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La carpa de oro

Un cuento del Premio Nobel chino Mo Yan inédito hasta ahora en castellano.

La Razón / Mo Yan - escritor

00:00 / 21 de octubre de 2012

La luna emerge, el lago Qingcao se transforma en un vasto espejo centelleante de luz plateada. Por momentos, algunos peces saltan fuera del agua, describiendo un arco de plata; al caer, rompen el espejo de mercurio, en tanto se forman ondas concéntricas.

Bajo un viejo sauce, al borde del lago, un abuelo y su nieto están sentados, en silencio. El anciano fuma, el rescoldo destella rojizo de manera intermitente en el interior de su pipa, iluminando apenas su rostro benévolo.

—Abuelito, es tiempo de sacar la red.

—Muy bien, vamos.

El abuelo se levanta, desanuda la cuerda atada a la cabilla de hierro. La red tiene forma de grulla: una vara larga de bambú en cuya punta hay un bolsón de red. Es pesada, y el viejo la estira lentamente; la red emerge poco a poco del lago, y de pronto hay algo que remueve el agua.

—¡Abuelito, hay un pez gigante!

El abuelo sube la red por encima de la superficie, la luna la ilumina, en el interior hay una carpa que emite destellos dorados. Lleva la red hacia el borde; el nieto, brincoteando todo el tiempo, toma la presa y la mete en un cubo lleno de agua. El pez da algunos saltos en el cubo, pero después ya no se escucha nada. El abuelo sumerge de nuevo la red en el agua, vuelve la cabeza para ver dentro del cubo.

—Abuelito, pesa como diez libras, ¿no?

—Más o menos.

—¿Qué es, abuelito?

El abuelo enciende un cerillo. El resplandor alumbra el cubo. Se trata de una carpa dorada. Sus aletas y su cola tienen el color rojo vivo de las hojas de arce quemadas por la escarcha.

—Una carpa de aletas doradas —dice el abuelo.

—¿Y es bueno este pescado? —pregunta el nieto.

—Mmmh —responde el abuelo, la mente en otra parte.

—Abuelito, no parece contento. Atrapamos un gran pez.

—Es muy extraño, este pez está muy tranquilo.

—¿Pero qué dice, abuelito?

—Ay, hijito, este pez es demasiado generoso. Cuando saqué la red del agua, habría podido romper los hilos de un aletazo. Nuestra red sólo puede con peces chicos.

—Seguro se durmió.

El abuelo se sumerge en profundas reflexiones, el hornillo de su pipa enrojece intermitentemente. En el entorno todo está en silencio, una ligera bruma se alza de la superficie del lago, algunos lotos rosados, sobre el agua, componen un cuadro. En las matas de hierba acuática, algunos insectos emiten chillidos tenues.

—Abuelito, ¿en qué piensa? ¿No está contento con el pez que atrapamos?

—No pienso en nada, hijito. Ven, vamos a sacar la red otra vez.En esta ocasión, está vacía. La red flota en el agua, todo queda de nuevo en silencio.

—Abuelito, cuénteme una historia.

—Bueno, te voy a contar la historia de la carpa de aletas doradas.

—¿Otra vez esa donde la carpa se vuelve una nuera? Ya me la contó mil veces —masculla el niño molesto.

—Esta vez no se trata de una carpa que se convierte en humano, sino de un humano que se convierte en carpa.

—¿Eso existe?

—Sí.

El niño se acerca, el abuelo extiende los brazos y abraza a su nieto.

—Hace algunos años…

—¿Cuántos años?

—Los niños no deben interrumpir a sus mayores, pon atención. Hace algunos años, a la orilla de nuestro lago Qingcao, había una niña que se llamaba Jin Zhi. Y era una niña muy bonita, con sus párpados superiores dobles, nariz recta, su boquita que se redondeaba al hablar y dos trenzas gruesas. Llamaba la atención a primera vista. Ese año, una escritora de la ciudad fue enviada a nuestro pueblo para trabajar en la base. Se decía que había escrito un libro titulado El lago Qingcao; ¡incluso tu padre y sus camaradas leyeron ese libro! La escritora vivía en casa de Jin Zhi. Después ocurrió la Gran Revolución. La escritora fue sometida todos los días a sesiones de crítica, incluso fue golpeada algunas veces…

“Una tarde, luego de que la escritora sufrió la más dura de las sesiones de crítica, fue llevada más muerta que viva a casa de Jin Zhi quien, llorando, enjuagó los restos de sangre en el cuerpo de la mujer. El doctor del pueblo no se atrevió a desplazarse para curar las heridas. Jin Zhi pensó entonces en el marido de una tía materna que vivía en la otra ribera del lago. Ese hombre había abandonado en su juventud el terruño para afrontar el mundo; en su casa tenía un remedio muy eficaz contra las contusiones. Cuando alguien está en peligro, pasa como con el fuego: hay que moverse rápido. La señorita Jin Zhi confió la escritora a los buenos cuidados de una vecina y se dirigió a la ribera del lago.

“ ‘Lago Qingcao, lago Qingcao, de este a oeste tienes algunos kilómetros pero de norte a sur tienes treinta’. Hace muchos años, la Tejedora celeste había dejado caer entre los humanos el vehículo del que se servía; se hizo un agujero en el suelo, y así se originó nuestro lago Qingcao. La casa de la tía de Jin Zhi se encontraba en la ribera opuesta, en el pueblo de los Wang. Si bien para llegar en lancha se tardaba el tiempo de fumar algunas pipas, ir por tierra tomaba dos días. En esa época, los barcos estaban resguardados con candados pues se temía un sabotaje perpetrado por un enemigo poderoso. Una vez al borde del lago, la joven se quitó sus largas vestimentas, las metió en un bolso que se anudó al cuerpo y se tiró al agua.

“Esa noche también había un hermoso claro de luna. Fue justo debajo de este sauce que la señorita Jin Zhi se arrojó al lago. Era una excelente nadadora, parecía un enorme pez blanco que retozaba en el agua. Nadó y nadó, braceando con vigor, la luna la iluminaba claramente. Era medianoche cuando llegó a la otra orilla. Se puso de nuevo su ropa, fue a tocar a la puerta de su tía. El tío, que adoraba a su sobrina, le dio el precioso remedio. Inquieta, la tía le dijo: ‘Sabes, Jin Zhi, estamos en la tercera vigilia, una jovencita como tú, sola en el lago… ¿Si te llega a pasar algo? No te vayas, mañana tu tío te lleva’. Jin Zhi dijo: ‘Tía, soy buena nadadora, no me va a pasar nada’.

“La señorita Jin Zhi se volvió a tirar al agua. Una jovencita, después de todo, no tiene mucha resistencia, y a mitad del lago estaba rendida, tenía la impresión de tener diez pesas de báscula atadas al cuerpo… Fue entonces que una nube blanca llegó flotando en el cielo y tapó la luna; gotas de lluvia, blancas, gruesas como monedas, comenzaron a caer dispersas… Un momento después, la luna reapareció, pálida, poco a poco se hundía, volviéndose más y más grande, se enganchó de la copa del sauce al borde del lago, y ahí se quedó, mirando el agua que centelleaba como un vasto espejo”.

—¿Y la señorita Jin Zhi? —preguntó el nieto con impaciencia.

Los ojos del abuelo brillaron bajo la luna.

—Abuelito, ¿está llorando?

—¡Claro que no, de qué hablas! El abuelo tiene una gran barba blanca, cómo podría llorar. Todavía no acabo de contar la historia. Al amanecer, la escritora, ayudada por la vecina, se dirigió a la orilla del lago. Todo estaba en silencio, se escuchaba claramente el ruido de las perlas de rocío goteando de las hojas hacia la superficie del agua. La escritora dijo dulcemente: “Valiente niña, te traje El lago Qingcao que tanto deseabas leer”. Sacó una bolsa de cenizas y las arrojó delicadamente sobre el agua.

“De pronto comenzaron a levantarse olas, una fisura se abrió a mitad del lago, brilló una luz roja, y emergió una carpa dorada, sus aletas y su cola eran rojas como las llamas. La carpa nadó hasta la orilla, llevaba sobre la cabeza un bulto de ropa. Después golpeó con la cola tres veces el agua, y se alejó lentamente hacia el centro del lago; la luz roja desapareció. Sobre el lago, brilló de nuevo el claro de luna. La escritora sacó el bulto de ropa del agua. Envolvía una botella de polvo blanco de Yunnan”.

—Abuelito, ya terminó la historia, ¿verdad?

—Ya, ya terminó.

—Y la señorita Jin Zhi, ¿se convirtió en carpa?

—Mmmh, puede ser.Un pájaro alza el vuelo entre las hierbas verdes de la ribera, vuela agitando sus alas con fuerza antes de arrojarse sobre los juncos a mitad del lago.

Algunas ranas se sumergen con un rumor de “¡plop!”, como si fueran piedras arrojadas al agua.

El contenido del cubo es vertido ruidosamente; una capa de espuma se forma en la superficie del lago.

—¿Pero qué te pasa, hijito?

—Es para que la señorita Jin Zhi encuentre el camino a su casa.

—Hijito… Traducido del francés por José Abdón Flores.

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