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El camino de ida

Ricardo Piglia vuelve a la ficción. Está a punto de aparecer su novela ‘El camino de ida’; éstos son los primeros tramos

La Razón / Ricardo Piglia - escritor

00:00 / 11 de agosto de 2013

En aquel tiempo vivía varias vidas, me movía en secuencias autónomas: la serie de los amigos, del amor, del alcohol, de la política, de los perros, de los bares, de las caminatas nocturnas. Escribía guiones que no se filmaban, traducía múltiples novelas policiales que parecían ser siempre la misma, redactaba áridos libros de filosofía (¡o de psicoanálisis!) que firmaban otros. Estaba perdido, desconectado, hasta que por fin —por azar, de golpe, inesperadamente— terminé enseñando en los Estados Unidos, involucrado en un acontecimiento del que quiero dejar un testimonio.

Recibí la propuesta de pasar un semestre como visiting professor en la elitista y exclusiva Taylor University; les había fallado un candidato y pensaron en mí porque ya me conocían, me escribieron, avanzamos, fijamos fecha, pero empecé a dar vueltas, a postergar: no quería estar seis meses enterrado en un páramo.

Un día, a mediados de diciembre, recibí un correo de Ida Brown escrito con la sintaxis de los antiguos telegramas urgentes: Todo dispuesto. Envíe Syllabus. Esperamos su llegada. Hacía mucho calor esa noche, así que me di una ducha, busqué una cerveza en la heladera y me senté en el sillón de lona frente a la ventana: afuera la ciudad era una masa opaca de luces lejanas y sonidos discordantes.

Estaba separado de mi segunda mujer y vivía solo en un departamento por Almagro que me había prestado un amigo; hacía tanto que no publicaba que una tarde, a la salida de un cine, una rubia, a la que yo había abordado con cualquier pretexto, se sorprendió cuando supo quién era porque pensaba que estaba muerto. (“Oh, me dijeron que te habías muerto en Barcelona”.).

Me defendía trabajando en un libro sobre los años de W. H. Hudson en la Argentina, pero el asunto no prosperaba; estaba cansado, la inercia no me dejaba mover y estuve un par de semanas sin hacer nada, hasta que una mañana Ida me localizó por teléfono. ¿Dónde me había metido que nadie podía encontrarme? Faltaba un mes para el inicio de las clases, tenía que viajar ya mismo. Todos me estaban esperando, exageró.

Le devolví las llaves del departamento a mi amigo, puse mis cosas en un guardamuebles y me fui. Pasé una semana en Nueva York y a mediados de enero me trasladé en un tren de la New Jersey Transit al tranquilo pueblo suburbano donde funcionaba la universidad. Por supuesto Ida no estaba en la estación cuando llegué, pero mandó a dos estudiantes a esperarme en el andén con un cartel con mi nombre mal escrito en letras rojas.

Había nevado y la playa de estacionamiento era un desierto blanco con los coches hundidos en la bruma helada. Subí al auto y avanzamos a paso de hombre en medio de la tarde, alumbrados por el brillo amarillo de las luces altas. Por fin llegamos a la casa en Markham Road, no muy lejos del campus, que el Housing le había alquilado para mí a un profesor de filosofía que pasaba su año sabático en Alemania. Los estudiantes eran Mike y John III (los volvería a encontrar en mis clases), muy activos y muy silenciosos me ayudaron a bajar las valijas, me dieron algunas indicaciones prácticas, alzaron la puerta del garaje para mostrarme el Toyota del profesor Hubert que venía incluido en el alquiler; me mostraron cómo funcionaba la calefacción y me anotaron un número de teléfono por si me empezaba a congelar (“en caso de apuro, llame a Public Safety”).

El pueblo era espléndido y parecía fuera del mundo a sesenta kilómetros de Nueva York. Residencias con amplios jardines abiertos, ventanales de cristal, calles arboladas, plena calma. Era como estar en una clínica psiquiátrica de lujo, justo lo que yo necesitaba en ese tiempo. No había rejas, ni garitas de seguridad, ni murallas en ningún lugar. Las fortificaciones eran de otra índole. La vida peligrosa parecía estar fuera de ahí, del otro lado de los bosques y los lagos, en Trenton, en New Brunswick, en las casas quemadas y los barrios bajos de New Jersey.

La primera noche me quedé levantado hasta tarde, investigando los cuartos, observando desde las ventanas el paisaje lunar de los jardines cercanos. La casa era muy cómoda pero la extraña sensación de extravío se repetía por el hecho de estar viviendo otra vez en el lugar de otro. Los cuadros en las paredes, los adornos en la repisa de la chimenea, la ropa enfundada en cuidadosas bolsas de nailon me hacían sentir un voyeur más que un intruso. En el estudio del piso de arriba las paredes estaban cubiertas de libros de filosofía, y al recorrer la biblioteca pensé que los volúmenes estaban hechos de la materia densa que siempre me ha permitido aislarme del presente y escapar de la realidad.

En los muebles de la cocina encontré salsas mexicanas, especias exóticas, frascos con hongos secos y tomates desecados, latas de aceite y tarros de mermelada, como si la casa estuviera preparada para un largo asedio. Comida enlatada y libros de filosofía, ¿qué otra cosa se podía desear? Me preparé una sopa Campbell de tomate, abrí una lata de sardinas, tosté pan congelado y destapé una botella de Chenin blanco.

Después me preparé un café y me acomodé en un sofá en la sala a mirar televisión. Siempre hago eso cuando llego a otro lugar. La televisión es igual en todos lados, el único principio de realidad que persiste más allá de los cambios. En el canal de ESPN los Lakers vencían a los Celtics, en las News Bill Clinton sonreía con su aire campechano, un auto se hundía en el mar en un aviso de Honda, en la HBO estaban dando Possessed de Curtis Bernhardt, una de mis películas favoritas. Joan Crawford aparecía en medio de la noche en un barrio de Los Ángeles, sin saber quién era, sin recordar nada de su pasado, moviéndose por las calles extrañamente iluminadas como si estuviera en una pecera vacía.

Creo que me adormecí porque me despertó el teléfono. Era cerca de medianoche. Alguien que conocía mi nombre y me llamaba profesor con demasiada insistencia, se ofreció a venderme cocaína. Todo era tan insólito que seguro era cierto. Me sorprendí y corté la comunicación. Podía ser un chistoso, un imbécil o un agente de la DEA que estaba controlando la vida privada de los académicos de la Ivy League.

¿Cómo conocía mi apellido?

Me puso bastante nervioso esa llamada, la verdad. Suelo tener leves ataques de inquietud. No más que cualquier tipo normal. Imaginé que alguien me estaba vigilando desde afuera y apagué las luces. El jardín y la calle estaban en sombra, las hojas de los árboles se agitaban con el viento; al costado, del otro lado de la cerca de madera, se veía la casa iluminada de mi vecino y en la sala una mujer pequeña, en jogging, hacía ejercicios de taichi, lentos y armoniosos, como si flotara en la noche.[...]Había leído varias veces a Hudson a lo largo de mi vida e incluso en el pasado había visitado la estancia —Los Veinticinco Ombúes— donde él había nacido. Estaba cerca de mi casa en Adrogué, yo iba en bicicleta hasta el kilómetro 37 y entraba por la senda de tierra entre los árboles y llegaba hasta el rancho en medio del campo. Nos gusta la naturaleza cuando somos muy jóvenes y Hudson —como tantos escritores que transmiten esas emociones de la infancia— pareció seguir ahí toda su vida. Muchos años después, en 1918, enfermo durante seis semanas en una casa cerca del mar, en Inglaterra, tuvo una especie de larga epifanía que le permitió revivir con una claridad “milagrosa” sus tempranos días de felicidad en la pampa. Apoyado sobre las almohadas y provisto de un lápiz y un cartapacio, escribió sin detenerse, en un estado de afiebrada felicidad, Allá lejos y hace tiempo, su maravillosa autobiografía. Esa relación entre la enfermedad y el recuerdo tiene algo de la memoria involuntaria de Proust, pero, como el mismo Hudson aclaraba, “no era ese estado mental conocido por la mayoría de las personas, en que un color o un sonido, o, más frecuentemente, el perfume de alguna flor, asociados con nuestros primeros años, restauran el pasado súbita y tan vívidamente que casi es una ilusión”. Se trataba más bien de una suerte de iluminación, como si volviera a estar ahí y pudiera ver con claridad los días que había vivido. La prosa que surgió de esos recuerdos es uno de los momentos más memorables de la literatura en lengua inglesa y también paradójicamente uno de los acontecimientos luminosos de la descolorida literatura argentina.

Quizá escribía así porque el inglés se le mezclaba con el castellano de su infancia; en los originales de sus escritos aparecen a menudo dudas y errores que hacen ver la poca familiaridad de Hudson con el idioma en el que escribía. Uno de sus biógrafos recuerda que a veces se detenía para buscar una palabra que se le escapaba e inmediatamente recurría al español para sustituirla y seguir adelante. Como si la lengua de la infancia estuviera siempre cerca de su literatura y fuera un fondo donde persistían las voces perdidas. Escribía en inglés pero su sintaxis era española y conservaba los ritmos suaves de la oralidad desértica de las llanuras del Plata.

En 1846 los Hudson dejaron Los Veinticinco Ombúes y viajaron hasta Chascomús, donde su padre había arrendado una chacra. Las rutas eran casi intransitables en aquel entonces, y no es difícil imaginar la dificultad del viaje, que duró tres días. Se pusieron en marcha a la madrugada de un lunes en una carreta tirada por bueyes, siguiendo la pobre huella del sendero que iba hacia al sur. Bajo la lona viajaban los padres y los chicos y unas pocas cosas más porque la ropa y los perros y la vajilla y los libros iban en una barcaza por el río. El carro avanzaba lentamente con crujidos y vacilaciones por el medio del campo buscando el camino de las tropas. Una lámpara se balanceaba en la cruz de la carreta y en frente no se veía más que la noche.

Salía de la biblioteca al caer la tarde y volvía caminando hasta casa por Nassau Street. Muchas veces me sentaba a comer en el Blue Point, un restaurante de pescado que estaba a medio camino. Había un mendigo que paraba en la playa de estacionamiento del lugar. Tenía un cartel que decía: “Soy de Orión” y vestía un impermeable blanco abotonado hasta el cuello. De lejos parecía un enfermero o un científico en su laboratorio. A veces me detenía a conversar con él. Había escrito que era de Orión por si aparecía alguien que también fuera de Orión. Necesitaba compañía, pero no cualquier compañía. “Sólo personas de Orión, Monsieur”, me dijo. Cree que soy francés y no lo he desmentido para no cambiar el curso de la conversación. Al rato se quedaba en silencio y después se recostaba en el alero y se dormía.

En casa ordenaba las notas que había tomado en la biblioteca y pasaba la noche trabajando. Me hacía un té, escuchaba la radio, trataba de que no llegara nunca la mañana.

Hudson recordaba con nostalgia el tiempo en que hizo vida de soldado en la Guardia Nacional y participó en los ejercicios militares y las maniobras de 1854 cerca del río Colorado en la Patagonia. “En el servicio militar aprendí mucho con la tropa sobre la vida del gaucho soldado, sin mujeres ni descanso, y aprendí de los indios a dormir tendido sobre el lomo del caballo.”

A Crystal Age, la novela de Hudson, recreaba esa áspera ilusión ascética en un mundo situado en un futuro lejano. “La pasión sexual es el pensamiento central de mi novela”, decía Hudson en una carta, “la idea de que no habrá descanso ni paz perpetua, hasta que se haya extinguido esa furia. Podemos sostener que mejoramos moral y espiritualmente, pero encuentro que no hay cambios, ni ninguna merma en la violencia de la furia sexual que nos aflige. Ardemos hoy con tanta intensidad como lo hacíamos hace diez mil años. Podemos esperar un tiempo en el que ya no existan los pobres, pero nunca veremos el fin de la prostitución.”.

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