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Figuras artesanales japonesas

El Musef muestra 70 muñecas para describir un arte de siempre que aún cumple un importante papel en una sociedad exitosa en combinar la modernidad con la tradición.

La Razón (Edición Impresa) / José Emperador

13:51 / 15 de febrero de 2016

En la cultura occidental, las muñecas o los muñecos se relacionan principalmente con los niños, son productos pensados casi exclusivamente para que éstos jueguen, para que se entretengan y se formen ellos mismos o mediante el teatro de títeres y otras representaciones artísticas específicas para ellos. En cambio, en Japón los muñecos van mucho más allá: pasan al mundo de los adultos  para formar parte esencial de la cultura del país y están presentes tanto en la tradición como en la modernidad. Por eso, visitar la exposición Muñecas de Japón que el Museo de Etnografía y Folklore (Musef) ofrece desde el martes hasta el 8 de marzo, permitirá contemplar una colección de obras de arte y acercarse a una parte importante de una civilización que a veces se ha visto más alejada de la nuestra de lo que realmente está.

Las 70 muñecas que componen la muestra esbozan un buen retrato de la vida cotidiana de aquel país en todos sus ámbitos y desde los tiempos de la antigüedad hasta hoy. La agregada cultural de la Embajada de Japón en Bolivia, Rumiko Kitao, destaca que “las obras que se van a exhibir reflejan costumbres tradicionales y los deseos del pueblo, porque la mayoría se mantienen en uso después de tantos años, y sin muchas variaciones”.

Pone de ejemplo las muñecas Hina Ningyo, que se utilizan en los hogares de su país cada 3 de marzo durante la festividad Hina Matsuri, en la que se pide que las hijas de la familia tengan una vida plena y sean felices. Recuerda esa fecha con cariño porque su hermana y ella, de niñas, colocaban la pareja de muñecos —hombre y mujer— encima de un mueble especial y se reunían con sus padres para completar la fiesta con una cena preparada con recetas e ingredientes tradicionales de la cocina japonesa. Ahora, las familias guardan los Hina Ningyo durante mucho tiempo e incluso pasan de generación en generación, cosa que no ocurría antes, cuando se seguía estrictamente la tradición que marcaba que cada año, al retirar los muñecos, había que trasladarlos a un río para que se marcharan empujados por la corriente y se llevaran todas las cosas malas que podían acechar a los infantes. Eso hacía que las obras fueran un tanto toscas: no tenían mucha duración y no merecían mucho trabajo. Desde que se conservan por años, las familias compran productos artesanales elaborados con mucho detalle.

Para los hijos, la fiesta se celebra el 5 de mayo y se llama Tango no Sekku. Los muñecos que se utilizan van vestidos de guerreros samuráis porque se supone que el varón tiene que demostrar coraje y determinación para afrontar la vida, y en el futuro debe liderar el hogar. Kitao subraya que ya nadie se toma estos principios al pie de la letra y que la gente se concentra en pedir bienes para el año: “las diferencias con la Alasita están en que no se pide nada material y que la fiesta es mucho más sobria, menos comercial, y se celebra dentro de la casa”. Y también remarca que estas artesanías son solo para esta celebración y que “las niñas y los niños de Japón normalmente juegan con muñecos industriales, como los de todo el mundo”.

Otra costumbre familiar, de unos cuatro siglos de existencia, consiste en recibir el Año Nuevo en el jardín de la casa, disfrutando de un juego de raqueta más pensado para los niños, pero en el que también participan los adultos. Casi se ha perdido en la actualidad porque tener una casa con jardín se ha convertido en un lujo al alcance de pocos en Japón. Lo que sí queda es la Oshie Hagoita, la raqueta, elaborada en madera ligera, papel pintado, algodón y sedas de muchos colores que normalmente representa un actor o personaje mitológico de la antigüedad y que ahora se utiliza, formando parejas o tríos, como adorno para los salones del lugar.

Fuera del ambiente doméstico, los muñecos tienen multitud de usos y para cada uno de ellos existe un tipo de obra diferente. Son frecuentes en los distintos géneros del teatro tradicional. El más famoso de ellos, en Japón y el extranjero, es el Kabuki, un tipo de drama centrado en las relaciones amorosas en que se presentan personajes muy estilizados y profusamente maquillados. En la exposición del Musef se muestran varias muñecas vestidas como actrices de Kabuki. Pero más que nada como estrellas de ese arte porque, según explica Kitao, “no todas las actrices, ni mucho menos, pueden vestirse con tanto lujo”. Otras figuras representan a actores del teatro Noh, que vivió su época de oro en el siglo XVII y en el que se mezclan elementos musicales y de danza. El detalle de las ropas y de las máscaras depende de la importancia del personaje dentro de la obra, y para retratar a los protagonistas los artesanos de estas muñecas no ahorran en sedas y porcelanas. También dentro del mundo del teatro están las muñecas Bunraku, que no representan a actores, sino que son actrices ellas mismas, pues se trata de títeres bien expresivos, de un metro de altura, con articulaciones muy precisas y movidos por uno o dos operadores que se esconden a sus espaldas y debajo de ellos.

Los artesanos utilizan siempre los mejores materiales que encuentran para elaborar sus muñecos: sedas, telas policromadas, porcelana y maderas, pinturas y arcillas de calidad. La porcelana queda reservada, cada vez más, a los muñecos muy exclusivos, los que cumplen un papel de representación, como los Gosho Ningyo, unos niños muy blancos y de grandes cabezas que adornan los palacios imperiales, igual que las Omaya Ningyo, que retratan mujeres jóvenes, bellas y vestidas a la moda, cortesanas en casi todos los casos.

La tradición marca el estilo de la mayoría de las creaciones, aunque los artesanos y los compradores se reservan también un espacio para la innovación en los diseños y los motivos. Esta tendencia se observa, sobre todo, en las muñecas Kokeshi, tal vez las más populares del país, que tienen su origen en el siglo XVII y que hoy se utilizan mucho como regalo o como souvenir, para decorar la casa, pero que se han ganado una reputación de obra de arte de calidad porque reflejan bien la personalidad y las habilidades de quien las crea. Siempre fueron cilindros de madera profusamente decorados, de diseño sencillo, un tanto hieráticos y vestidos a la forma milenaria. Desde la Segunda Guerra Mundial han ido mostrando curvas más sinuosas, peinados casi imposibles, grabados muy precisos y colores muy vivos que se logran con nuevas combinaciones de pigmentos y de lacas, en su mayoría naturales, aunque se están introduciendo cada vez más los industriales.

Todos estos muñecos que se exponen desde el martes en el Musef son importantes para la cultura japonesa porque han sabido sobrevivir a las profundas transformaciones del país en la segunda mitad del siglo XX y cumplen la función de recordar que la modernidad debe conciliarse con una civilización antigua y aún presente. La gente común en Japón es consciente de que es bueno conservar sus raíces culturales y de que las muñecas cumplen un papel relevante en ello. Una prueba está en que, según dice Kitao, la primera idea de la embajada japonesa consistía en complementar la exposición con charlas y talleres ofrecidos por los mismos artesanos que fabrican los muñecos en sus pequeños talleres tradicionales, pero “no pudo ser porque se acercan las celebraciones de marzo para los niños y ninguno tiene tiempo para viajar: están trabajando a todo ritmo para terminar sus pedidos”.

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