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Las cartas del nómada dorado

A 23 años de la muerte de Bruce Chatwin, se han compilado y publicado sus cartas. Una suerte de autobiografía zigzagueante

chatwin. Murió antes de los 50 años, pero dejó brillantes crónicas de viaje como ‘En la Patagonia’ y ‘El trazo de la canción’. Foto: Chatwin Found

Chatwin. Murió antes de los 50 años, pero dejó brillantes crónicas de viaje como ‘En la Patagonia’ y ‘El trazo de la canción’. Foto: Chatwin Found

La Razón / Jacinto Antón - El País

00:00 / 06 de enero de 2013

Apunto de cumplirse 23 años de su muerte, ¿qué nos queda de Bruce Chatwin? Los viñedos de Afganistán, el anhelo de Persépolis bajo la lluvia, las pisadas de las gacelas en la arena africana, los alminares de Jam, los arriates de rosas en los jardines de Istalif, el canto perdido de un viejo aborigen en los de-siertos de Australia, toda Patagonia, un vehemente deseo de belleza y libertad... No hemos sido tan afortunados como Werner Herzog, que heredó su baqueteada mochila. Pero es igual, mientras tengamos sus libros, unas botas y un destino (¡y una Moleskine!), Chatwin seguirá con nosotros.

“Era una fuerza de la naturaleza”, me dice otro gran viajero, Colin Thubron, que lo conoció bien. “Muy obsesivo, tremendamente hablador cuando tenía una idea en la cabeza (que era casi siempre). Violentamente imaginativo más que juiciosamente erudito, y ciertamente no académico. Te sentías arrastrado por la pura fiebre de su entusiasmo”.

No sé, es pensar en el rubio Bruce y sentirse invadido de un deseo de partir y de una rara melancolía que se extiende como un hermoso vellón dorado sobre el extenso suelo del mundo. El James Dean de los viajes, el Alejandro de los trotamundos, el culto, narcisista y bisexual efebo errante, Bruce Chatwin (1940-1989) alzó la antorcha de su vida para señalarnos la dirección de una existencia nómada en caminos, intereses y afectos. ¿Adónde hubiera llegado? Rushdie, su amigo, ha dicho que Chatwin sólo estaba empezando y que únicamente hemos podido ver el primer acto de lo que hubiera podido llegar a ser.

Cruzó los límites entre la ficción y la no ficción, viajó como una efervescente reencarnación de Rimbaud. Era capaz de hacer un viaje para ver la armadura de un mongol disecado en el desierto de Sind, motivarse con un trozo de perezoso gigante y hasta tuvo de mascota una pitón. ¿Cómo no rendirse a alguien así?CARTAS. Ahora llegan sus cartas para iluminar el trayecto intelectual y vital de un personaje cuya dimensión se agiganta con el paso del tiempo. Le muestran más inseguro que sus seis libros, más humano, vulnerable, inquieto e impaciente. Automitificador, snob, poseur, deseoso de impresionar, sí, pero, como dijo nada menos que Robin Lane Fox: “boy, he knew”; vamos, que ¡sabía de todo! Lleno de planes volátiles y viajes que nunca se realizan. Y muy preocupado, obsesionado incluso, por las cuestiones económicas.

Bajo el sol es una selección de varios centenares de cartas enviadas por Chatwin —incluyendo postales (como la del Zamzama, el cañón de Kim, en Lahore; o la del cráneo de Cromañón, en Les Eyzies) y algún telegrama—, que ha realizado su viuda Elizabeth Chatwin en colaboración con el notable biógrafo del escritor, Nicholas Shakespeare. La colección, minuciosamente anotada y comentada, abarca 40 años. Arranca con una carta de Bruce a sus padres en mayo de 1948, desde el colegio, y acaba con otra dirigida al propio Shakespeare el 29 de diciembre de 1988 (Bruce murió el 18 de enero siguiente, cuatro meses antes de cumplir los 49 años), escrita por mano de Elizabeth. De hecho las últimas cartas de Bruce Chatwin, estragado por el sida, las dictó todas a su mujer (“tengo las manos entumecidas y soy incapaz de usar las piernas”). Entre la primera y la última, como una caravana de papel que atravesara el mundo hasta sus confines, se extiende el increíble y fascinante itinerario de un alma inquieta devota como pocas de lo exótico y lo hermoso.

El reguero de cartas se puede leer, recalca Shakespeare, como una suerte de autobiografía en zig-zag y lo más cercano posible a una conversación con Chatwin. Su trabajo en Sotheby’s, los estudios de arqueología, la fascinación con los nómadas, la génesis de los libros, los viajes, su etapa de periodista (entrevistó a Malraux, a Mandelstam, a Indira Gandhi, la vida mundana a la que era tan adepto (“escoltando a Jacqueline Onassis a la ópera el jueves”), la ruptura con Elizabeth (pese a que su mujer le dejaba vivir libre sus aventuras, las de mochila y las otras), y la vuelta con ella, el rosario de dolencias provocadas por el sida…

Hay en las cartas —en las que aparecen citados infinitud de personajes, Jan Morris, Michel Tournier (a propósito de las conexiones entre Los me-teoros y su Colina negra), Peter Matthiessen— frases y descripciones maravillosas. “Los aborígenes australianos aunque infinitamente fascinantes son también infinitamente tristes”, “las ovejas eran del mismo color dorado que la hierba agostada, un arco iris se elevaba de un lado a otro y bajo él una bandada de grajos alzó el vuelo centellando como diamantes negros”.

Encontramos en origen algunas de sus citas más célebres: “Dentro de todo viajero un anacoreta está de-    seando quedarse”. “El cambio es la única cosa por la que merece la pena vivir. Nunca aparques tu vida en un escritorio. Lo que sigue son las úlceras y los problemas cardíacos”. “Tengo la compulsión de vagabundear y la de volver, como un ave migratoria”. Una carta está dedicada al problema de conseguir las libretitas Moleskine, que él convirtió en icono del viaje.

Otras muestran a un Chatwin en horas bajas, indeciso, insatisfecho. Hay chismes y pequeñas bajezas. Un afán de socializar y aparentar. Resulta también terriblemente patético, o acaso entrañable, el empeño en sus penúltimas cartas por negar la evidencia del sida y disfrazarlo de enfermedad glamorosa: “Malaria no diagnosticada cogida en el famoso viaje a Ghana”, “el hongo que me ha atacado la médula ósea se ha identificado sólo en diez campesinos chinos (presumiblemente es en China donde lo he cogido), unos pocos tais y una orca arrojada en las costas de Arabia”. “Metabolizó su dolencia en algo rico y extraño”, anotan su mujer y su biógrafo.

Aunque aparecen sus amantes, Teddy Millington-Drake, Andrew Batey, Jasper Conran o Donald Richards, no se encuentran en las cartas muchas referencias a las relaciones homosexuales de Chatwin. En realidad casi todas las que hay las acota Shakespeare porque si no resultan ininteligibles. Su espléndida biografía (Bruce Chatwin, Muchnik Editotres, 2000) es infinitamente más explícita y reveladora en ese sentido, y los dos libros se complementan como un todo.Es difícil quedarse con una carta. Pero encuentro especialmente conmovedora la que envió a su padre para disculparse por haber explicado en En la Patagonia una historia de-   safortunada de su bisabuelo. “I am sorry”. Como frase es notable la de una carta desde el Hotel Cabo de Hornos, en Punta Arenas: “Mi mochila está tomando la más bella pátina”.

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