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Todo bonito tiene su feo

El ilegible Premio Nacional de Novela espanta al lector con sus artefactos.

Oswaldo Calatayud Criales

Oswaldo Calatayud Criales Fotos: Juan Carlos Usnayo

La Razón (Edición Impresa) / Manuel Vargas - escritor

00:00 / 16 de abril de 2017

El título de este artículo me lo presté de una especie de refrán que se escucha en mis pagos. Tal cual. Lo bonito de esta novela es que ganó el último premio nacional. Lo feo… que es simplemente ilegible. Uno comienza por cualquiera de los capítulos, todo va bien, pero de pronto ocurre que no pasa nada y piensa, ¿no se podría decir esto de una manera más clara, con palabras y sintaxis y puntuación más simple? ¿Por qué no se puede avanzar en la lectura de esta novela? Y eso que yo lo he intentado varias veces, bien descansado y despabilado, y nada. Y eso que en mi vida no he hecho otra cosa que leer, desde Poema de Mio Cid hasta Samuel Becket. Desde el Ulises hasta William Faulkner. Y Onetti y Lezama Lima y Arno Schmidt, ¡y hasta Foster Wallace! De este último he leído la mitad de La broma infinita, no soy ningún manco. Entonces, ¿qué pasa con La guerra del papel? ¿O es que soy un prejuicioso, o un envidioso? En Bolivia también se puede escribir en difícil…

Sí, sí, ya lo decían los jurados que premiaron la novela. Este es un libro, y un premio, diferente y único en la literatura boliviana. Y tenían razón. No soy el único que se ha preguntado cuántos lectores han logrado salir victoriosos en este cometido o en esta acometida. Y eso no es nada: el propio autor premiado, a quien no tengo el gusto de conocer más que de vista, reconoce que nadie lo lee ni espera que lo haga. Y que en este campo la novela ha sido un total fracaso. Y propone, lo leí en un artículo de prensa, otras opciones de su propia pluma que podrían llegar a los lectores de la plaza Pérez Velasco y de la Feria 16 de Julio, los espacios populares de La Paz por excelencia. Entonces, yo no estoy diciendo nada nuevo, no estoy haciendo ningún chiste y muy bien sé que autor y editores no se van a enojar conmigo. Pero así nomás es la cosa.

Bueno, entonces, no he leído el libro. He llegado a la página ochenta y tantos y he picoteado algunas otras para formarme una idea cabal del asunto (como seguro hacen muchos opinadores), y por esto ya deberían saludarme con algo de respeto. O sea, me faltarían algo más de trescientas páginas para acabar.

Describamos un poco el libro, por la tapa y las solapas, como dicen. Sí, tiene solapas normales. Pero la tapa no: tiene un hueco para ver la primera página de adentro, justo donde aparece el nombre del autor. Y más adentro hay bastantes novedades gráficas. Un montón de hojitas sueltas que no te pierdes nada si no las lees —en algunos casos solo son manchas y borrones, en otras, fotocopias de periódicos, reproducciones mal enmarcadas— y que dificultan el manejo del libro si uno quiere proceder a la lectura misma. ¿Qué hago con esos papelitos? Los saco o los pongo a un lado, los tiro a la basura o los mantengo en su lugar, pues seguramente por algo estarán ahí… Y también hay páginas en blanco, páginas en negro, páginas en braille, borrones, tachaduras, subrayados, typeados a máquina y con fondos grises. Extraño algunos monitos como se hacía en revistas antañonas. Ah, ¡y con agujeritos llamados en lenguaje imprenteril, calados! Hay un montón de páginas caladas en la parte superior, para poder ver, de pronto, unos textos en letra menuda, que tampoco he podido leer después de realizar algunos intentos. Me siento discriminado. Soy un lector de cierta edad y mi vista ya no es de águila.

Hay muchas otras novedades más, pero no las voy a señalar. Basta, ¿no? ¡Qué originalidad! Con mucha razón los jurados quedaron turulatos. Claro, me van a decir que todo tiene su sentido, inclusive su sinsentido. Espantar al lector, por ejemplo. En un país donde toda la gente consciente busca atraerlo. “Por favor, lean pues, se van a divertir, van a gozar, van a aprender…”. No, señor.

Como ya el zahorí lector se habrá dado cuenta, nos encontramos ante un ejemplo de lo que en siglos pasados se llamaba literatura experimental. Ocurrió en los años 60 del siglo pasado, así como en el 30, y no me quiero meter con los griegos ni con los chinos. El pasado siempre vuelve, como dice la canción. Y esto ocurre hasta en política. Por más novedosos y revolucionarios que nos imaginemos ser, apenas estamos repitiendo las obviedades.

Y no quiero entrar a otros aspectos del libro: fábula, motivo, historia, personajes, enredos. Me niego. Porque me pueden odiar más de la cuenta. Sin embargo, cito lo siguiente, para que vean que sí he leído algo:

“…no soy muy profundo, a ratos incluso torpe, pero es en la violencia de las palabras donde se instala un escritor de cuerpo presente, que los hay pocos, los otros sin duda esperan con velas y vino las ligerezas de la musa” (p. 18).

Esa es la onda, pues. Clarísimo, ¿no? Si así fuera todo el libro… (¿Y qué tienen contra el vino y las velitas?, ¿no pueden convertirse éstas en tibias de difuntos?).

Hay un capítulo que me gusta, consiste solo en un título y vienen luego dos páginas en blanco: Derecho al silencio, cero absoluto… Esas cosas deben enseñarse más a menudo en la carrera de Literatura de la UMSA, de cuya escuela viene el autor. Pero después éste se emputa y termina diciendo (se refiere al carácter del escribidor de cartas, que es el personaje a quien aguantamos):

“Escribo así tal vez porque la muerte no ha acabado, aunque no sienta hoy más que el purgatorio (…) No sé si la muerte es así o son solo los problemas que este asunto acarrea los que me condenan a tan deteriorado carácter; tal vez solo sea la manera en la que se ha presentado el destino, por cómo ha sucedido su entelequia, falsa espera que soy incapaz de entender con el vaho encima, como si la brujería quisiera hacer en mí lo que la medicina en tiempo real: matarme de una buena vez…”. (p. 224).

¡Sí!, ¡de una buena vez! Este señor, escribidor de cartas, es un aburrido. Y lo único interesante y “positivo” para estos tiempos del internet es que en lugar de mensajes electrónicos escribe cartas en papel, recuperando una tradición olvidada, como muy bien señalaron también los jurados. Bueno, pero por otra parte, con tanto vano papel, contribuye a la depredación del medio ambiente debido a la tala de arbolitos.

Debo reconocer asimismo que, aparte de tantas cartas, al final de cada una de ellas, como al desgaire, hay unas frases dignas de rescatar. Con ellas habría podido hacerse un breve librito de prosa poética de alto valor y de negro sabor a muerte.

Copio unas cuantas:

“El cuerpo no es más que un hematoma del alma tras el golpe de la vida”.

“Cuando todo lo que el mundo vende son palabras, resta solo atribuirse tamaño crimen”.

“La vida pende de un hilo, la muerte de cuatro, es una marioneta que sopesa la oscura realidad”.

“Tras un jardín en sepia, el mundo será escondido…”

“Grueso el árbol de los hombres, delgada su raíz… y el verde veneno de sus frutos –tan a la mano”.

“No deje la vida a sus anchas, sosténgala contra el suelo y apriete cuanto sea posible…”

“La indiferencia hará lo que los números no pueden, lo que al azar tampoco”.

“De no ser por la ley de la gravedad, ni la muerte ni la escritura existirían”.

“Hay maneras de morir, vivir es una de ellas…”

Y una optimista:

“Que el velo de la noche no enfunde nuestras vidas… nuestras muertes ni todo lo demás…” R.I.P.

Posdata

(¿o Post mortem?)

Han pasado unos días de haber escrito lo que antecede y me viene la dulce sensación del deber cumplido. Por descuido, no archivé todavía el libro, esta tarde lo vi sin querer en una de mis mesas, junto con otros más viejos y humildes, y di un respingo. ¡Uf, qué alivio, ya no es tema pendiente! Hasta aquí llegué y no-volveré-a-abrirlo.

Vuelvo atrás. ¿Me arrepiento de lo que dije? ¿No cometí una falta de respeto a la literatura, a la diversidad, a la opinión ajena? Y digo, no, al contrario. Cada esfuerzo que hago para leer y para escribir es un acto de amor. Y de odio, como tiene que ser.

Al final de cuentas, por el derecho o por el revés, mi intención era buena: Contribuir al conocimiento de nuestra literatura tan venida a menos y al placer de la lectura. Y aquí no hay ninguna ironía. Con haber conseguido unos diez lectores-compradores de la novela, me doy por satisfecho. Se me ocurre que quien hubiera leído este artículo muy seriamente, habrá de razonar de la siguiente manera: Si con tanto entusiasmo me dicen que esta es una novela mala, debe ser muy buena. (Todo feo tiene su bonito). Y lo compre y se lance al ataque.

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