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Una aventura extraordinaria

La más ambiciosa película en la ya larga y premiada trayectoria del director taiwanés Ang Lee

Una aventura extraordinaria

Una aventura extraordinaria

La Razón / Pedro Susz K. - crítico de cine

00:00 / 03 de febrero de 2013

La naturaleza, el hombre, el destino, la vida. ¡Vaya temas de los que se propuso dar cuenta el taiwanés Ang Lee! —a estas alturas todo un referente de la industria— en su nuevo emprendimiento, el más ambicioso de su trayectoria. Y no se trata de un asunto de menor cuantía, porque la novela del franco-canadiense Yann Martel publicada en 2001 y pronto arrimada a la nómina de los libros más vendidos durante la década pasada da la impresión de ser un texto infilmable, absolutamente imposible de volcar a la pantalla sin hacerlo puré.

Hasta qué punto Lee pudo sobreponerse a los escollos es algo que intentaremos desentrañar en las líneas siguientes. Adicionalmente, tampoco deja de provocar suspicacias a priori que en la lista original de créditos 13 de las 17 páginas estén dedicadas a los encargados de los efectos especiales y/o visuales. Dicho sin circunloquios, bien podía haber sido éste otro de los proyectos cinematográficos que reposan en la tecnología con la esperanza de que los prodigios de ésta sean capaces de disimular todos los vacíos dejados por la historia y su puesta en imagen. Apresurémonos a decir que éste no es el caso.

Volvamos, empero, por un instante a los antecedentes de Lee (1954), director habituado a correr riesgos según permite constatar su filmografía (Sensatez y sentimientos, 1995; El tigre y el dragón, 2000; Hulk, 2003; Secreto en la montaña, 2005) consiguiendo un extraño equilibrio gracias al cual ha podido convertirse en uno de los mimados de la industria (lleva ganados tres premios Oscar a mejor director y otros tantos a mejor película de habla no inglesa), sin renunciar a su estilo personal, mereciendo el reconocimiento de la crítica más exigente que lo ha puesto en ocasiones a la altura de los grandes autores del cine universal.

Es por eso mismo uno de los pocos cineastas activos en condiciones de reunir los fondos necesarios para una producción de la envergadura de la que aquí comentamos y de lidiar con las ya mencionadas dificultades de la adaptación fílmica del texto original.

La trama arranca en un pequeño zoológico en Pondicheri, India, administrado por la familia de Piscine, el protagonista, cuyo nombre es reducido por sus compañeros de habla inglesa al apodo Pis, con todo lo que ello implica, incluyendo el esfuerzo desplegado por aquel para convencerlos de que en realidad se trata de “Pi”, el enigmático número irracional de la constante matemática que comienza con 3,14 y se prolonga al infinito.

El zoológico quiebra obligando al padre de Pi a trasladar la familia y unos cuantos especímenes especialmente valiosos hacia Canadá. Pero el barco a bordo del cual viajan naufraga. Pocos minutos antes de la tragedia final y la desaparición definitiva de sus padres y hermanos, Pi consigue saltar a un bote salvavidas, lugar igualmente elegido por un tigre, una cebra, un chimpancé y una hiena.

Comienza entonces la verdadera aventura, una metáfora claro está: 227 días a lo largo de los cuales el protagonista deberá convivir en la estrecha embarcación con el enorme y hambriento tigre de Bengala, mientras los otros “pasajeros” van muriendo durante el periplo

Uno de los aciertos de la película estriba en la negativa a idealizar o a “humanizar” la figura del felino. Para aventar cualquier duda entre las primeras escenas, el padre de Pi le muestra con aleccionadora crueldad que los animales salvajes no dejan de ser justamente eso, dejando sentado de entrada que este coprotagonista no tiene parentesco alguno con las criaturas de Disney.

La mayor parte de las escenas en las que se ve al tigre fueron realizadas utilizando la técnica CGI (Computer-Generated Imagery), o sea imagen generada por computadora, aun cuando se utilizaron cuatro tigres verdaderos para ciertas tomas. En cualquier caso, otro de los puntos altos de la película es el uso de los efectos por el director, que no se vale de ellos en afán de provocar sorpresas o sobresaltos sino únicamente para ahondar el sentido de lugares, atmósferas y situaciones.

Es impresionante la interpretación de Suraj Sharma, un adolescente de 17 años sin experiencia actoral previa. Durante algo más de hora y 15 el muchacho sostiene casi solo el filme fingiendo estar en medio del océano —trucado— en duro combate con un antagonista, el tigre, que en realidad no está allí —es virtual—. No sólo parece convencido, consigue convencernos.

Mientras el relato de Una aventura extraordinaria se mantiene en el modo de la épica de la supervivencia y en el registro de un viaje iniciático interior y exterior —en esos 227 días Pi salta de la pubertad a la madurez—, envuelto en un fantástico despliegue de fabulación visual que alcanza en tramos —como el de la isla carnívora— cotas propicias al asombro, el trabajo de Lee roza la maestría. El pero asoma cuando esa tonalidad escora hacia la mescolanza    teológica convocando a Dios a echar una mano para garantizar el feliz desenlace de la aventura, cuya dimensión humana resulta así innecesariamente empequeñecida.

La epopeya sobrehumana y sobrenatural, fugada de los márgenes de lo racionalmente explicable y justificable, como ocurre de manera regular en los cuentos de maravillas imaginados por todas las culturas en todos los tiempos, consigue un inestimable apoyo en la estupenda contribución del chileno Claudio Miranda en la dirección de fotografía y en la tecnología digital, cuyo uso a discreción se justifica aquí tal como se justificaba en Hugo, de Martin Scorsese, y en muy pocos otros ejemplos. Esto vuelve a patentizar que siempre depende de en manos de quién se encuentran las factibilidades digitales para que éstas sirvan a un propósito expresivo y dramático específico, no únicamente para exhibir cuán poderosas son, y mucho menos para maquillar otras insuficiencias.

Por eso no deja de ser lamentable que Lee hubiese juzgado necesario explicar el sentido de las maravillas vistas mediante el recurso a la voz en off de Pi adulto perorando una argumentación religioso-filosófica prescindible, la cual en lugar de enriquecer el todo, amenaza con banalizarlo e impide por último la consumación de una obra enteramente redonda.

Ficha técnica

Título original: Life of Pi. Dirección: Ang Lee. Guión: David Magee. Novela: Yann Martel. Fotografía: Claudio Miranda. Efectos: Louis Craig, David Loveday, Mir Z., Ali Jake Albers.  Música: Mychael Danna. Producción: Kevin Richard Buxbaum, William M. Connor, Dean Georgaris, Ang Lee. Intérpretes: Suraj Sharma, Irrfan Khan, Ayush Tandon, Gautam Belur, Adil Hussain, Tabu. USA, CHINA/2012.

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