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2012, crónica del año poético

Un paseo por la poesía boliviana y por sus alrededores que confirma que en este género la tradición y la innovación siguen dialogando fecundamente

La Razón / Rubén Vargas - periodista

00:00 / 30 de diciembre de 2012

2012 fue el año del centenario del nacimiento de Óscar Cerruto y de Hilda Mundy. Fue el año en el que anti- poeta Nicanor Parra recibió el premio Miguel de Cervantes —al que los españoles gustan llamar el Nobel de las letras en lengua española—. A lo largo de este año, algunos poetas bolivianos acabaron por extender la presencia e influencia de su trabajo publicando en editoriales extranjeras. También fue el año de la muerte del peruano Antonio Cisneros (1942) y en el que, finalmente, aparecieron en Bolivia unos cuantos libros que confirman la buena salud de la poesía.

A esta altura, ni la historia, ni la crítica —menos aun los lectores— tienen dudas sobre el lugar central que ocupa la obra de Óscar Cerruto (La Paz, 1912-1981) en la literatura boliviana del siglo XX. Su novela Aluvión de fuego (1936) es un referente ineludible; su libro de cuentos Cerco de penumbras (1958) establece un antes y un después en la narrativa boliviana. Y su obra poética, recogida con ejemplar rigor por él mismo bajo el título de Cántico traspasado en 1975, es imprescindible no sólo en el ámbito boliviano sino de la lengua española. Pues bien, ni las instituciones culturales ni las académicas —por debilidad o por simple ignorancia— repararon oportunamente en el centenario de su nacimiento. Una lástima, pudo haber sido un año dedicado a leer y a hablar sobre Cerruto.

En cambio, Hilda Mundy (Oruro, 1912-La Paz, 1982), autora de un único libro de poemas —Pirotecnia (1936, reeditado en 2004)—, ocupa un margen de la historia de la literatura boliviana, pero desde ese margen ha echado y sigue echando luces sobre la presencia de las estéticas vanguardistas en nuestras letras. PARRA. Nunca antes como en 2012 la entrega del premio Cervantes resultó tan divertida. Primero porque el premiado fue un poeta pero no cualquier poeta sino un antipoeta: el chileno Nicanor Parra. Segundo porque el antipoeta, casi centenario —nació en 1914—, no estuvo presente en la entrega del galardón a) porque le da miedo volar y b) porque no había ni siquiera empezado a escribir su discurso de agradecimiento. Entonces mandó a España a su nieto, el Tololo, a) para recoger el premio y b) para pedir a sus graciosas majestades peninsulares la prórroga de un año para pergeñar un discurso que esté mínimamente a la altura de Miguel de Cervantes.

Mientras tanto, Galaxia Gutenberg publicó este año el segundo tomo —casi mil páginas—de la Poesía completa de Parra.  MITRE. En España también, bajo el sello de la editorial Pre-Textos de Valencia, en septiembre de este año, apareció la Obra poética (1965-1998) de Eduardo Mitre (Oruro, 1943). El volumen de más de 400 páginas recoge desde Elegía a una muchacha (1965) hasta Camino de cualquier parte (1998). Pre Textos ha venido publicando los libros de Mitre posteriores a 1998: El paraguas de Manhattan (2004), Vitrales de la memoria (2008) y Al paso del instante (2009). De esta forma, toda la poesía de Mitre hasta la fecha ya está publicada por el sello español.

Contemporáneo de Mitre, Jesús Urzagasti (Gran Chaco, 1941) este año también publicó su poesía completa. El árbol de la tribu titula el esperado volumen. En marzo salió la edición italiana —L’ albero della tribú, traducción de Claudio Cinti y Silvia Raccampo— y en mayo la edición boliviana (Plural) que, a diferencia de la italiana, incluye el libro Frondas nocturnas.

Mitre y Urzagasti encarnan poéticas de muy distinto talante. El primero tiende —leer su obra reunida permite precisamente seguir esas constantes— a la luz, a la celebración y a los mundos inmediatos: el pan, la casa, el cuerpo de una mujer. Y sus formas son estrictas pero buscan una música también luminosa. Urzagasti viene de otra parte y va a otra parte.  No es un poeta de la oscuridad —como Jaime Saenz— pero su poesía está arraigada en el misterio y tiene la fuerza irracional de los árboles y los animales que pueblan su provincia natal pero también sus sueños y sus versos. Y sus formas son amplias, abarcadoras y buscan una música que se confunde con el rumor del habla de los hombres.     

ANTOLOGÍA. Blanca Wiethüchter (La Paz, 1947-2004) pertenece a una generación posterior a la de Eduardo Mitre y Jesús Urzagasti. Este año, La Cabra Ediciones de México publicó El festín de la flama, una amplia antología de su poesía seleccionada y prologada por Rodolfo Häsler, un poeta y traductor nacido en Cuba pero avecindado desde hace muchos años en Barcelona, España. (De paso, se puede señalar que     poemas de Häsler pueden leerse en el último número de la revista La mariposa mundial.)  La selección de la poesía de Blanca Wiethüchter que propone Häsler es resultado de una lectura generosa pero también rigurosa. Esto queda claro en su convincente prólogo titulado Blanca Wiethüchter: la poesía y la vida en su forma más insólita. El volumen de 225 páginas tiene la virtud, además, de incluir una serie de impactantes poemas hasta ahora inéditos.   

Antonio Cisneros nació en Lima en 1942 y murió en esa misma ciudad en 2012. Vivió 70 años. Como muchos de los poetas de su generación —comenzó a publicar a inicios de los 60— sintió el apremio de la historia tocando la puerta, pero supo darle a esa demanda un lenguaje que no cedió ni a la proclama ni a la profecía. La suya fue una poesía inteligente, irónica, un testimonio de su época con todos sus pelos y señales: las de la historia y la cultura pero también las íntimas y personales. En 1968 ganó el premio Casa de las Américas de Cuba con Canto ceremonial contra un oso hormiguero, un libro que entonces como ahora vale la pena visitar, lo mismo que su Libro de Dios y de los húngaros (1978) y Crónicas del niño Jesús de Chilca (1981).      

2012 fue un año generoso para los lectores de poesía boliviana. Entre los muchos títulos publicados este año, unos cuantos permiten confirmar su diversidad y calidad. CHÁVEZ. Benjamín Chávez (Santa Cruz, 1971) en Historia de las invasiones perdidas (Plural) —su séptimo libro— ha dado cuerpo, finalmente,  a una de sus antiguas obsesiones: pensar y sentir los días de la vida como un campo de batalla. Pero resulta que —y esto es lo interesante— esa batalla ya ha sucedido y lo que tiene el poeta ante sí son sus restos. Entre ellos hay que caminar y con ellos hay que vivir.  Así es este libro, algo sombrío, pero sin duda confirmatorio del lúcido e incesante trabajo del poeta.

A Paura Rodríguez Leytón (La Paz, 1973) le han bastado tres breves libros para construir una poética que se distingue con nitidez de la de sus contemporáneos —Mónica Velázquez y el propio Benjamín Chávez, por ejemplo—. Estos libros son: Ritos de viaje (2002), Pez de piedra (2007) y el que ha publicado este año: Como monedas viejas sobre la tierra (La Hoguera).

Juan Cristóbal Mac Lean (Cochabamba, 1958), Vilma Tapia Anaya (La Paz, 1960) y Gustavo Cárdenas (Vallegrande, 1961) pueden alinearse, por lo menos cronológicamente, en una misma generación —a la que también pertenecen, por ejemplo, Cé Mendizábal (Oruro, 1956) y Eduardo Nogales Guzmán, (Oruro, 1958)—, aunque sus escrituras marchan por senderos marcadamente diferentes.

Mac Lean publicó este 2012 Tras el cristal (Plural), libro que refleja muy bien la incesante curiosidad que mueve su poesía. Mac Lean es, sin duda, un observador privilegiado del mundo y las cambiantes formas que ensaya en sus poemas son igualmente producto de esa mirada. Tras el cristal recoge también —algo inusual en la poesía boliviana— una selección de las traducciones que a lo largo del tiempo ha realizado. Mark Strand, Shakespeare, Philip Larkin, René Char y otros conforman entre otros, ese heterogéneo catálogo, una muestra más de la curiosidad que mueve la escritura del poeta.     

Desde Luciérnagas de fondo (2003) pero especialmente desde La fiesta de mi boda (2006) resulta claro que la    poesía de Vilma Tapia Anaya es una suerte de ascesis del alma pero también del lenguaje. Mi fuego tus dos manos (Plural) es una continuación de ese jardín de los senderos que se depuran: poesía de la levedad y la transparencia, pero no por falta de sustancia sino más bien por la transfiguración de la substancia.   

Finalmente, para poner término a este repaso, cabe apuntar que en Con versos (La Hoguera), Gustavo Cárdenas Ayad ejercita con felicidad —como ya lo hiciera en Andamios (2005)— la poesía celebratoria de las cosas cotidianas, del amor y de la propia escritura. En la vertiente del Mitre de Morada (1975) y Mirabilia  (1979), pero con un gesto muy propio, Cárdenas escribe poemas limpios, despojados, intuyendo que hay algo esencial en el acto de nombrar.   

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