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El renacido

A pesar de su portentosa fotografía, el paquete resulta desmesurado para el contenido en la película de Iñárritu, a quien le falta capacidad de síntesis y sugerencia.

El Renacido. Foto: laprimerapiedra.com.ar

El Renacido. Foto: laprimerapiedra.com.ar

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz k.

14:11 / 15 de febrero de 2016

Alejandro González Iñárritu está completamente persuadido: lo suyo es la hipérbole. La cifra de... su estilo, digamos. La clave de su expeditivo acceso a los dominios de los elegidos por la escurridiza diosa fortuna, avara en el reparto de fama y pesos. Mal no le va. Ser por segundo año el favorito a subir varias veces al podio en la pomposa ceremonia de reparto de estatuillas de la academia de Hollywood no es algo visto todos los días. Dato que de seguro tampoco agrada mucho a Trump. Se trata de un espalda mojada. Con pasaporte y tarjeta verde, claro, pero semejantes minucias resultan prescindibles para los herederos del Ku Klux Klan.

Que todo eso haga de Iñárritu un gran director ya es sapo de otro pozo. Desde los primeros pasos de su filmografía por ahora breve —éste es el sexto largometraje— cada título vino henchido de ambiciones y empaquetado en envoltorio de lujo. Amores perros (2000), 21 gramos (2003) y Babel (2006), los tres guionizados por su compatriota Guillermo Arriaga, especulaban con la circularidad del tiempo, asunto nada menor. El método narrativo consistía en sumar varias historias, a cual más sórdida y trágica, entrelazándolas en busca de un común denominador dramático, si bien terminaban escorando hacia la dispersión. En Babel la trama viajaba por cuatro países, con lo cual resultaba una simple agregación de anécdotas y subnarraciones infructuosamente entreveradas, dañando de modo severo el hilván general.

Biutiful (2010) marcó la ruptura del realizador con Arriaga, vinculándolo con los guionistas argentinos Bo y Giacobone. Tal asociación derivó en la exacerbación del gusto por el exceso y el golpe efectista al hígado, o más abajo, del espectador. Drogadicto, enfermo terminal de cáncer, separado de su mujer igualmente adicta a los alcaloides duros y a la prostitución eventual, y dotado de poderes paranormales, Uxbal (Javier Bardem), el protagonista, es llevado a un interminable descenso al infierno donde la inescrupulosa cámara no deja inexplorada ninguna miseria, humana y de las otras. Que Uxbal orine sangre frente a la cámara a menos de 10 minutos de arrancar el relato ya marca la pauta de cómo viene la cosa.

Birdman (2014), nunca estrenada en nuestro medio —los caminos de la distribución hegemónica son más insondables que los del Señor— pero comercializada a destajo en el mercado pirata, describía cuatro días en la vida de un actor, exestrella de Hollywood, decidido a dar batalla hasta el final para acabar por lanzarse metafóricamente en vuelo hacia la posteridad y la redención de sus penurias. Simulando haber sido filmada del primer al último fotograma en un solo plano-secuencia, la película aparenta más de lo que es, constatación evidente no bien se toma un poco de distancia respecto a los malabares técnicos desplegados con fruición para dejar boquiabiertas a las plateas.

La desmesura es de igual manera el rasgo sobresaliente de El Renacido, el nuevo tour de force de un director que confunde, o finge confundir, realismo impostado con verosimilitud, manía que casi provoca el congelamiento de Leonardo DiCaprio, que podría convertirse en el primer actor en hacerse de una estatuilla por haber sobrevivido a la hipotermia.

Algo más de dos horas y media le demanda a Iñárritu ponernos al corriente de la ordalía real con ribetes de leyenda experimentada por Hugh Glass allá por 1823, en pleno tiempo de conquista del territorio norteamericano y de exterminio de sus habitantes originarios. Glass, un guía y trampero que compartió parte de su vida con tribus de indios amenazadas por los cazadores de pieles, y cuya mujer resultó asesinada durante una de las expediciones de aquellos, tenía por única compañía a su hijo, finalmente muerto también a cuchilladas por otro miembro de la expedición que Glass conduce a través de las heladas praderas. Después de ser casi destrozado por un oso y de quedar abandonado por sus “compañeros”, el factótum de esta historia afronta, en solitario, el épico desafío de sobreponerse. Lo mueve el instinto de supervivencia, acicateado por el propósito de vengarse del homicida.

Le tocó a Leonardo Di Caprio asumir el protagonismo excluyente en el rol nada sencillo de ese hombre resuelto a ganarle a la naturaleza. Sale bien parado del encargo, padeciendo de modo convincente sus penurias sin fin, no obstante verse obligado en varios momentos a bordear la sobreactuación, muy a tono con la hinchazón usual en los trabajos del multigalardonado realizador.

A Iñárritu le excita plantear(se) enrevesados desafíos de puesta y producción, para demostrar(nos) que ningún escollo técnico que le resulta insalvable. Si no fuera puro divertimento exhibicionista, ello debiera redundar en una armonía creciente entre lo contado y la forma de hacerlo, entre el pretendido apego a la realidad y las formas recurridas para recrearla. El Renacido es el atestado demoledor de lo contrario. No me refiero al plantígrado digital ajetreado en deglutir a Glass, puesto que hasta al director debió antojársele una demasía poner a Di Caprio a expensas de uno real. Hablo del uso y abuso del lente gran angular —el ojo de pez— a través del cual la película mira, durante muy buena parte de los 186 minutos de metraje, la peripecia del superviviente.

Tales lentes permiten ampliar a 180 o más grados el campo visual encuadrado en pantalla. La contrapartida es la distorsión de las perspectivas —todo parece más lejano— y, en el caso de los primeros planos, la desfiguración. ¿Para qué diablos sometió Iñárritu a sus actores y técnicos a un rodaje casi siempre a 20 bajo cero, si no es en función de un caprichoso afán por la desmedida?

La portentosa fotografía de E. Lubetzki, que aprovecha a plenitud los cambios de luz en los escenarios naturales, es el nutriente básico de un relato visual sobre todo y abocado a una anécdota más bien sencilla relatada —por primera vez en la obra del director— de manera lineal, con la salvedad de unos cuantos flashbacks. Pero el tamaño del paquete resulta otra vez demasiado grande para el contenido, sin hablar de la casi ridícula secuencia del enfrentamiento final, estirada hasta la extenuación. Como para ratificar, por sexta vez, que si algo le resulta ajeno a Iñárritu es la capacidad de síntesis y sugerencia, pues como siempre necesita mostrarlo todo, subrayarlo, exprimirlo hasta la última gota. No sea que el espectador dude un segundo de estar frente a un maestro. Aun cuando esté lejos de serlo.

Ficha técnica

Título original: The Revenant. Dirección: Alejandro González Iñárritu.

Guión: Mark L. Smith, Alejandro González Iñárritu. Novela: Michael Punke.

Fotografía: Emmanuel Lubezki. 

Montaje: Stephen Mirrione.

Diseño: Jack Fisk.

Arte: Laurel Bergman, Michael Diner.

Maquillaje:  Marlaine Andresen.

Efectos: Brandon Allen, David Benediktson.

Música: Carsten Nicolai, Ryuichi Sakamoto.

Producción: Markus Barmettler, Alexander Dinelaris.

Intérpretes: Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Will Poulter, Forrest Goodluck. – USA/2015.

(*) Pedro Susz es crítico de cine.

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