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Las atmósferas vitales de Ewel

La artista Érika Ewel propone en ‘Lugar propio’ una mirada onírica de sus paisajes cotidianos

Pintura. ‘Niebla flor’

Pintura. ‘Niebla flor’ Foto: Eduardo Schwartsberg

La Razón / Miguel Vargas - periodista

00:00 / 15 de julio de 2012

Flores del jardín, montañas interminables y una profunda sensación de paz llegan a través del cristal del recuerdo, casi casi, desde el pulsar de la nostalgia.

Los 16 óleos de Érika Ewel ofrecen un recorrido etéreo en el espacio de arte Mérida Romero de San Miguel, donde expone esta serie junto a la obra del escultor León Saavedra hasta el 22 de julio.

En la muestra denominada Lugar común, Ewel ofrece un vistazo no sólo temático, sino técnico, de una obra de vida en que ha sabido trabajar de forma profunda el impacto y las huellas de un recuerdo, de un pasado cada vez más borroso que la mente se encarga de ordenar, difuminar y colorear.

Si bien las más recientes aproximaciones a estas imágenes que quedan en el alma han sido abordadas por la artista desde lenguajes más contemporáneos, como la fotografía y la instalación; esta muestra se nutre gratamente de la pintura para producir sensaciones similares, al igual que del dibujo, que casi siempre se deja ver en las piezas de la premiada artista cruceña radicada en La Paz.

Los 16 óleos, en gran y mediano formato, hablan de esos lugares tan especiales que se recorren a diario o que permanecen en la mente como empañadas estampas del pasado que se recuerdan casi en sueños. Se trata de una nueva propuesta pictórica de sus paisajes íntimos y sensitivos, nutridos esta vez de atmósferas hipnóticas, gracias al trazo envolvente y a la fuerza de una paleta ocre, sobre todo para aquellas piezas en que las montañas, casi evaporándose en el cielo, son las principales protagonistas.

Es así que cada cuadro resulta un paisaje propio que ha sido destilado por la mirada de Ewel, capaz de concentrarse en detalles del camino para deleitarse con las formas de las hojas o para diluir los colores de las flores y concentrarse en la belleza de sus líneas. Esa capacidad diseccionadora también puede darse la vuelta con energía y extraer la pasión y fuerza del rojo para después hacerlo protagonista. Aún así, son la quietud y la paz las que crean el clima vital de esta muestra: quien desee encontrar pasión desenfrenada, provocación y trazo delirante, debe buscarlos en otra muestra.

En Lugar propio la artista nos regala más bien una llave muy íntima a sus mapas emocionales donde nos invita a vivenciar la forma de recrear sus espacios.

Es casi como si nos prestara sus gafas personales para comprender cómo es que ella ve la vida en aquellos momentos inolvidables —como esas etéreas locomotoras ocre que se pierden en el cielo—, así como en sus trayectos más cotidianos.

Una recomendación para apreciar de forma óptima esta serie, al igual que las esculturas de León Saavedra: visite el espacio de arte Mérida Romero (c. René Moreno 1223, San Miguel) durante el día, sobre todo, por la mañana. Con esa luz, las piezas regalan sus mejores colores y se puede apreciar mucho mejor el trazo de la artista que comparte las intimidades más complejas de compartir: las del día día.

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