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La creación del rock

Los Beatles publicaron hace 50 años ‘Sgt. Pepper’, un disco imprescindible que pateó el tablero y musicalizó el cambio del mundo.

Genialidad. En la foto principal, los Beatles durante las sesiones de grabación del ‘Sgt. Pepper’. Arriba, la banda toca en la película animada ‘Yellow Submarine’.

Genialidad. En la foto principal, los Beatles durante las sesiones de grabación del ‘Sgt. Pepper’. Arriba, la banda toca en la película animada ‘Yellow Submarine’.

La Razón (Edición Impresa) / Sergio Calero - comunicador

00:00 / 04 de junio de 2017

El jueves se cumplirá exactamente medio siglo de que —el 1 de junio de 1967— los Beatles lanzaron su octavo disco. Tenía un título tan largo como su proyección en el tiempo: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. El cuarteto sabía, o al menos intuía, sus posibilidades y por eso no se escatimaron costos para su grabación, presentación y lanzamiento. Lo que no sabían es que ese disco viviría mucho más que sus autores y que iba a crear el rock.

Antes del Sgt. Pepper el rock era un conjunto de tendencias sin unidad. Por un lado la revoltosa herencia del rock n roll de los 50, que había dejado ídolos como Elvis Presley, Litlle Richard y Chuck Berry antes de caer en desgracia. También era la invasión británica que había llegado precisamente con los Beatles, los Rolling Stones, Animals, Hollies y otros grupos. Estaba el sonido gringo a partir de la inserción de Bob Dylan en el sonido electrónico y el pop surf sicodélico de los Beach Boys. Y ya entonces habían surgido las innovaciones sonoras inclasificables de Doors y Cream, Jimi Hendrix y Pink Floyd.

El Sgt. Pepper fue el pináculo de esta transformación: bebiendo de todas las nombradas sonoridades se convirtió en el aglutinador del rock. A partir de entonces nació un género musical nuevo y distinto, dejó de ser rock n roll, dejó de ser beat y sobre todo dejó de ser una moda juvenil pasajera.

Pero no solo era la música. En ese turbulento 1967 el mundo vivía con el protagonismo de la juventud una de sus transformaciones más nítidas, en la política, en el arte y la cotidianidad. Se tradujo en su movilización contra la guerra de Vietnam y la ilusión de una nueva sociedad a través del hippismo. El Che Guevara ya estaba en Bolivia, también las manifestaciones universitarias y las de la liberación femenina.

Los Beatles le pusieron música e imagen a esa época y Sgt. Pepper fue un parte aguas que definió lo que habría de continuar y lo que se quedaría allí. Y se quedaron Los Herman Hermits, Los Monkees, incluso los grupos de Liverpool como Gerry & The Peacemakers y un centenar de bandas que habían colocado una canción en el ranking.

El Sgt. Pepper pateó el tablero modificando todo el panorama musical, desde la portada. Este álbum convirtió las tapas en arte, porque las expandió más allá de la imagen publicitaria y complementaria a la música, habitualmente resumida en una coqueta foto del artista o el grupo. Venía en una funda doble con un impactante collage del grupo junto a una treintena de personajes históricos que invitaban a la contemplación larga y detallada. Años después, con la teoría de la muerte de Paul McCartney y de que esta portada era el entierro, comenzó la mitología del rock.

Cansados del chillerío adolescente, el cuarteto había abandonado las giras para concentrarse en la creación. Fue Mc Cartney quien vino con la idea de un grupo alter ego a los Beatles, La Banda de Corazones Solitarios del Sargento Pimienta, ofreciendo su propio show. Con ese objetivo, que se fue extraviando en el camino, entraron a grabar en febrero de 1967.

El tema del disco y de apertura, Sgt. Pepper, se inicia tras un breve ambiente de espera con guitarras roncas y la voz gritada de Paul que son preámbulo del futuro rock pesado. El potente tema fue versionado solo tres días después de su publicación por Hendrix, con Paul y George entre el público. Era la introducción a un disco sin desperdicio donde cada canción tiene valor por sí misma y a su vez funciona como parte de una obra integral.

Le seguía la voz de Ringo Starr con With a Little Help from My Friends (Con una pequeña ayuda de mis amigos), en un atractivo diálogo vocal y una de las figuras de bajo más exquisitas de Paul. Lucy in the Sky with Diamonds (Lucy en cielo con diamantes) nació de un dibujo de Julian, que su padre John Lennon transformó en una de las canciones claves de la sicodelia: con “flores de celofán y taxis de papel periódico”. Textos alucinógenos que parecían corroborar el guiño del título a la droga de moda, el LSD. Getting better (Mejorando) es la cuarta canción, en la que sobresale el contrapunto entusiasta de Paul con el lado pesimista de John, en un tema novedoso por su ritmo marcado.

Fixing a hole (Arreglar un agujero) fue otro dictado de las drogas. Paul la escribió tomando bases de la música de los 30 pero la vistió con clavicordio y guitarras eléctricas y la convirtió en otra pieza sicodélica. En una época donde se evidenciaban como nunca las diferencias generacionales, She’s Leaving Home (Se va de casa) era el perfecto retrato de la joven que se escapa para buscar el mundo, sin que sus padres lo entiendan. Paul y John, en una atractiva combinación de voces y con instrumentación orquestal, pintaban este desencuentro con un delicado aire nostálgico.

El primer lado del vinilo lo cierra una canción circense, Being for benefit of Mr. Kite (En beneficio de Mr. Kite), que John Lennon escribió inspirado en un afiche de circo del siglo XIX. La cautivante atmósfera lúdica fue en gran parte mérito del productor y bien llamado “quinto beatle”, George Martin, y se convirtió en otro hito de la sicodelia. A base de cítaras, tablas y otros instrumentos hindúes George Harrison escribió una bella canción y abrió el mundo oriental a toda una generación.

Con Within You without you (Dentro de ti sin ti) se rompía toda frontera, norma y bloqueo musical, haciendo de los Beatles y el rock un sonido del mundo.

Cuando Jim McCartney cumplía 64 años su hijo Paul le regaló una canción que había esbozado ya a sus 15: When I’m sixty four (Cuando tenga sesentaicuatro), con un preciso arreglo de clarinetes se convirtió en una sublime canción nostálgica acerca de la vejez. Hoy Paul, a sus 74, es todo menos un anciano de vida sedentaria con su pareja “tejiéndole un jersey”, el ex beatle sigue dando conciertos por el mundo.

Por entonces Paul se llevó una boleta por estacionar mal y la agente que se la dio se ganó su canción: Lovely Rita (Rita la adorable). Durante la grabación se autorizó a cuatro jovencitos presenciar algo del proceso. Eran los Pink Floyd, que en el estudio de al lado trabajaban su disco debut.

Quizá la canción más pobre del disco sea Good morning good morning (Buenos días), que John trajo en un momento de vacío creativo y solo sirvió para experimentar la presencia de un grupo de vientos en una canción beatle. Y si había un tema que daba la bienvenida ¿por qué no otro que despidiese? Con esa idea los Beatles incluyeron un reprís, más corto y veloz del Sgt. Pepper, que daba pie al gran final.

Y el gran final se tituló A day in the life (Un día de la vida), que John había comenzado a escribir con el periódico encima del piano. Paul le añadió un bloque central muy distinto y así nació uno de los hitos creativos de la dupla Lennon-McCartney. Dos temerarios talentos mirando la sociedad desde el piano, reflejando su intensidad, su turbulencia, con diversos cambios de ritmo e instrumentación hasta entregarse a una orquesta de cuerdas desbocada en busca de las notas más graves y más agudas, que llevan al clímax. Entonces, una nota final extendida cierra las mil sensaciones que ha producido el disco.

Sgt. Pepper cumple ahora medio siglo. John y George ya no están. Pero sí Paul, Ringo y millones de fans, para celebrar uno de sus momentos más inspirados, un disco imprescindible que musicalizó el cambio del mundo.

SOÑAR CON LOS OJOS ABIERTOS

José Emperador

La preciosa película Vivir es fácil con los ojos cerrados (David Trueba, 2103) cuenta una historia real. Un profesor de inglés que enseña con letras de los Beatles y que a veces no las entiende, se entera de que John Lennon está rodando una película en el sur de España y cruza el país para que se las explique. No es un greñudo ni un marihuanero, sino solo alguien con la mente abierta en un país dominado por los que tienen la suya cerrada a cal y canto. Lennon le aclara las dudas, le promete —y luego cumple— publicar las letras en las fundas de los discos, y le regala un casete con la primera versión de Strawberry Fields Forever. Esa canción no está en Sgt. Pepper’s Lonely Harts Club Band pero plasma perfectamente el espíritu de un disco que fue entonces y es ahora una explosión de color, de creatividad, de libertad, una revolución, una invitación a soñar.

En el triste Madrid de los años 60 mi padre tenía la suerte de trabajar para una empresa británica y viajar a Londres con regularidad. Era un loco por, y un experto en, música clásica y jazz. Del resto del mundo sonoro solo le interesaban los Beatles. Por su valor musical, por supuesto, pero quizá más por lo que suponía de contraste con el ceño siempre fruncido del franquismo. Aún conservo un ejemplar de la primera edición del Sgt. Pepper que mi padre trajo de Londres y el recuerdo de cómo alucinaba con los arreglos de cuerda de She’s leaving home y de cómo le cantó a mi madre “Will you still need me, Will you still feed me?” el día que cumplió 64.

Cuando al fin se pudo estrenar la película Yellow Submarine en Madrid, en el muy alternativo cine Covandonga el más joven era yo y el más viejo (solo de cuerpo), mi padre. En medio de aquellos barbudos y aquel olor fuerte que años más tarde reconocí como marihuana se iluminó la pantalla y empecé a “alucinar en colores”  rodeado de una música muy sugestiva y de unos dibujos animados tan distintos a los que los niños veíamos. La banda del sargento Pimienta tocaba y bailaba, me hipnotizaba y me llevaba a un mundo bajo el mar al que aún vuelvo a menudo. Como imagino que le habrá pasado a muchos, esa banda es en buena parte la responsable de que la música se haya convertido en una parte fundamental de mi vida e incluso de que mi cabeza funcione de esta manera y no de otra.

El legado musical de los Beatles resulta inmenso y alcanza hasta hoy: no hay más que escuchar las canciones del britpop que ganaron fama mundial dándole vueltas al repertorio de Lennon y McCartney, en especial a I am the Walrus, que repiten y repiten con unas pocas variaciones. Lo que quizás sí se haya perdido por el camino es el interés por, o la valentía de, dar un paso hacia el otro lado, como hizo el Sgt. Pepper. De ponerse otros lentes y ver que el mundo no tiene por qué ser así y se puede llenar de colores. De que, si nos lo proponemos, “con una ayudita de los amigos” seremos capaces de sacar “ese algo que está adentro, negado durante tantos años” y “admitir que todo va mejor”. Deberíamos hacer caso a los Beatles, que nos enseñaron que la música sirve para soñar con los ojos abiertos.

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