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En primera plana

Una película pausada que renuncia a los protagonismos excluyentes y a los efectismos para crear una atmósfera tensa que sigue al espectador al marcharse de la sala.

Un fragmento de Spotlight. Foto: theguardian.com

Un fragmento de Spotlight. Foto: theguardian.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz k.

13:48 / 22 de febrero de 2016

Es una lástima que la bobería mediática trastoque una vez más las cosas, poniendo en primer plano las varias nominaciones de esta película para el inminente Oscar, dato que en el fondo no quita ni pone un gramo a la ponderación del trabajo en sí, al cual no le faltan aristas por demás interpeladoras, al igual que valores de tratamiento... pero ayuda a su mejor comercialización. Lamentos aparte, la realización de Tom McCarthy puede apreciarse como un intento de reconstruir con minuciosa filigrana la investigación periodística que desató un mayúsculo escándalo en torno a los reiterados casos de pederastia cometidos por varios sacerdotes católicos de la diócesis de Boston y, al mismo tiempo, como un nostálgico chau al papel de la prensa escrita, hoy en crisis terminal frente a la aplastante expansión de los medios digitales.

En 2002, dando término a medio año de escrupulosa indagación de los hechos —trabajo que no cesó siquiera cuando la prensa del mundo focalizó su atención sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001— el diario Boston Globe puso al descubierto los abusos sexuales a niños cometidos por alrededor de 200 curas de la ciudad más católica de Estados Unidos. El horror venía empero de lejos y había sido posible barrer la basura debajo de la alfombra porque los dueños de las escobas eran los interesados en escamotear las evidencias, permitiendo a los abusadores pasar de una parroquia a la siguiente.

De hecho, el propio Boston Globe tuvo acceso una década antes a reclamos y documentos, tratados con bajo perfil en pequeñas columnas interiores y luego remitidos al archivo. Que las víctimas pertenecieran a los estratos bajos de una sociedad fuertemente estratificada, sumado al acostumbramiento frente a un pleito que todos daban de antemano por perdido dado el tamaño y el peso del antagonista, fueron algunas de las causas de la negligencia. El arribo de Marty Baron, nuevo editor en jefe, resultó decisivo para interesar en el asunto a Spotlight, un pequeño equipo de tareas especializado en pesquisas a fondo. Era preciso que alguien venido de afuera, ajeno a las complicidades estatuidas, a los débitos sociales, sin lazos familiares, o deudas de favor retomase el hilo del ovillo para mirar la cuestión desde una distancia imprescindible para apuntar a la médula de un sistema prostituido.

“Vamos tras el sistema” es la consigna impartida por Baron a los cuatro reporteros/redactores, impulsándolos a trascender los hechos para indagar en los motivos por los cuales ni la jerarquía eclesiástica, ni el aparato judicial, ni la pacata sociedad bostoniana mostraron la menor voluntad para escuchar las denuncias. “Se necesita todo un pueblo para criar un niño, y también para abusar de él”, termina por constatar abrumado el coordinador de Spotlight, rememorando cuán displicente fue él mismo en el pasado al conocer lo que ahora redescubre con espanto.

La inclusión en los créditos de cualquier película del cartelito “basada en hechos reales”, más que aguzar el interés despierta ya fundadas sospechas, vistos los adefesios cometidos por directores que se remiten a la “realidad” a modo de coartada para disipar cualquier riesgo de estrés creativo, o para sentirse dispensados del mínimo compromiso con el instrumento expresivo elegido, librándose al cómodo ejercicio de la rutina y el lugar común.

McCarthy —un director del cada vez más acorralado cine independiente norteamericano— arriesgó todas sus fichas a un relato atenido a las enseñanzas de los mejores antecedentes del cine “de periodismo”. Emparentada en varios aspectos, formales sobre todo, con Todos los hombres del presidente (Alan Pakula, 1976), la realización que puso en pantalla los entretelones del caso Watergate, en primera plana gambetea atinadamente cualquier tentación de armar una trama de suspenso elevando a sus protagonistas a la condición de héroes.

Pausada, casi flemática, la narración se dedica a seguir a un grupo de gente que no hace otra cosa sino desarrollar de manera seria y apasionada su trabajo. El grueso del metraje los muestra leyendo, conversando, entrevistando, polemizando entre ellos. No se sienten predestinados a cambiar la historia, apenas cumplen a cabalidad la tarea que se impusieron. Y si el resultado los enfrenta a la comunidad, es una consecuencia inevitable de poner sobre la mesa todo lo averiguado, encarando a los lectores con un espejo que les devolverá una imagen poco amable de los comportamientos institucionalizados.

La contención emocional perseguida por McCarthy en el tratamiento de la trama tiene una coherencia absoluta con la renuncia a los protagonismos excluyentes, igual que a los efectismos visuales o sonoros. Si bien los roles centrales han sido encomendados a nombres consagrados, es el equipo el gran protagonista. De la misma manera, la reconstrucción de una época reciente del periodismo gráfico se limita a poner en imagen una redacción que empata con la idea que de tal ambiente tiene el imaginario común. La fotografía es cruda, directa, y la banda sonora de Howard Shore se suma a la construcción de una atmósfera tensa, sin desbordes enfáticos ni sonoridades apuntadas al sobresalto de la platea.

¿A qué viene década y media después del alboroto una realización dedicada a escarbar en sus entretelones? podría lícitamente preguntarse cualquier espectador. El asunto de fondo no ha perdido actualidad. De acuerdo a los datos recogidos por un psicoanalista, que la película cita a menudo, el 6 por ciento de los sacerdotes incurrió alguna vez en pedofilia. Lo sabe bien el Papa, a quien le resulta menos engorroso desandar a besos 938 años de escaramuzas con la Iglesia Ortodoxa Rusa que desmantelar las abigarradas redes de corrupción de su propia institución. De la amplia vigencia de esa lacra dan cuenta regularmente frecuentes nuevas revelaciones publicadas en los medios. Ahora sin el efecto revulsivo de las de entonces, pues la aluvional promiscuidad noticiosa termina provocando el acostumbramiento de los consumidores acríticos de información aun a los peores extremos de la cotidianidad.

En ese orden de cosas, la propuesta de McCarthy logra el gran mérito de exponer al espectador a un drama que muy pocos olvidarán al marcharse de la sala. Por el contrario, sus amargos ecos seguirán gravitando sobre nuestro ánimo mucho después de la palabra fin.

Ficha técnica

Título original: Spotlight. Dirección: Tom McCarthy.

Guion: Josh Singer, Tom McCarthy.

Fotografía: Masanobu Takayanagi.

Montaje: Tom McArdle.

Diseño: Stephen H. Carter.

Arte: Michaela Cheyne.

Música: Howard Shore.

Producción: Michael Bederman, Kate Churchill.

Intérpretes: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian d'Arcy James, Stanley Tucci, Elena Wohl. - USA/2015.

(*) Pedro Susz K. es crítico de cine.

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