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Con el cine busco la poesía

Bertolucci. El gran realizador italiano vuelve a la carga. Autor de obras fundamentales como ‘Novecento’ y ‘El último tango en París’, está fascinado por la tecnología y la frescura de los jóvenes

Director • Bernardo Bertolucci tiene hoy 72 años y un nuevo film, ‘Tú y yo’. Foto: telemundo33.com

Director • Bernardo Bertolucci tiene hoy 72 años y un nuevo film, ‘Tú y yo’. Foto: telemundo33.com

La Razón / Pablo Ordaz - El País, Madrid

00:00 / 14 de julio de 2013

Bernardo Bertolucci ha regresado. A sus 72 años, el director de cine italiano conduce su “silla eléctrica” por el barrio del Trastevere sorteando los agujeros que el anterior alcalde, el posfascista Gianni Alemanno, le ha dejado en herencia a Roma. El autor —entre otras muchas— de El último tango en París, Novecento y El último emperador había firmado su última película (Soñadores) en 2003, y desde entonces se había encerrado, tal vez escondido, en este silencioso apartamento de techos altos, libros y recuerdos junto al Tíber. El año pasado, una novela del escritor Niccolò Ammaniti, Io e te (Tú y yo), logró sacarlo de su soledad buscada, de esas cuatro paredes en las que tantas otras veces ha encerrado a sus personajes. “El cine es mi terapia”, reconoce, para preguntar después con la ilusión de un chico: “¿Sabes que seré presidente del jurado en el Festival de Venecia?”.

La promoción en Italia de Tú y yo  le ha servido para constatar que, al margen de las críticas buenas o malas, los italianos lo sitúan ya en el altar de sus mitos.

— ¿Qué debe tener un libro, un guion, para que se decida a convertirlo en una película?

— Cada vez es por una cosa distinta. Aquí es por los jóvenes. Me gusta trabajar con jóvenes. También en la última película, Soñadores, lo son. No sé por qué. No es sólo por estética, la belleza que todavía conservan. Tal vez es porque tengo la sensación de verlos crecer delante de la cámara. De hecho, Jacopo (Olmo Antinori, el protagonista masculino de Io e te) ha crecido desde el inicio hasta el fin de la película.  Lamentablemente, no me acordé de tomar las medidas haciendo una señal sobre la pared. Habría sido bonito. Me gusta mucho la frescura de los jóvenes. En esta película se hace evidente una estrategia mía de director: una vez terminado el reparto, cuando comienza el rodaje, aquello que he ido descubriendo en los actores se convierte en un material para mí irrenunciable, que va modelando a los personajes escritos sobre el papel, otorgándoles un aspecto más definido. Tea Falco (la protagonista femenina) es una muchacha de Catania, parece muy sofisticada con su pelo rubio y largo, pero a la vez —y es una pena que sólo los italianos que vean la película puedan notarlo tiene un marcado acento siciliano—. Después se descubre que detrás de esa belleza y ese acento hay una historia. También los espectadores. Es un viaje.

— Un viaje al trastero del sótano puede convertirse en un viaje hacia el infinito.

— Así es. Sólo al final de la película podremos deducir un viaje hacia el infinito. Antes no se sabe cómo será este viaje, adónde irá Lorenzo. Un adolescente que, en vez de marcharse de excursión durante la semana blanca, elige la opción más extrema para un chico de 14 años, la de encerrarse en el sótano de casa, haciéndoles creer a sus padres que está muy lejos de allí, con sus compañeros de clase, disfrutando de la semana blanca. Yo no he tenido hijos, pero a través de los hijos de algunos amigos he sabido que es una edad muy difícil. He visto a estos muchachos sentir odio por sus padres. Se cierran en su habitación, con la música altísima. Es un momento de la vida difícil. De hecho, al inicio de la película, la relación del protagonista con la madre, ya se ve que él no logra controlarse, que la provoca. Pueden ser muy infantiles y muy adultos a la vez. Tener —como Lorenzo— caracteres contradictorios. Ser muy retraídos hasta llegar a preocupar a los padres y, en cambio, demostrar muy buen sentido, mucho control. Se ve cuando organiza meticulosamente su encierro.

— Como en El último tango en París (1972) o en Asediada (1998), en su nueva película también encierra a su pareja protagonista en un lugar aislado, para que desde allí busquen la libertad, la transgresión. ¿Se siente usted bien en los lugares cerrados?

—Mira a tu alrededor. Hace bastante tiempo elegí este lugar donde estar siempre. Y esta última película la he rodado aquí al lado, al final de Via Corsini. Al lado del Jardín Botánico hay una casa con un estudio muy grande  (y allí) hemos creado las condiciones para que me pudiera mover  con la silla eléctrica, dentro del patio, en el garaje… No tardaba más de un minuto en ir de mi casa al rodaje. Me he tenido que crear unas condiciones amables para trabajar sabiendo que esta ciudad no es —o no era en el tiempo del alcalde Gianni Alemanno (alcalde de Roma hasta hace un mes)— una ciudad amigable. El Trastevere es un barrio muy hermoso, pero cuando salgo de casa tengo que estar muy atento a no tropezar con mi silla eléctrica, porque faltan sampietrini (los característicos adoquines romanos), hay agujeros en las aceras, corro un riesgo cierto de caerme. Esta ciudad tan bella se ha convertido en lo contrario de amable. Es hostil.

—Su otra ciudad prohibida…

— Cierto. Es una verdadera ciudad prohibida. Por cierto, ¡también la ciudad prohibida de El último emperador (1987) era un espacio cerrado! Otra película mía que se desarrolla en un lugar cerrado. No sé. Tal vez en el fondo esto tenga alguna relación con el hecho de que a mí, cuando tenía cuatro o cinco años, me gustaba mucho ir a la cama de mis padres y meterme bajo las sábanas, ir hasta el final —con el pánico de asfixiarme— y luego regresar para volver a respirar. Nunca se sabe si esas pequeñas cosas de crío… Pero es verdad eso que se dice: buscar la libertad en un lugar cerrado. Eso es. Claustrofilia en vez de claustrofobia… Sí, mucha gente suele sentir claustrofobia en los lugares cerrados, yo en cambio siento claustrofilia.

— Su última película está llena de huellas de otras suyas.

— Ummm… Es probable. Pero no a propósito.

— ¿En qué piensa? Ya hemos hablado de los lugares cerrados, pero también está el baile de los protagonistas. ¿El baile entre hermano y hermana?

— Sí, tal vez. Es una especie de catarsis. En ese momento, allí, en el trastero del sótano, yo veo que florece el amor entre ellos y que lo aceptan. Es el momento en que se rinden y aceptan amarse. Me he reído porque algún amigo, algo decepcionado, me ha dicho: “Yo esperaba que sucediese alguna cosa erótica”. No. El amor entre hermano y hermana puede ser también erótico, naturalmente, pero aquí no me interesaba esa vía. Me interesaba más la otra experiencia, la de llegar a la liberación a través de un trastero oscuro. La ayuda que él, un chico de 14 años, es capaz de prestar a su hermana, 10 años mayor, drogadicta, para ayudarla a salir del síndrome de abstinencia. La acompaña, e incluso va a robar los somníferos de su abuela. Y allí él está creciendo.

— ¿Los jóvenes de hoy piensan todavía que es posible cambiar el mundo como aquéllos de hace 30 o 40 años?

— No lo sé. Lamentablemente, no tengo hijos. Veo sólo a los hijos de los amigos. Yo viví una época extraordinaria. Desde niño ya crecí en la leyenda de la resistencia —yo soy de Parma, los partisanos, los comunistas—, y después me encontré con esa onda maravillosa de los 60, del 68, que ha sido después muy criticada, olvidada incluso. Para mí, el 68 —que duró hasta la década de los 80— sigue siendo muy importante: fue el último momento en que, a través de los jóvenes, la gran comunidad internacional soñó con cambiar el mundo. Y de allí partió de alguna manera el nuevo modelo de sociedad. Después del 68, por ejemplo, las mujeres lograron mucho más espacio y comenzaron a ser conscientes de su papel en la sociedad… Hoy no sé si los jóvenes conservan ese espíritu.

— Ahora, al menos, las calles vuelven a estar llenas de gente que busca una salida.

— Tal vez haya algo en el ambiente parecido a aquella época. Yo miro mucho al presente. Miro sin estar presente. Veo muchas cosas. Y lo que siento es que el cambio ha sido muy fuerte, pero no nos hemos dado cuenta. Se nota en todo. Incluso en la actitud que se tiene al juzgar una película. Nuestra generación tenía una actitud muy diferente.

— ¿En qué sentido?

— Tal vez porque no teníamos esa especie de bombardeo constante de imágenes. Y que de alguna manera empobrecen la sorpresa de una película. Cuando yo tenía 15 años, se hablaba de un chino y se pensaba en los chinos que había en las novelas de aventuras. Fíjate: yo estaba tan fascinado por el misterio de los chinos que fui a China a hacer El último emperador… Ja, ja, ja. Pero todo se ha globalizado y desmitificado. Hay cosas cercanas que estaban en el fondo del tabú.

— Hablando de tabúes, a principios de los 70, después de rodar El último tango en París, usted perdió el derecho de voto por ofensa al pudor. Fue condenado en Italia, y también lo fue Marlon Brando. ¿Aquellos tabúes cayeron del todo o están aún en pie, sobre todo en Italia, donde la presencia del Vaticano es muy fuerte?

— Hace 40 años, los jueces condenaron la película, al autor, a los actores, al productor con penas que incluían la prisión, pero al final nos dieron la condicional y no tuvimos que ir. Pero sí nos quitaron los derechos civiles. Yo no pude votar durante cinco años. Para mí supuso una herida. Tenga en cuenta que fue a mitad de los años sesenta, era justo cuando estábamos más politizados, cuando rodé Novecento. No sé. A pesar de las expresiones multitudinarias de fe, el modo de ser religioso de los italianos es, digámoslo así, muy cómodo. Las iglesias están vacías, a los seminarios sólo van los jóvenes que vienen de países en vías de desarrollo. El hecho de haber elegido a Francisco ha sido una gran jugada de astucia por parte del Vaticano. Porque la Iglesia vive unos momentos difíciles, la presión de quienes quieren que los curas se casen, los casos de pederastia. ¿No crees que si los curas pudieran casarse no disminuiría el problema? ¿Tú eres católico…? Yo no puedo decir que no soy católico. Porque he nacido en este país, somos de procedencia católica. Y sobre la presión de la Iglesia, qué decir… Los romanos, dada la cercanía del Vaticano, han encontrado un modo inteligente de convivir.

— ¿Cómo ve a la actual Italia?

—Después de las elecciones generales, me ha dado la impresión de estar asistiendo al suicidio del centroizquierda. Me parece que el Partido Democrático (PD) ha puesto en escena un gran suicidio. Y ni siquiera romántico. Estamos viviendo un momento más fuerte incluso que cuando el Partido Comunista Italiano (PCI) se fue despojando del nombre para convertirse en el Partido Democrático. Lo de ahora es un suicidio. ¿Qué error han cometido? No lo sé. Se puede hablar de una mutación casi. En cualquier caso, durante mi ya larga vida he visto y vivido situaciones que parecía imposible que sucedieran. Tal vez por eso mi generación, e incluso las más jóvenes, somos incapaces de leer bien lo que sucede. Analizamos siempre lo que sucede con una óptica un poco… anticuada.

— Tal vez esa óptica pueda servir de referencia para entender que está sucediendo en Italia, en Europa en su conjunto, un empobrecimiento general, una pérdida de algunos derechos alcanzados. Hace unas semanas, Soledad Gallego-Díaz escribía (El País, Madrid) que “la normalidad” en Grecia incluye que un 10% de los niños sufran inseguridad alimentaria y que Amanecer Dorado envíe al hospital a seis inmigrantes diariamente. Y decía: “El jueves, como en Novecento, un capataz disparó contra jornaleros inmigrantes que reclamaban salarios atrasados”.

— ¿En Grecia? ¿Y lo comparó con Novecento? Sí, ciertamente hay una alarma social de la que no se habla lo suficiente porque se tiene miedo. Yo no sería capaz de condenar a un padre que roba para dar de comer a sus hijos. Creo que pueden darse situaciones dramáticas

— En Parma, su ciudad, escenario también de Antes de la revolución (1964), se produjo el primer éxito electoral de Beppe Grillo, que es quien ha capitalizado la indignación que provocan esas situaciones tan dramáticas. ¿Qué piensa del Movimiento 5 Estrellas?

— A pesar de haber nacido de la improvisación, y de sufrirla, Beppe Grillo ha logrado mostrarse como el representante alternativo de una Italia que ya no soporta la corrupción. Es un cómico, un hombre de teatro, y sabe cómo atrapar a la gente. Lo he visto el año pasado en sus mitines. Desde el escenario decía: “PDL (el partido de Silvio Berlusconi), vaffanculo, PD vaffanculo”. Y luego decía: no somos un partido, somos un movimiento. Hay alguna cosa que no me disgusta, la crítica a la liturgia política. Pero, por otra parte, perdona, Beppe, si no son un partido, ¿qué son? ¿Tú? ¿Solo tú y alrededor toda Italia adorándote? No, sin partido no se puede gestionar la sociedad en la que estamos habituados a vivir. No quiero un líder único. He sido educado para amar las diferencias, los distintos.

En los últimos tiempos, en Italia se ha vuelto a hablar de Tangentopoli, aquella extensa red de corrupción que acabó con la Primera República. Dos décadas después, da la impresión de que estamos en las mismas. En aquel momento, yo me decía: Italia no debe perder esta oportunidad. No sólo por los 200 o 300 involucrados en el proceso de Manos Limpias. Aquello era sólo la parte visible del iceberg. El problema es que aquí todos estamos en esa mentalidad. En Italia somos muy poco respetuosos con las reglas. A veces hasta nos vanagloriamos de ello. Viviendo mucho tiempo fuera, por ejemplo en Inglaterra, me he dado cuenta de que la gente respeta las reglas, y cuando uno no las respeta, los otros le llaman la atención. En Italia hay otra mentalidad. Por eso digo que los italianos no aprovecharon la experiencia de Tangentopoli para hacer examen de conciencia. El ejemplo es que durante los 20 años que siguieron al proceso Manos Limpias votaron a Berlusconi... Hay en el alma de los italianos la búsqueda de una figura autoritaria. Es justo contra lo que me enseñaron a luchar desde niño.

— ¿Cómo influyó su padre, Attilio Bertolucci, un poeta muy querido, en su vocación?

— Nada más empecé a leer, supe que mi padre escribía poesía. Y leí una poesía que se llama La rosa blanca, que dice: “Cogeré para ti / la última rosa del jardín, / la rosa blanca que florece / en las primeras nieblas. / Las ávidas abejas la han visitado / hasta ayer, / pero es tan dulce aún / que hace temblar. / Es un retrato tuyo a treinta años / un poco desmemoriada, / como tú serás entonces”. Leí aquella poesía y salí al jardín, y allí, al fondo, estaba la rosa blanca. No tuve necesidad de ir más lejos. Entendí enseguida que la poesía de mi padre estaba hecha con aquello que tenía alrededor. Es como si él me hubiese enseñado a buscar la poesía en todo. En todo. También donde no te lo esperas. Ésta es la cosa más importante. Escribí poesía, pero decidí no continuar porque él era demasiado bueno y no podía ganarle. Así que cambié de oficio. Fue él, de alguna manera, quien me orientó hacia el cine. Con el cine, también yo busco la poesía.

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