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La celebración de la cultura

Fragmentos del texto de presentación de la novela de Manuel Vargas ‘Sal de mi tierra’, la historia de la vida, de los viajes y la muerte de una mujer andina

Paisaje

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La Razón (Edición Impresa) / Ana Rebeca Prada - Docente universitaria

00:00 / 13 de abril de 2014

El eje a partir del cual se arma la narración de Sal de tu tierra es la voz femenina del personaje Melisa (o Milisa o Milita) —ella habla y cuenta su propia historia, a alguien que finalmente no es identificado—. ¿Tal vez ese tú al que narra es una figura que representa al escritor, al que finalmente lleva todo al molde de la escritura? Puede ser; en todo caso, claramente la novela intenta armar la voz a partir de su propio narrar y de la actitud y voluntad del contarle a alguien su vida. De algún modo, tenemos un cruce de registro: la novela incorpora los gestos discursivos del testimonio. Y ese narrarle a alguien algo, contarle de la propia vida también podría venir de esta incorporación. Es importante remarcar que ese tú podemos ser nosotros, puede ser el lector, la lectora: la narradora nos interpela directamente. El tú al que narra soy yo. A lo largo de la narración leemos constantemente frases como: “Más bien de un matrimonio te quiero contar. Lo que peleaban. De eso te voy a hablar ahora”. TESTIGO. Pero, claro, de ser la novela una mera prolongación o reproducción de una situación de testimonio, ésta se regiría a una escena de un testigo o testimoniante frente a alguien que recoge la historia para escribirla. Y esto no es así. Esta voz narra desde una situación diversa, heterogénea, quebrada, que nos conduce más bien a una escena fantástica o mítica —según queramos los lectores decodificarla—. Esto porque Melisa narra desde la muerte; a lo largo de la novela se nos va revelando que el lugar desde el que habla es el lugar de un “ánimo” que aún no se ha juntado con el alma, la que ya se ha ido al destino final de los muertos. El “ánimo” “tiene que ir tras del cuerpo”, por donde éste ha caminado; en el caso de Melisa: “todo, Altiplano, Arica, el mar, todo tiene que ir tu ánimo a despedirse” (…).

La historia de Melisa es una historia de viaje. Esta novela puede ser leída en esa clave, específicamente. Por la inquina entre los padres de la niña, y que tiene que ver con el desprecio que la familia aymara de la madre por el origen uru del padre, Melisa es separada de su hogar, de su madre, de sus hermanos por un padre cuyas acciones a lo largo de la novela son eminentemente erráticas, desconcertadas, improvisadas. O sea, el eje paterno no es un eje confiable ni sólido: es, más bien, lo que en últimas determina el errar agobiado de la niña, de la muchacha. A partir de ese arrancamiento inicial se va desplegando una historia de viajes y desplazamientos vinculados sobre todo a la necesidad material, al trabajo, en condiciones de pobreza, a momentos, absolutamente extremas. Estos desplazamientos se realizan entre Bolivia y Chile; y, en Bolivia, entre los departamentos de Oruro, Cochabamba, Santa Cruz. El arrancamiento además, irá mano a mano con la idea del des-enraizamiento identitario: a lo largo de la novela encontraremos constantemente la pregunta de Melisa: ‘¿Quién soy yo?’. A ello se agrega articuladamente el que ya no se pueda volver. El retorno a las comunidades tanto de un primer marido, Satuco, como a la propia son escenas de fracaso. No hay retorno: y no lo hay porque las comunidades en algunos momentos están cerradas en costumbres intolerantes, poco generosas; los comunarios en actitudes egoístas, interesadas. (…)

En medio de todo ello, la niña, la muchacha no pierde una inocencia primaria y primera que en últimas se constituye en una de sus grandes fortalezas. Esta fortaleza poco explicada, poco reflexionada, es la que le permite seguir adelante, continuar en el desplazamiento, a momentos encontrar algún solaz, alguna holgura.

Y, claro, ahí está “el Na”, el Nacho, que desde la primera página de la novela aparece contándole, hablándole a Melisa. Es alguien que le cuenta y explica la historia de los urus (que es la historia de la familia paterna de ella). Na, al esta permanentemente hablando a Melisa, a lo largo de la novela establece una especie de contracorriente en la escena eje de la narración: así como Melisa (nos) narra su historia, su historia de vida, el Na le está contando a ella permanentemente una serie de cosas —estableciéndola a ella como interlocutora—. La novela se armaría pues como un escenario múltiple de conversaciones y registros… El Na es la estrategia que utiliza la novela para incorporar un denso material cultural, sobre todo vinculado, decíamos, a la historia de los urus.

Luego sabemos que el Na es el segundo marido de Melisa, el que le regala finalmente una experiencia de vida amorosa, ya madura ella, con hijos grandes, luego de haber enterrado a Satuco; luego de una historia de desamor y deslealtad venida del padre y del primer marido.

Así, entretejiéndose por entre el relato de destitución y viaje, está la materia de la cultura. Podemos decir que más allá de la comunidad, cancelada como posibilidad para Melisa; más allá de la referencia paterna y materna (el padre termina anulado, alcohólico; la madre la niega, la rechaza, finalmente entregándose a la práctica cristiana); más allá de la sombría y muy temprana iniciación amorosa mediante la violación sexual y un consecuente matrimonio sin amor, torcido; más allá de todo ello está la cultura. Una cultura entonces, que no necesariamente tiene que ver con la referencia a la comunidad; que no necesariamente emerge del relato y práctica amorosos de los padres; que no necesariamente tiene que ver con un feliz cumplimiento de las costumbres indígenas, campesinas, originarias. Se trata más bien de una cultura que está allí como repertorio abierto, que se manifiesta centralmente en la práctica de los llameros, del viaje durante meses de las alturas a los valles para llevar a cabo el tradicional trueque de sal por productos vallunos. Este es un material que se va intercalando en la historia de Melisa, y que parece corresponder a la mirada del “ánimo” en persecución de su cuerpo. En ese viaje, en ese volar del “ánimo” de Melisa muerta, en ese volar como ave que a ella tanto le gusta, ella ve, sigue, fascinada, el viaje de los llameros, guiados por don Donato y de su hijo Francisquito. (…)CULTURA. Por último, es importante decir que la cultura no solo es, claro, el viaje de los llameros. No es solamente la historia de los urus, pueblo en desaparición, narrada por el Na. Es también la vida invisible que puebla el mundo y que aparece a lo largo y ancho de la novela, así como es la naturaleza vista como cobijo, madre, origen, fin. También es esa noción de la muerte que la novela utiliza para instalar la voz.

En todo caso, interesa atender a esos contrastes o a este contrapunto, los que revelan una dispersión, un desmembramiento, frente más bien a experiencias plenas y sanas de la cultura… Me quedo pensando sobre si revelar las fisuras de la vida de la niña de origen campesino en un mundo desmembrado, ya atravesado por un daño estructural, en contrapunto con un registro pleno de la cultura (los llameros), provoca que la utopía de algún modo amortigüe, silencie o asfixie la dimensión de ese daño y de la destitución extrema. Me quedo pensando hasta qué punto la celebración de la cultura y esa visión de la redención vía el amor encontrado y la muerte buena anula la necesidad de enfocar en el nudo duro y oscuro del cuerpo femenino doble, triplemente agredido desde todos los frentes…

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