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El beso del toro y el cóndor

Una reseña de la obra ganadora del Premio Internacional de Novela Kipus 2016, ‘Los dos sombreros del gallego’, de José Guerrero Vara.

El cóndor. Foto: wordpress.com

El cóndor. Foto: wordpress.com

La Razón (Edición Impresa) / Rodrigo Urquiola Flores / Escritor

00:00 / 10 de septiembre de 2017

Los dos sombreros del gallego, del escritor español José Guerrero Vara, es la novela que ganó la segunda versión del Premio Internacional de Novela Kipus, convocado en 2016 por la editorial homónima de Cochabamba.

Cuando leía el libro se me vinieron a la mente algunos tours que di a amigos extranjeros que visitaban Bolivia. Todos quedaban absortos en el paisaje de las montañas paceñas y las cuestas que trepa la vida para habitar un territorio que quizás no fue hecho para vivirlo, sino para soñarlo. Un amigo vasco (me recalcó: “no soy español, soy vasco”) me dijo algo así como que aquí no existía la magia sino que uno era parte de lo mágico a partir del momento en que la observaba desde adentro y que así como el aire no se llamaría a sí mismo aire, lo mágico no reconocería por sí mismo su condición sobrenatural. Y me pareció una reflexión muy acertada. Siempre he creído que aquello del realismo mágico era una etiqueta comercial que nos impuso el primer mundo para vendernos como si fuéramos curiosidades exóticas. Y quizás lo seamos. Exóticos, digo, y lo repito una vez más porque me gusta cómo suena, hasta parece que llevara cierta música misteriosa la palabra, un secreto dentro de sí. No importa, en realidad. El tercer mundo, para el habitante nacido en el tercer mundo, no es aquello que designa el par de palabras que abarca a casi todos los países latinoamericanos. Y si estoy hablando de tours, magia, exotismo y tercer mundo es porque es de eso, a través de la mirada de un curioso turista curioso que Los dos sombreros del gallego le cuenta al boliviano cómo es que un representante del moderno y tan limpio primer mundo encontró al boliviano.

Hace un par de semanas también le di un tour a un amigo chileno por La Paz y El Alto y escribió un artículo/crónica que dejó bastante angustiado a Callisaya, un amigo con el que a veces vamos a tomar Huaris por ahí, ya no voy a decir Bonanza porque me han dicho que en cada presentación hablo de ese bar de rockolas detenidas en el tiempo y que en estos tiempos la publicidad no debe ser gratuita. “Así nos ven”, dijo, y un suspiro escapó de su ánimo. “No estés triste”, le dije. “No importa cómo nos vean. Quizás tampoco importe cómo nos vemos nosotros mismos. Somos como nos ven y también somos como creemos vernos, qué le vamos a hacer, el mundo es un zoológico y deben haber zoológicos más zoológicos que otros”. Lo sé, no sirvo para consolar gente.

El turista que nos narra sus aventuras y desventuras en las salvajes tierras bolivianas guía su incursión a partir de dos palabras clave: Almudena y Tajzara. Y me parece que, al igual que “exótico”, ambas palabras encierran su musicalidad y su misterio. Tajzara está en la linde del altiplano con el suave descenso al valle tarijeño. Y Almudena es aquella mujer que un mal día decidió que había dejado de amar a Francisco, el protagonista, cuyo nombre no posee, admitámoslo, la misma musicalidad y misterio que los ya mencionados, y quizás por algo será; Paco también se le dice a los Franciscos españoles, que a los bolivianos es Pancho, y tampoco hay mucho misterio por ahí y por algo será. Porque también, aparte de la permanente emboscada humorística que hay en esta narración, se habla del amor y del desamor y no necesariamente a una mujer, sino también a un espacio. “¿Usted quiere a esta tierra?”, le pregunta Larramendi, un cura que ya no es cura pero al que todavía le dicen padre en un poblado altiplánico, a Francisco. Y continúa la narración: “Francisco se vio un tanto sorprendido por lo directo de la pregunta. No lo había pensado, y quizá no había respuesta para esa pregunta. Amar a la gente, las tierras, los colores y los olores de la selva y bosque que somos, el beso húmedo entre todo lo yermo, flores deshechas y ala de cóndor viejo, se puede amar de formas extrañas, se puede entregar el corazón incluso para que te lo abandonen secándose al sol, se puede querer lo que lastima, lo que te hace llorar o vagar por los retretes con el estómago desaguándose, incluso eso se puede amar. Recordaba a Almudena negando el amor, repitiéndole su ‘ya no te amo’. Quizá tenía razón después de todo. El amor podía ser chispa, cataclismo, riesgo y vértigo”.

Y así es como llegamos a una de las partes centrales del libro y que dibuja tan bien la bonita portada que le han hecho: en medio de una alucinación en las lagunas de Tajzara, donde al turista se le ha ocurrido montar un hotel, un toro y un cóndor, representantes de dos mundos distintos entablan una lucha que en principio parece inmisericorde. Pero de pronto se ven envueltos, confundidos en un beso amoroso. Y luego, lo que parece inevitable, el sexo entre las bestias. Que el amor es una cosa extraña que quizás nunca sabremos nombrar con propiedad y que siempre será tan incomprensible como la escena absurda salida de las entrañas mágicas bolivianas que Francisco presencia.

Es una interesante experiencia la lectura de la novela ganadora del Premio Kipus, el único premio internacional que se convoca desde nuestras tierras, porque, aparte de ser una amena incursión en los meandros del “así nos ven los extranjeros” es también la oportunidad de hacer turismo en la mente de un turista, uno de esos seres que vemos en nuestras calles y de cuando en cuando se paran para fotografiarnos. Aplaudo a los implicados.

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