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‘El bien y el mal son vistos de distintas maneras en distintas sociedades’

Claudio Ferrufino: Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Cochabamba, 1960)Es autor del libro de prosas breves Virginianos y de las novelas El señor don Rómulo (Nuevo Milenio, 2003) que obtuvo una Mención de Honor en el Premio Internacional Casa de las Américas 2002 y de El exilio voluntario (El País, 2009), novela ganadora del mismo premio Casa de las Américas en 2009. Su novela Diario secreto (Alfaguara, 2011) obtuvo el Premio Nacional de Novela en 2011.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Cochabamba, 1960)

Claudio Ferrufino-Coqueugniot (Cochabamba, 1960)

La Razón / Rodrigo Urquiola Flores

00:00 / 08 de abril de 2012

— Después de tus dos anteriores experiencias novelísticas con El señor don Rómulo y El exilio voluntario, ambas novelas con repercusión en el ámbito internacional, ¿cómo ves Diario secreto?, ¿qué significa en tu carrera literaria?

— Puedo verla desde dos ángulos. Por un lado, mis dos anteriores novelas habían sido obras temporalmente largas. Diario secreto, por el contrario, me propuso un trabajo organizado, con metas y límites bien definidos, casi sin alteración de la estructura previamente propuesta. Por otro, aunque mantiene rasgos estilísticos innegables que acercan a las tres, y una suerte de personajes-individuos de fuerte y neta presencia, ésta última deriva hacia una penetración psicológica del personaje, sin juzgarlo ni criticarlo; tal vez una suerte de inmiscuirse en su vida y verla como él la ve, fuera de un contexto histórico-social como podría encontrarse en las otras dos. Y, dado el tema, llegar a pensar de cuánto de esta “ambivalencia” entre bien y mal habita en nosotros.

— Diario secreto es una novela de imágenes más que de acciones, dirigidas por un hilo conductor; una novela que desborda palabras que podrían conducir a ninguna parte. ¿Por qué poner a un psicópata como responsable de la narración de una novela?

— Este ir a ninguna parte que propones es quizá una percepción de lo que es para mí un asesino serial. Son individuos que se manejan con sensaciones y con imágenes, cuyo discurso o no existe o no está claramente construido. Las páginas del Diario hacen el intento de plasmar aquello en papel, no con ánimo científico de estudiar la estructura o desestructura de mente semejante, sino de retratar, mientras navegas entre sensaciones, ruidos, olores, flashes, que también son perturbadores para el que escribe. Fácil sería narrar la vida de alguien así, dentro de una fórmula de novela convencional, e incluso no. La idea no es ésa, es más bien la de ver con los ojos del tipo, escuchar con sus oídos y sentir con sus manos.

— La violencia es el ojo a través del cual se observa lo que sucede alrededor. Parece que el protagonista no conociera otro lenguaje que éste para expresar su visión de la vida. Pero, al mismo tiempo, es un demente culto, amante del arte y conocedor de mundo.¿En qué pensabas mientras escribías la novela?

— En la novela, un personaje es en rara ocasión uno solo. A no ser que hablemos de una novela de tipo histórico o de una novela autobiográfica, por poner ejemplos. Por lo general, los personajes se crean de una amalgama de sujetos, ideas, pensamientos y actos. Cuando Víctor Hugo inventa a Javert, el detective sombra del prófugo Jean Valjean, está esbozando la vida del comisario Vidoq, pero, a la vez, de todo el gremio detectivesco en un tiempo de cambio en el mundo europeo. Difícilmente podríamos decir que Javert es Vidoq, pero sí que tiene algo, mucho, de Vidoq, y quién sabe del novelista, del vecino, del tendero, del chofer de un carromato que pasa cada día a dejarle leche al señor Hugo. La contradicción entre un hombre que ejerce la violencia como modus vivendi y ama el arte no es extraña. Ese desdoblarse en muchos individuos es característico del ser humano, en mayor o menor grado, escondido o explícito.

— El personaje principal de Diario secreto, ese narrador lleno de rencor y rabia es un antihéroe, un marginado. En su voz, sin embargo, se distingue la confrontación de diversos ideales humanos: política, religión, raza. ¿Qué es el racismo para ti? ¿Qué formas del racismo —si es que se puede usar este término— has visto en tu vida?

— Comenzaré por el final. Siempre he vivido en un país racista, Bolivia, a pesar de que aquello se ha querido esconder —malamente— y negarse en la cháchara de las abuelitas y señoras de que siempre “las he tratado bien”, hablando de la servidumbre. He visto otras formas de racismo, el cultural, que sentí en Francia, donde a universitarios franceses les parecía imposible, inconcebible, que un joven boliviano como era yo pudiese discutirles sobre literatura francesa. Es común. Hasta el más ignorante reaccionará así cuando siente que el extraño sabe más sobre sí que él mismo. Más agudo entre personas que pertenecen a países que han sido dominadores, colonialistas. Ahí hay algo que detesto, y que percibí entre los voluntarios oenegistas europeos en Bolivia, con retórica descarada de revolución y cambio e insoportable paternalismo atávico. En Diario secreto resurge aquello del abuso y racismo en contra de los grupos indígenas de un país que podría ser Bolivia. El escaso o nulo valor que un “indio” puede tener. El antihéroe sin nombre de la novela, a ratos, tiene actitudes que podríamos calificar de quijotescas. Entonces un desarraigado, un inconforme, puede mostrar su indignación de la manera en que lo hace él. Allí ya no hablaríamos de enfermedad, como en el caso Sade. ¿Es una pregunta que tal vez se propone?

— Pienso en la niñez cruel del protagonista, en sus experimentos con el dolor físico, con la sangre y el sexo. En determinado momento parece que el adulto que narra es un adulto que no terminó de crecer, que en el fondo continúa siendo un niño, un niño cruel. ¿Qué lugar ocupan el bien y el mal en Diario secreto?

— El bien y el mal son vistos de distintas maneras en distintas sociedades. No podemos dar una definición que sea válida para todos. Los patriarcas hebreos fueron en eso inteligentes y conjugaron una tabla de diez cosas que podrían ser universales. Fuera de esas dos, diez, veinte, la cosa se difumina y caemos en las características propias de cada sociedad. En la sociedad occidental, a la que pertenecemos a pesar de las manifestaciones tardías de ideas ancestrales ya muy viciadas por la historia, los actos de mi personaje no concuerdan con la norma, y eso lo descalifica como una persona normal y buena. De pronto salimos con la premisa de que los niños son buenos por naturaleza y tenemos a éste que liquida bichos vivientes, asunto común a decir verdad entre pequeños, y que, viéndolo bien, ya adulto, parece como bien dices no haber crecido y continúa habitando un mundo infantil y cruel. Entonces ¿si sigue siendo niño permanece bueno, o cuáles son los parámetros con que medimos las cosas?

— Olinda es un personaje importante. El narrador carente de nombre se identifica permanentemente con ella, es como una puerta abierta entre el mundo suyo y ¿cómo decirlo?— el nuestro, el de las personas comunes y corrientes. Imagina que estás en un café. ¿De qué hablaría Claudio Ferrufino-Coqueugnoit  con Olinda?

— Le preguntaría seguramente qué es lo que la hace querer a este hombre, de quien bien sabemos que aparenta ser un paranoico, un esquizofrénico, orate, vicioso, mal- entretenido, delincuencial, abusivo, racista… y tal vez un soñador.

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