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‘Por el asco que da tu sociedad’

A pesar de lo que decía la canción de Sumo, el rock ha pasado de ser el antagonista del sistema a convertirse en uno de sus hijos mimados

Foto: perfectchannel.com

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La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 04 de enero de 2016

El rock nació de las raíces marginales del blues y cambió las estructuras de las sociedades de Occidente, en principio, y de todo el mundo después. ¿Cómo se dio este fenómeno de masas? El contagioso ritmo, además de incitar a la práctica de una danza “censurada”, había sido capaz de indagar sobre cuestiones éticas, metafísicas, políticas y hasta epistemológicas. “El mundo vio cómo un movimiento juvenil empezaba a generar cambios, desde usar el pelo largo y vestir jeans, hasta el cuestionamiento hacia el sistema”, dijo alguna vez el baterista Boris Rodríguez (de las bandas Arco Iris, de Argentina, Loving Darks y Motor Rock Band, entre otras), quien refleja el pensamiento local de toda una generación.

Aquel movimiento planetario empezó a convertirse en un símbolo de la contracultura, entendida ésta como el abanico de valores, tendencias y formas sociales opuestos a los establecidos en una sociedad. No se trataba de un ritmo más, había algo en el rock & roll que incitaba a su militancia en principio marginal, pues se creó toda una filosofía de vida alrededor de los compases acelerados de sus guitarras y los frenéticos gritos de sus cantantes. Y es que el nuevo ritmo irrumpió revolucionando el campo del pensamiento y de la reflexión y, lo que también resulta extraordinario, esta revolución de masas tenía como protagonistas a jóvenes, como pocas veces en la historia.

Fue como un garrotazo en la cara. Un puñadito de muchachos con conocimientos básicos de música y lírica honesta y directa eran suficientes para darle un giro a los designios de generaciones. Las canciones, a diferencia de otros géneros musicales para el entretenimiento, guardaban un contenido temático, estético e incluso romántico. Así, el rock empezó a manifestar otro perfil creativo. Había compromiso con algo y generalmente los objetivos de la diatriba rockera eran los que manejaban los hilos del poder, los dueños del mundo. Empezó a ser asociado con el activismo político como también con los cambios en las actitudes sociales sobre el racismo, el sexo y el uso de drogas. Era la expresión de la rebelión juvenil contra el consumismo y el conformismo.

Entonces el rock comenzó a filosofar y el rockero, tal vez sin advertirlo y de manera similar a los “poetas malditos” de mediados del siglo XIX, también construyó su propia visión del mundo. Y nacieron himnos con una pesada carga ideológica. “No necesitamos ninguna educación / no necesitamos ningún control del pensamiento” de Pink Floyd; “Dios es un concepto por el que medimos nuestro dolor. Solo creo en mí”, de John Lennon; “El sacerdote que brindó la misa para la moral / no se dio cuenta que tenía grasa en el delantal”, del argentino Pappo; o “Salven este mundo, de morirse oscuro / mentes que gobiernan, hilos del futuro”, del grupo paceño Climax. El rock empezó a ser pura catarsis en el poema cotidiano de la existencia. El grito de uno era el grito de todos.

Si fue así: ¿en qué momento se prostituyó? Es decir, ¿en qué circunstancia empezó a primar el negocio, la banalidad y la pérdida de integridad antes que la oportunidad de despotricar los bemoles de una vida sin respuestas? Porque esa fue la bandera del rock, expresar lo que se siente y lo que se quiere, además de narrar lo vivido y le que queda por vivir, características que no significan su patrimonio pero sin dudas que en este género encontraron una dimensión total.

Por eso el rock es el género del siglo XX, con gentes que ya han superado la media centuria, pero aún se mantienen firmes en la ruta. La historia reseña que fue la hecatombe económica mundial, propiciada por la crisis energética —con vinculación directa al mundo de la producción discográfica en los 70— la que puso freno a la creatividad de los músicos, que dejaron un vacío aprovechado por los sellos-empresas discográficas. Voces como la de Rod Stewart, inicialmente rockero, entre otros tantos ejemplos, cruzaron la acera hacia el pop que empezó a concebir una verdadera industria cultural que se tragaba lo “bueno” (vendible) y escupía lo “malo” (invendible).

En nuestra región sucedió lo mismo. Músicos que empezaron con el desenfado del rock “camaleonizaron” su propuesta hacia una corriente más digerible. Era la tendencia mundial. Entonces la gran máquina produjo el alimento para las masas y el pop empezó a ser la merienda predilecta. Este subgénero era definido por el diccionario de la lengua española como “un cierto tipo de música ligera y popular derivado de estilos musicales negros y de la música folklórica británica” y advertida por el musicólogo T. Warner como “una forma musical más comercial, efímera y accesible”. No había fórmulas complicadas, lo primordial era inyectar el veneno en la muchedumbre, como esa Teoría hipodérmica de Harold Lasswell (1902 - 1978), quien descubre que la manipulación es dable. “Es posible crear un estímulo, un mensaje, tan fuerte que se ‘inyecte’ (…). Los medios de comunicación de masa vehiculizarán el mensaje”.

Y también surgieron los ataques. Según la opinión del crítico de rock y sociólogo británico Simon Frith, la música pop se produce “como una cuestión de empresa, no de arte… está diseñada para atraer a todo el mundo”, que “no proviene de ningún lugar en particular o marca ningún gusto particular” y “no es una música hecha por uno mismo, sino que es profesionalmente producida y envasada”.

Pero la crítica pasó inadvertida y en ello aportaron las cadenas televisivas, que situaron en el imaginario colectivo de los “seudorockers” que el éxito era llenar la pantalla chica la mayor cantidad de veces. Y el mundo empezó a funcionar así. Con el advenimiento de las TIC, más frivolidad todavía. No importa el contenido ni el envase, lo valedero son los likes, falsos o no, pero likes al fin.

Los rockeros locales de las últimas décadas siguieron muy bien el mandato. Sin ideologías ni hechos ni vivencias que contar, insisten con subirse al bus del “éxito” apostando por lo inmediato, la moda, la esquela trivial. Y otros que, a contracorriente con las raíces del género que nació tratando de crear conciencia con relevancia social, empezaron a alinearse y coquetear con el poder, con lo establecido, con el Gran Hermano de Orwell. El firmamento de estrellas del país ha vivido una gran ráfaga en ese sentido, con solistas y grupos que no pestañearon a la hora de encarar actos proselitistas, cierres de campaña, jingles y spots institucionales y gubernamentales, entre otros flirteos pagados.

Ni el rock ni los rockeros son como antes. Ya no hay de los que atacan al Señor F, como en el filme Escuela del rock. Maldita pena.

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