach y a Brahms y es obligatorio dirigirse a los mayores observando todas las reglas protocolares. No es que escasee amor, pero las efusiones sentimentales se encuentran vetadas, los gestos y las palabras se dosifican con avaricia.

De los tres hijos quien más sufre el peso omnipresente de la sombra paterna es Jack, al cual reencontraremos varias décadas después del tiempo de la convivencia familiar, perdido, lejos de la naturaleza, en medio de la jungla de cemento y hierro de la gran metrópoli, interrogándose una vez más acerca del sentido de todo.

Ese arco temporal traza el eje a partir del cual se arma un ambicioso poema épico-religioso, cuyas desmesuradas ambiciones pueden acabar irritando al espectador más paciente, a menos, ya se dijo, que admita compartir el periplo de Malick auto asumido como artista y pensador, esto último en la línea de los “trascendentalistas” norteamericanos (Whitman, Thoreau, Emerson) y en su postulado de la naturaleza como expresión de la unidad del mundo y de Dios, pensamiento antagónico al del denominado “creacionismo” de raigambre cristiana.

Son los pequeños, o no tanto, episodios inusuales en la cotidianidad de los O’Brien los percutores de la reflexión sobre el devenir. Así la muerte del hijo mediano caído en Vietnam —sugieren los leves indicios visuales aportados por el relato— gatilla el viaje hacia los orígenes, hasta el Bing Bang, vale decir hasta el mismísimo nacimiento de la tierra. Le toca al gran Douglas Trumbull, responsable en su momento de los efectos visuales de 2001 Odisea del espacio, traducir en imágenes la transformación del caos primigenio en esto que somos todavía. Es una larguísima secuencia de notable imaginación, incluyendo una sobrecogedora escena acerca del alumbramiento de la violencia encarnada en un insolidario dinosaurio capaz de pisotearle la testa a un congénere agonizante. Crítica. En El árbol de la vida, premiada con la Palma de Oro en el último Festival de Cannes, vapuleada al mismo tiempo por parte de la crítica, los momentos sublimes conviven con la puerilidad desembozada, que aflora especialmente en algunos diálogos y en las secuencias del desencuentro contemporáneo con la naturaleza a cargo de un cariacontecido Sean Penn cómo Jack adulto, para no mencionar siquiera la secuencia terminal de los espectros del pasado y del presente deambulando por una playa, para  estrecharse en un abrazo de amor universal. Es el costo de la pretensión, excesiva quizás, de convertir los avatares de una familia texana de los 50 en el eje de este metafísico periplo filosófico-teológico hacia el cretácico y de vuelta.

Impecable resulta por el contrario la evocación de la infancia, con varios apuntes autobiográficos, se supone, y el lento trance desde la inocencia hacia el descubrimiento del miedo, del horror, de la cara fea del mundo.

Emparentada con El séptimo sello y Persona, ambas de Ingmar Bergman, con El espejo de Andrei Tarkovsky, la película de Malick reniega de la linealidad del relato y de las formas tradicionales del drama cinematográfico jugando todas sus cartas a una recreación onírica de la espiritualidad con el incuestionable aporte de la fotografía de Lubezki, una certera banda sonora, la cámara en constante movimiento envolviendo a los personajes y el montaje utilizado a pleno para componer una narración armada a plan de brochazos, con innumerables primeros planos y una paleta de tonos pastel para acentuar la irrealidad de una incursión en el rostro escondido de lo real, en la colisión entre ciencia y fe, entre naturaleza y gracia.

Durante su estreno en los Estados Unidos, algunos cines ofrecían devolver la entrada si después de 30 minutos el espectador resolvía huir de la sala, curándose de tal suerte en salud en la franca admisión de la singularidad de una propuesta jeroglífica al margen de cualquier similitud con el cine habitualmente ofertado por la cartelera actual.

Ficha técnica

Título original:  The Tree of Life. Dirección: Terrence Malick. Guion: Terrence Malick. Fotografía: Emmanuel Lubezki. Montaje: Hank Corwin, Jay Rabinowitz, Daniel Rezende, Billy Weber, Mark Yoshikawa. Diseño: Jack Fisk. Arte: David Crank. Maquillaje: Jean Ann Black, Darylin Nagy. Efectos: Douglas Trumbull,  Brian Cross, Don Hastings, Ryan Roundy, Negin Bairami, Kamilla Bak, Judy Barr. Música: Alexandre Desplat. Producción: Nigel Ashcroft, Ivan Bess, Greg Eliason, Dede Gardner, Nicolas Gonda, Sarah Green. Intérpretes: Brad Pitt, Sean Penn, Jessica Chastain, Hunter McCracken, Laramie Eppler, Tye Sheridan, Fiona Shaw, Jessica Fuselier, Nicolas Gonda, Will Wallace, Kelly Koonce, Bryce Boudoin, Jimmy Donaldson, Kameron Vaughn, Cole Cockburn, Dustin Allen, Brayden Whisenhunt, Joanna Going, Irene Bedard, Finnegan Williams, Michael Koeth, John Howell, Samantha Martinez, Savannah Welch. USA/2011.

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