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El círculo

Una trama chata y desnortada que lleva el relato a un atasco indescifrable hasta desbarrancar en una resolución atropellada.

El círculo. Foto: Internet

El círculo. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / Pedro Susz / Crítico de cine

00:00 / 06 de agosto de 2017

No es de poca cuantía el asunto que se trae entre manos James Ponsoldt en su adaptación del best-seller de Dave Eggers. Desconozco la novela. Es más, no tengo idea de quién es Eggers, coguionista también de la película, pero imagino que el texto habrá intentado fantasear en torno a ciertos tópicos de actualidad: la relación, cada vez en mayor grado de dependencia, de los internautas respecto a los dispositivos que concentran el tiempo y la atención de los usuarios de las redes en esta época de frenética hiperconectividad.

El círculo del título —poco imaginativo, con la apariencia de una alerta temprana acerca de la chatura sobreviniente— es cierta megacorporación informática, algo así como Facebook+Google, donde ingresa a trabajar Mae, la protagonista, alcanzando el sueño de legiones de adictos digitales.Al principio las cosas discurren de maravilla. Los ambientes de trabajo son puro ensueño, el clima laboral insuperable, los horarios por demás generosos. Encabezando la compañía Eamon Bailey, una suerte de divinidad para sus funcionarios, encarna a cabalidad al yuppie posmoderno: preocupado por la ecología, siempre dispuesto a la filantropía, con una posición política correcta: descafeinada pero propicia para vender su imagen.

El primer timbrazo de alarma para Mae es la reta recibida de un compañero al enterarse que ella no comparte todos los minutos de su existencia en las redes. Eso justo cuando El círculo se apresta a poner en circulación su último hit tecnológico: una cámara inalámbrica del tamaño de una canica ubicable en cualquier lugar para escuchar y ver todo “en vivo y directo”. Adminículos semejantes se encuentran en nuestro mercado desde hace varios quinquenios, de modo que la pretendida novedad no lo es en absoluto.

Acicateada por el repentino ascenso a otras tareas Mae resuelve ponerse a tono con el anuncio mesiánico del jefazo, el cual alega que el invento está destinado a cambiar el mundo. Resuelve entonces colocarse una de las bolitas en el ojal, para a partir de ese momento, exponerse —incluyendo a su entorno más próximo— al escrutinio colectivo las 24 horas del día.

Nada novedoso tampoco, sabido como es que todos los usuarios de los aparejos digitales “inteligentes” engordan con cada cliqueo el big data, la base de datos armadas por los administradores de redes y plataformas con las que establecen el perfil de cada quién a fin de venderlo a compañías que arman campañas publicitarias personalizadas. Tales bases de datos son las principales herramientas de vigilancia y espionaje, de invasión de la intimidad, para mantener bajo control a todos los individuos en una versión sofisticada del Gran Hermano imaginado por Orwell en 1984.

El deslumbramiento de Mae con sus nuevas funciones comienza a enturbiarse cuando detrás del entusiasmo ingenuo por las fiestas después del horario laboral y de la admiración sin cortapisas por la figura del CEO, lejanamente inspirada en la de Steve Jobs, el capo de Apple, comienza a intuir que algo oscuro se trama entre bambalinas y que el venerado jefe se las trae. Peor todavía al sentir que la relación con su mentora se va averiando por los celos profesionales y cuanto su entrega a tiempo completo a los designios de la corporación la van alejando de sus padres y conocidos, momento de inflexión que gatillará una determinación por demás previsible. Como todo en una película resignada a la chatura expositiva de su desnortada trama, renuente tomar partido, recayendo en la ambigüedad de exaltar aquello que pretende controvertir.

En formato de tecno-thriller el relato apela a la circularidad situacional, volviendo una y otra vez a la reiterativa insistencia en lo ya dicho o mostrado. Ejemplo de tal incapacidad para dar con recursos enriquecedores de la narración es la presencia forzada de Ty, personaje interpretado por John Boyega, siempre detrás de Mae, con los brazos cruzados. Personifica una amenaza latente, de chirriante obviedad, tanto que resulta inadmisible el tiempo requerido por la protagonista para caer en cuenta de los riesgos de su ingenua disposición a jugar el juego armado por los administradores de esa estrategia del ocaso definitivo de la privacidad a partir de la “transparencia” absoluta.

La primera mitad del metraje insinúa poner en imagen una corrosiva sátira del ambiente de Silicon Valley, con sus sectas de afiebrados creyentes en la trascendencia de su tarea frente a las pantallas desde las cuales se sienten dominando el mundo en una versión frívola del culto de la modernidad al progreso de la técnica. Pero la segunda mitad es un atasco indescifrable que acaba desbarrancado de manera definitiva con su atropellada resolución del relato.

Emma Watson deja al descubierto enormes limitaciones para componer un personaje consistente, con la complejidad requerida para que el conflicto existencial no se limite a poner en pantalla los conceptos prefabricados que le toca ilustrar desde una distancia negada al diálogo interpelante con el espectador. Por su parte, Hanks hace lo suyo con displicencia, tal si hubiese sabido de antemano que El círculo era una empresa condenada desde su arranque a la sinrazón.

No basta que una película aborde temas candentes o de incuestionable actualidad. Importa el modo de traducirlos en un relato dramáticamente estructurado para involucrar al público, seduciéndolo a confrontarlo con su propia vivencia y, de tal suerte, inducir una interiorización del problema a partir de la identificación con los personajes. No obstante, si el relato se restringe a la plana entrega de bocadillos pre-digeridos, sin el menor margen para esa confrontación, es muy esmirriado no solo el efecto en términos de toma de distancia respecto a las engañifas de la felicidad a un toque del dedito sobre la pantalla, sino que es asimismo abono para el círculo de los panópticos consentidos. Esos que Ponsoldt quiso al parecer sentar en el banquillo, solo que jamás consiguió dar con la punta del ovillo y terminó enredado.

Ficha técnica

Titulo original: The Circle.

Dirección: James Ponsoldt.

Guion: James Ponsoldt, Dave Eggers.

Novela: Dave Eggers.

Fotografía: Matthew Libatique

Montaje: Lisa Lassek, Franklin Peterson.

Diseño: Gerald Sullivan.

Arte: Sarah M. Pott, Sebastian Schroder.

Música: Danny Elfman.Efectos: Stefanie Azpiazu, Anthony Bregman.

Intérpretes: Emma Watson, Tom Hanks, Ellar Coltrane, Glenne Headly, Bill Paxton. -  USA/2017

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