Tendencias

Si ardes hasta el amanecer

La revista literaria 88 grados dedica en su último número cuatro artículos al poeta que fue editor de Tendencias. Reproducimos uno de ellos

Rubén Vargas

Rubén Vargas Foto: La Razón-archivo

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Ruiz Plaza - escritor

00:00 / 01 de noviembre de 2015

Vi por última vez a Rubén Vargas en agosto de 2013. Recuerdo su fuerte apretón de manos, el brillo de sus ojos. Si alguien me hubiera dicho que, apenas dos años después, ya no estaría entre nosotros, no le hubiera creído. Es un tópico, pero no lo oculto: al enterarme de su muerte sentí, con miedo y asombro, lo milagrosamente frágil de estar vivo. Como un poema de Rubén, la vida es evanescente, se deshace de a poco, disolviéndose en el blanco que rodea las palabras, el silencio y el misterio.

A Rubén, en realidad, lo conocí por sus poemas, y ahora que es un “cuerpo borrado / borrado / entre los cuerpos”, sigo adentrándome en su mundo. Esta nota es otro acercamiento a ese otro corpus que dejó y que ahora late con vida propia.

Tras leer Señal del cuerpo (1986) y La torre abolida (2003) —22 poemas en total—, lo primero que pensé fue: 17 años de silencio entre estos dos libros, ¿por qué este excelente poeta no ha publicado más? La escritura de Rubén Vargas de una alta exigencia. Tan alta, que el silencio que la rodea intensifica cada uno de sus signos y símbolos, en total coherencia con su poética: el silencio, la luz indecible, el cuerpo amado y ausente de la página, donde “solo faltas tú / dondequiera que estés”, está en el centro de su mundo. La dialéctica entre la presencia y la ausencia —presencia de otros textos, “la respiración de los otros que nos constituye” y ausencia del mundo real y de la palabra justa para nombrarlo— está en el origen de buena parte de su poesía.

“Al centro / una gran piedra / sin sombra”, leemos en Los ejércitos en el desierto. No proyecta sombra lo que no existe de este lado, sino únicamente del otro, el del discurso. ¿Y qué vemos si la levantamos? El poeta responde: “un agujero negro / donde tú / finalmente / también puedas desaparecer”. Estos versos estremecedores parecen referirse a la palabra poética, esa piedra sin sombra, espejismo de la página —o si se prefiere, a esa otra realidad, la ideal, que según Platón y todo su linaje sería verdadera–; sin embargo, el poeta es contundente: debajo de la idea, no hay más que un agujero negro. Y por eso, en la escritura o “en el desierto / se trata de saber / que nada es posible”.

A la vez, el poeta parece enlazar este espacio con el nuestro cuando escribe: “Los ejercicios continúan / en el reverso del desierto”. El reverso del desierto es el espacio de lo real, pero no parece ser menos frágil: ¿En La torre abolida no son justamente piedras o túmulos los que nombran a los muertos y ocultan el vacío? Como en Mallarmé, la poesía es un espacio de nadie, despojado de un yo central, donde las diversas voces (Óscar Cerruto, Jaime Saenz, Kafka, Paul Celan, Octavio Paz y tantos otros) se confunden en un solo cuerpo, el del discurso. Y sin despojar a Señal del cuerpo de su carga erótica, es indudable que ese cuerpo es también la poesía misma.

Así, lo erótico y lo metapoético confluyen: la comunicación con el cuerpo amado lo es también con el lenguaje y la tradición poética. De ahí que leer y reescribir lo leído sean formas del amor. “Tu amor es el desierto”, leemos, “y tú / caminas sobre la página / ignorante / qué escritura de polvo / entre dos orillas / aparece y desaparece”. La amada avanza –“tus pasos / entre dos silencios / estallan”– como los versos cortos y tensos que la evocan. Cercados, vamos de un silencio (el nacimiento) a otro (la muerte): escritura tensada, nuestros pasos son “notas en la blanca / blanca / plana / altura”.

Escribir y caminar son actos de fe y también son búsquedas: “Desandar la noche / hacia la noche / hacia el centro de la piedra / la que arde / la que abre” leemos en Cenizalba, hermoso título que evoca el tiempo, ese ave Fénix. Una vez más aparece la piedra, que, como Sísifo, alguien –hecho de varias voces– empuja para encontrarse. La poesía, como la naturaleza, se esconde (Heráclito), es una piedra cerrada que, sin embargo, puede abrirse en una revelación. Y entonces estalla el silencio: “para callarte / para encontrarte”. Callarse ante la revelación de lo que no necesita palabras parece ser el objetivo mismo del discurso: “Guardar silencio / es lo que sin saber / queremos todos al escribir”, afirma Blanchot.

Esa revelación instantánea es seguida, como en Octavio Paz, de una caída. La comunión con el otro y lo otro —en la vida y la poesía— es tan efímera que “el encuentro es un adiós”. Comunión y separación se identifican: “Así son los adioses / así los abrazos”. Y, como en Kafka, en cuyas sirenas reconocemos avatares de la Muerte: “Más terrible que el canto / el silencio de las sirenas”. Así es también la “pequeña muerte” que sigue al orgasmo. Orgasmo: instante de salida fuera de sí, en que la torre (la separación o el conflicto con el otro y lo otro) queda abolida. Petite mort: la caída en “un cuerpo vacío” que —en palabras del poeta— “desmiente” la comunión. Tras el instante triunfal, volvemos a caer en el tiempo, “agua en que nadie se mira”. En un salto vertiginoso y lúcido, Rubén añade: “Agua que guarda / y aguarda / el olvido del olvido”. Sobre nosotros, sobre nuestra piedras, corre un “lecho enceguecido” en el que se disuelven nuestra identidades y nuestros actos de fe (la historia y la cultura): “las grandes obras / que sostienen / la tiniebla y el vacío”.

Ante este paisaje desolado y oscuro, ¿qué actitud adoptar? “El camino es la herida”, leemos en París, Texas. Vivir/escribir es aceptar la herida y, paradójicamente, “La herida es la cura”. No negar la infinitud del deseo, que está en el origen de la torre babélica, sino asumir esa “espiral / girando / en el vacío” como “una cifra de nuestro más íntimo y desconocido ser”. Asumir el desierto del deseo pues, como dice el poeta de forma memorable, “todo te pertenece esta noche / si ardes / hasta el amanecer”.

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