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Steven Spielberg despliega su pericia narrativa en la película protagonizada por Streep y Hanks.

Escena de la película "The Post"

Escena de la película "The Post" Foto: newsline.com

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz K*

09:00 / 14 de marzo de 2018

Al cabo de un prolongado periplo por los más variados géneros, Steven Spielberg daría la impresión de haber resuelto recalar en el histórico, según puede concluirse por simple, eventualmente antojadiza, inferencia al constatar que cuatro de sus cinco últimos largos —con la sola excepción de Mi amigo el gigante (2016)— estuvieron ambientados o se basaron directamente en eventos y personajes tomados de la historia: Caballo de guerra (2011); Lincoln (2012); El puente de los espías (2015) y ahora The Post, estrenada en buena parte de los países de habla hispana con el título Los archivos del Pentágono.

Que Spielberg puede ser tomado por un autor cabal es materia irresuelta, eventualmente irresoluble, de controversia en curso. En cambio los números certifican, sin dejar lugar a dudas, que se trata en términos de recaudación del más exitoso realizador en la historia de Hollywood. Más relevante, y aun cuando sobre este punto tampoco exista consenso absoluto, muchos críticos y comentaristas coinciden, me incluyo, en considerarlo un indiscutible exponente de la mejor orfebrería narrativa —tributaria de la época del cine clásico norteamericano—, capaz de encontrarle la vuelta a cualquier asunto en principio aparentemente desprovisto de materia prima como para conectar con el interés del espectador y mantenerlo vivo a lo largo del relato.

Ahí está, sin ir más lejos, justamente la película que nos ocupa, cuya trama carece de los ingredientes de acción, cuando menos en el sentido excluyente atribuido por el grueso de productores y realizadores al término como equivalente de movimiento, despliegue físico a raudales, violencia explícita y abundancia de averías de toda índole inferidas a los objetos al igual que a los sujetos inmersos en peripecias desvestidas por lo general de cualquier atributo adicional a la agitación en sí.

Lo dicho, el escándalo a propósito de los papeles secretos del Pentágono expuestos al dominio público a finales de los 60 era esencialmente un contencioso legal, objeto de discusiones de gabinete y entredichos judiciales.

En el prólogo The Post se remonta a los años más candentes de la intervención norteamericana en Vietnam. Alistándose para el combate, un grupo de marines hacen notar su desconfianza hacia uno de los oficiales. “Ese tipo viene a observarnos”, constatan aludiendo a un extraño personaje que no se despega de su máquina de escribir portátil. El personaje en cuestión es Daniel Ellsberg, hombre de confianza del secretario de Defensa Robert McNamara en los gobiernos de Kennedy y Johnson.

En 1971, Ellsberg resolvió filtrar al New York Times algunas de las 7.000 páginas de documentos de un estudio ultrasecreto elaborado por el Departamento de Defensa, encarpetados bajo el insípido nombre Relaciones Estados Unidos-Vietnam, 1945-1967. Se encontraba agobiado en conocimiento de las sistemáticas falsedades de la información oficial, propalada por cinco sucesivas administraciones gubernamentales —indistintamente republicanas y demócratas ya entonces atenidas al uso discrecional de la posverdad y de las fakenews—, las cuales escamoteaban con premeditación y alevosía las evidencias contenidas en el estudio dando por sentado con toda franqueza que se trataba de una aventura sin la menor probabilidad de éxito, lo cual no impidió a los gobiernos del país del norte mandar al matadero, por puro cálculo geopolítico, a 58.000 jóvenes caídos en combate, eso sin contar las iguales o más víctimas del bando contrario.

La filtración provocó de inmediato una destemplada respuesta acorde al tosco talante del entonces presidente Nixon, quien obtuvo una inicial determinación judicial prohibiendo al periódico neoyorkino reincidir en cualquier publicación de parecida índole. A los administradores del Washington Post, todavía entonces un diario local de modesto tiraje, les pareció llegada la oportunidad de cobrar relevancia nacional, abriendo sus páginas a nuevas revelaciones y multiplicando así sus ventas.

No era empero una decisión desprovista de enormes riesgos. Entrañaba de arranque un previsible enfrentamiento frontal con la administración Nixon. Sobre los entretelones de la discusión interna entre el editor Ben Bradlee y la propietaria-directora Katharine Graham, alrededor de los cuales revolotea una bandada de abogados y representantes del consejo editorial, focaliza su mirada el relato de Spielberg.

Bradlee es un personaje enérgico, persuadido de la urgencia de sacar cara por la ética periodística y por las libertades anotadas en la primera enmienda de la Constitución norteamericana. Graham, quien se ha visto forzada a tomar en sus manos el timón de la empresa familiar luego del suicidio de su marido, forcejea en soledad con sus propias vacilaciones, con su inexperiencia y, sobre todo, con la intimidatoria dosis de alertas y recomendaciones de prudencia de esa alborotada tropa de allegados asustadizos, conservadores, convencidos de la necesidad de llevarse bien con el poder y desconfiados del tino de la directora solo por el hecho de ser mujer.

Acerca de los riesgos justamente de cualquier relación demasiado próxima entre los periodistas y los funcionarios gubernamentales advierte sin subrayados accesorios una de las subtramas del relato. La idea está resumida en la noción conclusiva de la sentencia de la Corte Suprema que finalmente puso freno a los intentos de censura gubernamental advirtiendo “La prensa está para servir a los gobernados, no a los gobernantes”. Frase mencionada al pasar y que al igual como varios otros señalamientos de la película cobra especial relevancia en la era Trump. ¿Casualidad?, dudo mucho.

La filmografía de Spielberg ha sido objeto de persistentes reparos a propósito de su presunta implícita adscripción misógina, dado el supuesto rol siempre secundario reservado a sus personajes femeninos, subordinados a los heroicos varones protagonistas, lo cual no es enteramente cierto, ni mucho menos, si se aprecian las cosas con mayor detenimiento en varios de los títulos de esa dilatada obra. Aquí en cualquier caso el agobiante cerco de presiones masculinas en torno a Graham y la entereza con la cual ésta se sobrepone a sus propias dudas y a semejantes apremios del entorno da la impresión de ser un guiño apuntado hacia aquellas objeciones.

A propósito de guiños, en el epílogo, con atinada mesura, se alude al episodio acaecido tres años más tarde cuando otra investigación de los reporteros del Washington Post sacó a luz los trapos sucios de Watergate, escándalo que obligó al irascible y atrabiliario Nixon a liar los petates, como si la historia hubiese decidido descargar un mensaje aleccionador, patentemente desoído o incomprendido, es cierto, por los sucesores del expulsado.

Con esos insumos el realizador construye un lubricado relato despojado de efectismo y golpes bajos, atenido por el contrario a una contención de tono que no le impide alcanzar momentos de verdadera intensidad, ni tampoco mantener el ritmo preciso contando con el sólido aporte de algunos de sus colaboradores: Kaminsky en la fotografía, Williams en la banda musical, pero sobre todo con la más que maciza composición de Meryl Streep y Tom Hanks, rodeados de un elenco parejo en el cual nadie tienta robarse el foco. Por lo demás Spielberg sitúa la cámara, encuadra y deja a los actores en lo suyo. Solo cambia de ángulo, o corta a otro plano, cuando la progresión o la necesidad de acento dramático lo piden. Clara herencia del modo clásico de narrar según anotábamos arriba.

Que los personajes aparezcan un tanto, o bastante, demasiado idealizados en relación con sus verdaderas trayectorias personales, o que el embustero McNamara sea tratado con una delicadeza a ratos sospechosa de intención absolutoria, son tal vez los puntos más opinables de un trabajo que por lo demás constituye una verdadera lección de pericia narrativa en tiempos de inocultable escasez de tal cualidad.

Ficha técnica

Título Original: The Post

Dirección: Steven Spielberg

Guion: Liz Hannah, Josh Singer

Fotografía: Janusz Kaminski

Montaje: Sarah Broshar, Michael Kahn

Diseño: Rick Carter

Arte: Kim Jennings, Deborah Jensen

Música: John Williams

Efectos: Doug Coleman, Evan Pileri, Cody Brunty, Anwei Chen

Producción: Liz Hannah, Tom Karnowski, Steven Spielberg, Tim White

Intérpretes: Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Matthew Rhys, Alison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, David Cross, Zach Woods, Pat Healy, John Rue, Rick Holmes - EEUU/2017

*Crítico

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