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Tras el cristal de ‘luz en la copa’

El director de cine Alejandro Pereyra Doria Medina presenta su más reciente película, donde la poesía es tanto contenido como forma.

Luz en la copa

Luz en la copa Foto: Alejandro Pereyra

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas

00:00 / 19 de febrero de 2017

El proceso de los sueños, desde el surgimiento hasta la disolución, la poesía y el tiempo son la materia prima y el sustancioso caldo, a la vez, de Luz en la copa, el más reciente filme del realizador sucrense Alejandro Pereyra Doria Medina, luego de Verse (2009) y Mirar (2011).

“En esta película no se ha buscado un modo poético para contar la historia, sino que este modo es la película en sí. Esto tiene mucho que ver con que en poesía el fondo sea la forma y con ‘poner el cuerpo’ como director a la hora de rodar. Involucrarme ‘glandularmente’, si se quiere” —explica el realizador—. “No había un guion definido, así que la mayor parte de la película se construía directamente en el rodaje. Lo que sí había era una tensión emotiva clarísima. Así que en mucho se fue pareciendo a la escritura de un poema: escrito en un arrebato”.

La cinta gira en torno a un cineasta, Santiago Palet, que regresa a su ciudad natal y se encuentra con nuevas experiencias, pero también con el peso del pasado, en su búsqueda personal. “Luz en la copa habla de varios sueños, entendidos como anhelo de vida y como imágenes oníricas. Algunas fantasías y también sucesos de pesadilla. Se cumple el arco de la ilusión a la desilusión.

La idea de ‘tener un sueño’ implica su fracaso (porque ‘el deseo es siempre el deseo del otro’) y la única forma de no aceptar este fracaso es siendo demasiado naif, lo cual mis personajes no son. La película habla de fracaso de ideales de vida en el personaje principal y la nostalgia que provoca estar en el lugar desde el cual se soñaba una vida espléndida. Se ve el final del arcoíris, donde solo hay ausencia de luz”.

La poesía y el tiempo se han trabajado de forma consecuente, en forma y contenido. “Ha habido un paso muy importante por el montaje y es el de la adición de música y disolvencias. Esto se hizo para no dejar dudas sobre la intención ambigua de la propuesta, de pasado y presente (y a veces hasta futuro) unidos en un solo plano. De asociación libre, etc. Para mí, ésta no es ‘una manera de decir un tema’ sino que ello mismo es el fondo: sino sería solo una fachada reemplazable”.

El filme se ha realizado sin un guion y los personajes — interpretados por “no actores”— recurren a la improvisación, lo que genera mucha frescura y planos contemplativos. “La apuesta fue rodar la película en pocos días y que ese gesto justamente definiese la estética y hasta el ‘mensaje’ ulterior de la cinta. Luego, el montaje lo redefinió todo. Mi premisa fue: ‘todo cambio es bienvenido’. A veces fue duro aceptar esto. Pero me gusta cómo evolucionó el material: lo que normalmente estancaría una producción, en esta película más bien contribuyó a efectivizarla”.

Es así que el importante peso del filme recae en los personajes. “Hay una conciencia en la película de que los actores son: el personaje que yo quiero que sean, la persona que ellos saben que son y el cruce de estas dos perspectivas. De ahí que Santi se espejea en Isaac, que es como Santiago joven y mudo y en el pianista que tiene un talento que Santi quisiera tener. Mientras Tanja se proyecta en la coqueta Silvia (Luciana Lazo) y en Alana Salinas. El personaje de Flavia viene a cortar todos los fantasmas y a enfrentar a Santi con su dimensión más oscura: la de la cruda ¿verdad? Es el diálogo más importante de la película porque literalmente arrincona a este desdoblador de Santi contra la pared y desde la oscuridad obtiene de él más de una confesión. Lo cual lo libera y deja entrever su redención”.

  • Sueños. El director logra crear en este filme imágenes de  alta carga onírica y poética, apoyado por el montaje y la selección de la música.

La cinta también presenta una visión personal de Sucre, la del nacimiento y el regreso. “Es una ciudad muy conflictiva para mí, por los polos clichés que todos sabemos: hermosa ciudad en la que no se puede vivir (demasiado lenta, demasiado conservadora, etc). Más aún, varias veces a lo largo de 15 años he partido de Sucre y he vuelto a ella sin sentirla completamente mi casa, sino el lugar del que quería irme. Es la ciudad de mi infancia, y casi conviven en mí el amor por ciertos detalles solitarios que posee, como una aversión fuerte hacia lo que implica su parálisis. De allí puede desprenderse el frenesí un poco agresivo de los travellings por la ciudad, la belleza de algunas escenas y en general el tono catárquico de la película”.

Alejada de las convenciones del cine comercial, Luz en la copa opta por el camino difícil: asume su propio discurso y no subestima al espectador, logrando que las vivencias de los personajes sintonicen con sus nostalgias. “Para mí es muy importante el cine como memoria y como máquina nostálgica... es un sentimiento que muchos desean evitar, pero está ahí, en esto la escena final es clara mostrando al personaje como en otra dimensión acercándose a una casita desolada”.

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