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Las dos caras de ‘Two and a Half Men’

La famosa serie de televisión es, al mismo tiempo, ‘fantástica’ y ‘detestable’ , combina un delicioso sarcasmo con una terrible crueldad

personajes. Los personajes originales de la serie creada por Chuck Lorre. Desde la izquierda: Charlie, Jake y Alan. Foto: Warner

personajes. Los personajes originales de la serie creada por Chuck Lorre. Desde la izquierda: Charlie, Jake y Alan. Foto: Warner

La Razón / Jorge Luna Ortuño - periodista

00:00 / 24 de febrero de 2013

Two and a Half Men (Dos hombres y medio) fue, hasta la salida de Charliee Sheen, la  serie de televisión más exitosa de los Estados Unidos. Creada por Chuck Lorre y transmitida por Warner Bros desde 2003, la serie es una amena compañía para un público amplio, principalmente para todos los que deseamos liberar la mente del ajetreo cotidiano en las tempranas horas de la noche. Es fantástica, pero también detestable a momentos, combina escenas de delicioso sarcasmo con otras de terrible crueldad y de una visión mercantilista elevada a la máxima potencia.

El mundo del capitalismo tardío quisiera que todos centremos nuestras vidas en una sola línea, la línea dura, escuela-universidad-trabajo-matrimonio-retiro… donde todo se mide en crecimiento de lo que está a la vista, mayor dinero, mayor fama, mayores logros… Alan —uno de los personajes— lo ha perdido casi todo en esa línea, tiene 35 años, es un quiropráctico con escaso éxito profesional, su hijo, Jake, no lo respeta, se divorció de la única mujer que había tenido en su vida y perdió el juicio, junto con la casa y sus amigos; estando quebrado en la calle, sólo le queda replegarse al sofá-cama en casa de su hermano. Está convencido de que su exesposa le despojó de la poca autoestima que tenía. Lo cómico es que a pesar de toda su desgracia, se especializa en arruinar las pocas oportunidades que se le presentan, como cuando provoca el incendio de la casa de su novia por dejar su habano encendido. La serie es despiadada con Alan el perdedor: aquel que no tiene éxito ni con las mujeres ni con el dinero, quien deja que una mujer domine sus actos, y encima de ello no sabe divertirse. El filósofo Slavoj Zizek señala que el terrible imperativo de nuestro tiempo es que el goce es obligatorio; “tener mucho sexo, realizarse” es ahora un deber.   

Las siete temporadas que tienen a Charlie como protagonista se centran en diferenciar dos caminos de vida, la comparación entre el ganador y el perdedor. Lo deseable será saber burlar las opresiones del compromiso, no ser dominado por una mujer en relaciones monogámicas, sino por los vicios: el juego, el alcohol, y las mujeres fáciles. Es el ganador. Charlie disfruta de la comodidad de su casa en la playa de Malibú, sus días están llenos de siestas, ropas planchadas en el cajón, romances cortos, whisky, habanos, bourbon, algo de Tv y más bourbon. En algún punto intentan variar el perfil de su personaje, aparecen Mia, primero y, después, Chelsea, las dos mujeres con las que convive e intenta algo serio.

Algunos de los momentos más hilarantes de la serie llegan cuando Charlie y Alan discuten sus puntos de vista sobre las relaciones con mujeres. Charlie está comprometido con Mia, pero se ve a ocultas con Kendhi. Alan aboga porque sea fiel a su pareja, pero Charlie cree que es conveniente tener un bote salvavidas siempre, “por si el barco se hunde”. Alan critica su falta de confianza en la relación, pero él sostiene que se trata de un “saludable respeto por el poder del océano”. De hecho sería positivo, pues “son desahogos saludables para volver después nutrido a la relación primaria”.

La gran diferencia entre ambos es la actitud frente a la vida. En una ocasión, con el consejo de su tío Charlie, Jake gana 1.200 dólares apostando en una carrera de caballos. Alan le dice: “Pongámoslos en el banco en una cuenta de ahorros”.  Charlie le manifiesta: “Gástalos”. Alan sugiere  que es mejor tener un colchón, pues “no hay mejor sensación que tener un respaldo cuando llegan los días difíciles”. Charlie no concuerda: “Conozco al menos ocho sensaciones distintas que ésa”. Así, entre éstas dos visiones, se cría Jake, un tiro al aire, quedando en posición de escribir una nueva versión del libro Padre rico padre pobre (Kiyosaki).

Pueden tachar a Charlie de inmaduro, pero ¿qué es ser maduro al final de cuentas? Nos reímos con Charlie de aquellos/as que creen que ser hombre maduro es dar gusto, y resguardarse bajo las faldas de la “responsabilidad” a costa de callar los impulsos de la sangre y vivir como no se quiere vivir. Hay personas que sólo aman aquello que creen pueden moldear a su medida. Es el tema que se toca cuando Charlie y Mia rompen. Ella le pidió:

“Comprométete en una relación en la que no tendremos sexo hasta que la relación sea sólida, mientras: no puedes tener sexo con nadie más”. La propuesta escandaliza a Charlie: ¿Ser exclusivos sexualmente y no tener sexo? Entonces piensa que no están sacrificando lo mismo, si él deja el sexo ella tendría que donar un hígado, o dejar el baile, lo que tanto ama. Imposible. Ella piensa en invertir para ver futuro; él sólo piensa en gozar juntos los placeres del presente, que son los que abrirán la puerta a un futuro. Después de romper, ella le pedirá que hablen, pero el diálogo no fructificará. La mujer es muy astuta, cuando dice que quiere hablar, lo que está diciendo realmente es que está lista para escuchar lo que quiere escuchar. (Quizá por ello el consejo que una vez diera Charlie a Alan: “Debes fingir absolutamente que estás siendo sincero”). Si ellas escuchan una palabra que se sale de la idea que han elaborado previamente, se cierra todo diálogo, por ello son pocas las mujeres dispuestas a aclarar racionalmente una situación. Mia se despide así por una carta: “Te amo demasiado como para intentar cambiarte, y me amo demasiado como para conformarme con el que eres”. Duro, sincero.

Al volver a casa Charlie le cuenta a Alan: “Nos separamos, lo que es bueno porque puedo volver a ser yo mismo”. “¿Y quién eres?”, pregunta Alan con sarcasmo. Un borracho que se alimenta de relaciones superficiales de puro sexo. Charlie, a diferencia de su hermano, es alguien que no necesita de un sentido, ni de algo significativo por lo cual vivir. Sentado en su terraza, con una cerveza en la mano y la playa de frente, se congratula por ser un hombre que “se deja llevar por el cauce misterioso de la vida”, mientras toma muchas cervezas y hace muchas siestas. “Son las decisiones difíciles que uno debe tomar, dónde hacer la siesta… bajo el mango o bajo la palta… qué pavada que no hayan higueras en Malibú… y se pone difícil la vida, levantarse a la una para no perderse la siesta, ¿a qué hora dormir?, elegir la hamaca… ¡paf! Es mucho stress…”. 

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